sábado, 29 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
Miscelánea.
Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española que miscelánea es un escrito en que se tratan muchas materias inconexas y mezcladas. Llevo días sin asomarme por la Cambra, y en estas casi dos semanas han pasado cosas, muchas cosas en el mundo que nos rodea. Algunas, la mayoría, ya manidas y sabidas por antiguas, por constantes, por que son más de lo mismo, porque son sucesos, hechos sin fin aparente y que aún durante muchos meses convivirán a diario con nosotros. Hablo naturalmente de política y los innumerables casos de corrupción: el Gürtel, el Palma Arena, el Faisán, y muchos más que aún por tener una menor repercusión mediática no dejan de ser igual de deleznables. Hablo de economía, o mejor dicho de lo que queda de ella: Paro, IPC, Standard & Poor’s, el desastre financiero de Grecia, y miles de titulares más. Hablo de justicia o la falta de la misma: Garzón, Estatut Catalán, violencia de género, escándalo en el centro penitenciario Madrid II, y muchos más que la memoria de mi disco duro particular, es decir la única neurona que aún me queda más o menos intacta, no recuerda con detalle en estos momentos. Pues a pesar de todo esto y mucho más, hoy he decidido mezclar en este escrito otros temas ligados a la banalidad de la vida, no de menos interés para algunos, pero de lejos menos transcendentes y sesudos que los mencionados anteriormente. Me apetece hablar de un torero, de un equipo de fútbol, de una muerte en la montaña, de estas cosas que también son noticias y que en mi despiertan sensaciones distintas, algunas ligadas a la admiración, otras a la alegría e ilusión ajena, otras a la angustia y la desazón.
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Empiezo con José Tomas, el último mito viviente de la Fiesta Nacional, el maestro de Galapagar, el torero que arrastra a las masas y por el que los aficionados son capaces de pagar 6.000 € en la reventa por ser uno de los pocos espectadores que tengan el privilegio de verle una tarde en la próxima feria de Las Ventas. No quiero hablar del torero, del mito, quiero expresar mi admiración por el hombre capaz de recuperarse en una semana de una cornada de 20 centímetros que apunto estuvo de arrebatarle la vida a borbotones. “Navegante” le destrozó la vena y arteria femoral, perdió más de un litro de sangre entre la arena y la enfermería y después de 28 minutos angustiosos y transfundirle más de ocho litros de sangre se le estabilizó para poderle trasladar en helicóptero a un hospital. Es un milagro que después de este trance a la semana esté dado de alta y ya fuera del hospital. Me admira la capacidad ilimitada de recuperación que ha tenido este señor. En general los toreros son de otra pasta, un poco alienígenas. Trato de ponerme en su lugar y pienso que simplemente con el revolcón, el impacto en el suelo, la angustia y el miedo que debió pasar, yo hubiese estado al menos un mes en el hospital, si encima hubiese perdido tal cantidad de sangre y sometido a una operación a vida y muerte todavía el día de fin de año estaría convaleciente de semejante trauma. Sinceramente no entiendo como el resto de los mortales necesitamos un tiempo de recuperación infinitamente superior a estos hombres que semana a semana se juegan la vida y tienen el cuerpo sembrado de costurones. José Tomas no es de este mundo, si esto exclaman sus fieles seguidores y admiradores por el arte que despliega en el toreo, yo lo exclamo por su infinita capacidad de recuperación. Desde hoy no soy quién para elevar una queja, por mínima que sea, cuando al levantarme cada mañana y para saber que sigo vivo descubro que el cuerpo donde mi alma habita está dolorido en cada rincón de su esqueleto y su grupo muscular.
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Elevemos un grito de júbilo por todos los atléticos de bien que hay por el mundo. Ahí tienen a su equipo, a punto de hacer otro doblete y volviendo a una final de Europa después de 24 años. Yo no soy muy aficionado al fútbol y en cualquier caso pertenecería al eterno rival, al equipo al que cualquier atlético de pro quiere ver humillado partido tras partido, da igual que se trate de una competición oficial o un amistoso con el Alpedrete, el Madrid ha de perder siempre y si es posible por goleada o por penalti injusto en el último minuto. Hago esta aclaración para que nadie pueda confundir mi reconocimiento con la pasión del hincha por sus colores. Pero he de reconocer que me encanta la afición de este club. Tengo amigos y amigas que son fieles seguidores y cada año vivo a través de ellos todo tipo de sensaciones y de sentimientos. Son los más fieles seguidores y pase lo que pase siempre están al lado de su equipo. Este es un pequeño homenaje a todos ellos, por sufrir como sufren, por aguantar como aguantan, por vivir como viven cada semana las aventuras y desventuras de su equipo. Pasan de rozar el cielo a las profundidades del infierno, conviven con sus disgustos sin perder un átomo de entrega. Son atléticos desde que se levantan por la mañana hasta que se vuelven a la cama, lo viven y hacen que lo vivan todos los que a su alrededor estamos. Creo que es de justicia que este Atlético consiga el doblete tan ansiado y que con él vean recompensado tantos años de sufrimiento. Este mes de mayo y durante dos tardes me sumare a todos ellos, y viviré con la misma ilusión el triunfo del equipo de sus amores. Por una vez todos debemos estar al lado de una de las mejores aficiones del mundo, por una vez al menos debemos sumar nuestra ilusión y apoyo a la de todos ellos. Aupa Atlético de Madrid ¡!! Y a por el doblete!!! 2010 será seguro otro año histórico, y en Mayo doble chapuzón para muchos en la Plaza de Neptuno.
Y de la alegría y la ilusión a la desesperación, a la angustia y la desazón. Esta semana en el Annapurna ha muerto Tolo Calafat, un montañero, un ser que pertenece también a otra rara especie de nuestro mundo. Ellos son conscientes siempre del riesgo que asumen en cada reto propuesto. Ellos son los primeros en respetar a la montaña y conocen como nadie los peligros que cada pico al que ascienden esconden en sus entrañas. Tienen sus códigos, en el peligro y la superación encuentra la recompensa a todos sus esfuerzos. No suben engañados, saben que siempre puede ser la última vez, que nadie es infalible y que antes algún que otro compañero y amigo ha dejado su vida en las laderas de cualquiera de los “ocho mil” a los que ellos se enfrentan. Lo peor de la muerte de Tolo Calafat ha sido como se ha producido. Sólo, enfermo pero consciente de que llegaba su último momento. No ha sido un accidente que le robase la vida en unos instantes, ha estado en la montaña sabiendo que sus horas se acababan, que sus días terminaban y que allí dejaba su vida. Es imposible sentirse más sólo, es imposible aceptar que no volverás a ver a tus seres queridos, que la vida se te escapa y que a una edad aún temprana inicias el último viaje sin retorno. No puedo, ni quiero, imaginar la angustia y seguro que el miedo que se debe sentir en esos últimos momentos. He seguido el desenlace con la última esperanza que sus compañeros lograrán rescatar su cuerpo aún con vida, he deseado un milagro por alguien al que no conozco de nada, he sentido el dolor de sus familiares muy cerca. Me gusta la montaña, cada verano hago mis rutas como senderista por la sierra de Madrid. No sé si las sensaciones que a mi me invaden cuando año tras año corono el Peñalara tienen algo que ver con lo que ellos sienten en estas montañas de más de ocho mil metros de altitud, me imagino que las de ellos, las de Tolo, se multiplicarán exponencialmente por la dificultad y el esfuerzo realizado, por la satisfacción de su triunfo sobre el reto de la naturaleza en condiciones y dificultades extremas. Pero a pesar de todo ello cuando al final te encuentras sólo, abandonado y consciente de que la solución no ha de llegar y que el final está a punto de producirse, el sentimiento de angustia, el miedo y la soledad deben de ser absolutos. Estoy seguro de ello porque a miles de kilómetros de distancia estas mismas sensaciones me han invadido a mí por él. Han sido unos días tremendos, han sido muy duros y lo que pienso que es peor, es que los volveremos a revivir dentro de un tiempo, sufriendo y acompañando en la distancia el final de otro intrépido montañero que no podrá con el esfuerzo de imponerse al reto de vencer a cualquier gigante de la naturaleza.
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domingo, 18 de abril de 2010
Ultramarinos.
En estos días estoy leyendo una novela en donde se menciona como un lugar habitual de una época pretérita en una ciudad costera de puerto importante, los “colmados”, tiendas que vendían productos alimenticios de ultramar, productos importados de las Américas, alimentos que abastecían las necesidades de una ciudad en épocas de carestía. De esta referencia, mi memoria me ha encaminado al recuerdo de establecimientos más recientes, los Ultramarinos, las tiendas de barrio, conocidas también como “abarrotes”. Las tiendas de mi niñez, aquellas con un olor especialmente marcado, aquellas donde siempre encontrabas aquello que necesitabas en una urgencia culinaria de última hora, aquellas tiendas donde convivían alimentos frescos vendidos a granel, con comida envasada en latas, escabeches, salazones. Establecimientos muy especiales, de pequeño tamaño, con mostradores de mármol blanco, con aspecto más de pequeños almacenes que de tiendas al uso. Negocios familiares, donde trabajaban al menos un par de generaciones al unísono, tiendas donde te conocían por tu nombre, donde te trataban con familiaridad, conocían de quién eras hijo, y casi sin tener que pedir adivinaban aquello que buscabas, aquello que tu madre había olvidado el día de antes, o esa misma mañana, en la compra de la semana.
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En mi memoria hay aún hoy un recuerdo vivo del “Ultramarinos” cerca de la casa de mis padres. Lo regentaba un simpático manchego con su mujer y un par de ayudantes que fueron desapareciendo según se iba haciendo más pequeño el negocio. El “Paisano”, así se le llamaba en casa porque de esta manera nos llamaba él a todos sus clientes, de una edad indefinida, entonces no mayor que mis padres. Trabajaba desde muy pronto en la mañana hasta bien entrada la tarde, casi la noche, cada día de la semana. Allí encontrábamos de todo: desde café, azúcar, sal, los embutidos, el jamón, el bacalao en salazón que tanto le gustaba a mi padre, pan, leche, legumbres. Siempre tenía algo especial que había traído expresamente para cada uno de nosotros. Siempre nos terminaba vendiendo algo más de lo que necesitabas. Siempre una palabra amable en su boca, un guiño a los más pequeños, una sonrisa cada día, una atención a las señoras, un gesto de complicidad con los pocos hombres que entonces cumplían con la tarea de ayudar en la compra. Era nuestro amigo, conocía parte de tu día a día, se preocupaba por tus estudios, del trabajo de los hombres, de la salud de la familia. Aquel Ultramarinos era algo más que una tienda.
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Lástima que los cambios en nuestras vidas hayan hecho que este tipo de establecimiento fuese desapareciendo poco a poco. Me imagino que aún se podrá encontrar alguno en barrios de grandes ciudades, seguro que en pueblos y pequeñas ciudades todavía quedaran pequeños colmados, pequeñas tiendas que venden los productos de ultramar, tiendas donde al entrar te hacen sentir especial, conocen de tu vida, han conocido a tus padres y conocen a tus hijos. Tiendas donde no eres alguien anónimo, tiendas donde puedes hablar de todo y de nada, donde te sientes como en casa.
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Quizás en mi hay alma de tendero, uno de mis abuelos antes de la guerra tuvo en Madrid una tienda de Ultramarinos, quizás sin saberlo en mis genes hay algo de “paisano” y por esto y por lo que os he contado añoro tanto los colmados. Cosas de la genética sin duda.
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sábado, 17 de abril de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
Amigo.
Qué corta es esta palabra y lo mucho que encierra dentro. Con que soltura la utilizamos, con que alegría hacemos uso de ella, y la mayoría de las veces con escaso acierto, muy a la ligera, y aplicando el término de forma gratuita a mucha gente que no pasa de ser un mero conocido. Tengo la sensación que hay mucha gente que la utiliza como si les diesen puntos descuento en un gran almacén por acumular el mayor número de amigos posibles.
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Creo que no somos lo suficientemente sinceros con nosotros mismos, ni con los demás. Nos encanta etiquetar, o necesitamos etiquetar, con esta palabra a infinidad de personas que al fin y a la postre nos ocupan y preocupan relativamente poco. Necesitamos presumir, vanagloriarnos de tener una cantidad ingente de amigos en nuestras vidas. Me sorprende cada día más la facilidad que tenemos, en general, para asociar una relación efímera a un contrato de amistad. Quizás lo vivo de manera exagerada por trabajar en un sector donde las relaciones personales son importantes, en una actividad donde presumir de conocer a un fulano es un valor añadido a nuestra persona, pero realmente cada día me molesta más ver como se utiliza de forma tan vaga este sentimiento. Repito a diario situaciones donde cualquiera te ofrece la posibilidad de contactar con alguien bajo la coartada de que es muy amigo suyo. Se ofrecen contactos, negocios, favores, reuniones con gente que a priori son íntimos de tu interlocutor en cada momento. La realidad al final es bien otra, ese amigo íntimo no deja de ser un conocido o un simple compromiso, alguien que en alguna ocasión ha tenido la oportunidad de conocer y como mucho ha repetido una serie de citas todas ellas vinculadas a situaciones profesionales más o menos agradables. De amigo, nada de nada, a lo sumo conocido, y la persona ofertada como tal tendría que hacer memoria de cuando, donde y como conoció a tu oferente.
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No quiero caer en la misma trampa, y no sé si algunas veces yo mismo he pecado de la misma falta y he presumido de amistades inciertas sólo por el hecho de sentirme importante en mi entorno profesional. Si ha sido así, desde aquí me disculpo tanto con la persona a la que he podido ofrecer una amistad que no era, como con la persona ofrecida como tal sin serlo.
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No es que no reconozca el verdadero valor de la amistad, he tenido la suerte de compartir este sentimiento con algunas personas durante toda mi vida, sentimiento cierto que perdura siempre, y que realmente haces y te hacen valedor de él un reducido grupo de las muchas que conoces en las distintas etapas de tu vida. Si hoy comparto esta reflexión es porque en esta semana pasada he mantenido un par de conversaciones telefónicas con dos amigos, y en ambas cuando nos hemos despedido ellos utilizaron la misma expresión: “Un fuerte abrazo, amigo”. Fueron muy seguidas y me llamó la atención la misma fórmula de despedida, y me llamó la atención especialmente lo bien utilizada que había sido por ambos la misma palabra. Somos amigos y así lo manifestaban, no era ligera la expresión, no era gratuita, encerraba en los dos casos un sentimiento cierto y verdadero, un sentimiento intenso y para mí un privilegio. Realmente el que tiene un amigo tiene un tesoro, y los tesoros de gran valor se encuentran en contadas ocasiones.
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martes, 30 de marzo de 2010
Y vas que te….. Matas !!!
Esto es lo que debió de pensar Jaume Matas cuando decidió llevárselo crudo por su paso por la presidencia de la Comunidad Autónoma de Baleares. Ojito con los dichos populares y con las frases hechas. A partir de ahora la que encabeza este escrito puede ser, además de contundente en lo relativo a su significado popular, toda una declaración de que te estás llevando lo tuyo y todo lo de los demás. Realmente se le puede aplicar sin ningún tipo de equívoco al ex-ministro y ex- Presidente de la Comunidad autónoma Balear. Parece ser, y lo digo por aquello de que sin sentencia en firme todo el mundo es sólo presunto, que el señor Jaume Matas se lo ha llevado a manos llenas.
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El juez instructor del caso le ha imputado ni más ni menos que doce delitos de corrupción: siete de ellos por malversación de caudales públicos, tres por blanqueo de capitales, y dos delitos electorales. Todos estos delitos acumularían unas penas de hasta 64 años de cárcel, y para evitar de momento entrar en prisión una fianza de 3 millones de euros, una de las más altas de la historia sólo igualada por la impuesta a Roca en el escándalo del Ayuntamiento de Marbella.
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Creo que son datos más que suficientes para dar idea de lo grave del asunto. Creo que la podredumbre de nuestra clase política huele de lejos, apesta y el hedor contamina todo lo que está cerca de un cargo público con poca o mucha responsabilidad. No es sólo un mal de unos, aquí no se salva nadie, detrás de este supuesto señor aparece la supuesta señora Munar en la misma comunidad autónoma, y nos encontramos cada día un caso nuevo de un color u otro. Seguramente cometo una injusticia por la generalización en el colectivo, sé que este tipo de prácticas ilegales no afectan sólo a los políticos, que se dan en la vida privada y en cualquier sector de nuestra economía. Pero dicho esto, la gran diferencia es que estos señores que “vocacionalmente” se dedican al servicio público utilizan sus posiciones para enriquecerse personalmente a costa del esfuerzo y el dinero de la sociedad, termino abstracto que engloba a cada uno de nosotros como contribuyentes, pagadores de impuestos y víctimas de la incapacidad más que demostrada de todos ellos.
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Me invade una vez más la indignación, estoy harto de toda esta chusma que en nombre del bien social, de la entrega por los demás, del servicio a la comunidad, nos roben a todos, nos chuleen, y lo que es peor insulten a nuestra inteligencia. El señor Matas si se prueba alguno de esos doce delitos debe de ir a la cárcel, pero además debería devolver y con intereses hasta el último euro que se ha llevado. Lo mismo vale para él como para todo aquel que se ha enriquecido a costa de los ciudadanos. Hace poco salía de la cárcel el señor Roldan, ha pagado con 15 años de su vida sus delitos de la misma índole, pero tampoco ha devuelto ni un céntimo de lo que se llevo. Todos son iguales, todos están cortados por el mismo patrón, todos son de la misma ralea.
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Algo deberíamos hacer, no sé si como colectivo o cada cual a título personal, pero si no decidimos aniquilar a esta jarca de chorizos, ladrones, estafadores y gente de mal vivir vamos a terminar mal, muy mal, y seguro que más de uno con úlcera de estómago.
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domingo, 28 de marzo de 2010
La Gran Vía.
El próximo 4 de abril se cumplirán cien años del nacimiento de la calle más emblemática de Madrid. Aunque las obras se iniciaron ese mismo día de 1910 y se finalizó en 1929, no se entregó como obra terminada hasta el mes de septiembre de 1932. El proyecto original de ejecución de los entonces arquitectos municipales José López Sallaberry y Francisco Octavio Palacios se dividía en tres tramos: Avenida A (534 metros), desde la plaza de San Marcial (actual calle de los Reyes) hasta la de Callao; el Bulevar (409 metros), desde Callao hasta la Red de San Luis, y Avenida B (417 metros), desde la Red de San Luis hasta la calle de Alcalá. La longitud total sería de 1.316 metros y el ancho de 25 metros, salvo el bulevar que tendría 35 metros. Las obras fueron inauguradas por el Rey Alfonso XIII, siendo Presidente del Gobierno José Canalejas y Alcalde de la ciudad, José Francos Rodríguez. Las obras se fueron realizando por tramos, siendo el último en finalizarse el de la Avenida A. Los nombres originales que recibieron fueron: Conde de Peñalver, alcalde de Madrid cuando se firmó el proyecto, para la Avenida B, la primera en realizarse; Avenida Pi y Margall, en recuero del que fuera Presidente de la I Republica Española, para el segundo tramo el del Bulevar; y calle de Eduardo Dato, en recuerdo del que fuera Presidente del Gobierno, para el último en finalizarse, Avenida B.
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A lo largo de su historia la Gran Vía ha tenido diversos nombres oficiales y otros populares. Tres meses antes de comenzar la Guerra Civil, en 1936, los dos primeros tramos pasaron a denominarse Avenida de la CNT. Ya en tiempos de la Guerra, serían conocidos como Avenida de Rusia. Este nombre volvería a cambiarse en noviembre de 1937 por el de Avenida de la Unión Soviética. Durante este período también tuvo otros nombres populares como Avenida de los obuses o, la zona del bulevar, Avenida del quince y medio, en referencia a los proyectiles que el ejército franquista lanzaba sobre los pisos superiores del edificio de la Telefónica, que era usado como observatorio militar. En 1937 el tramo llamado Eduardo Dato recibió el nombre de Avenida de México. Al finalizar la Guerra Civil en 1939, con la victoria franquista y su entrada en Madrid, la calle pasó a llamarse desde el 24 de abril Avenida de José Antonio. En 1981, durante la Transición Española y siendo Alcalde de Madrid el socialista Enrique Tierno Galván, el Ayuntamiento cambió el nombre de veintisiete calles, entre ellas el de la Avenida de José Antonio, que desde entonces se denomina simplemente Gran Vía.
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Dejemos los datos de la historia para los expertos, sólo a modo de introducción he entendido que debía aportar un poco de información para situar el próximo aniversario de quizás la calle más conocida de Madrid. Si he venido aquí hoy no ha sido con otra intención que rendir mi pequeño homenaje compartiendo con vosotros la parte de mis recuerdos asociados a ella. He vivido la Gran Vía en distintos momentos de mi vida y cada recuerdo que tengo está asociado a momentos y épocas diferentes. Cuando era un niño, visitar la Gran Vía era todo un acontecimiento. Normalmente mi Padre nos solía llevar a pasear por ella, al menos en dos ocasiones al año, aunque seguramente pasábamos muchas más tardes en ella. Especialmente recuerdo cuando de noche en la primavera, nos llevaba cada año a mis hermanos y a mí, a ver el ambiente de las hinchadas de los equipos que venían a Madrid a celebrar la final de lo que hoy conocemos como la Copa del Rey de Fútbol, y entonces en mis primeros años de recuerdos se conocía como Copa del Generalísimo, que mayor nos hacemos. Era todo un espectáculo ver la riada de seguidores de uno y otro equipo, paseando por la Gran Vía con sus banderas, sus bufandas, sus cánticos, ebrios de alcohol, ebrios de ilusión y triunfalismo. Casi daba igual el resultado, tanto unos como otros celebraban el hecho de haber estado en una final y hacían de la calle un encuentro para la fiesta y la celebración. De aquellos mismos años mantengo en mi memoria, la segunda cita obligada. El paseo por Madrid en coche para ver el alumbrado de las Navidades. Siempre lo iniciábamos en la Plaza de España, subíamos la Gran Vía en sus tres tramos, llegábamos a Cibeles, calle Alcalá hasta Velásquez, subíamos hasta Joaquín Costa, vuelta por Serrano hasta la Puerta de Alcalá, y de nuevo la Gran Vía. Eran años, porque no reconocerlo, de una infancia feliz con simplemente compartir momentos muy marcados con el resto de la familia.
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Años más tarde fue la calle de los cines para mí. Junto con un amigo, y en ocasiones otro más, acudía los sábados a alguno de los grandes cines de toda la vida. Eran los primeros años de adolescente, con capacidad económica para ir a un estreno al menos cada mes, y el resto de fines de semana pases de sesión continua en alguno de los cines del barrio. También fueron tiempos de mi inicio en el arte del ligoteo, aunque he de reconocer que nunca fui un experto en estas lides, si es cierto que alguno de mis amigos bien conseguía atraer la atención de nuestros objetivos y a partir de ese momento a quién Dios se la diese, San Pedro le bendijese. Todo aquello ocurría siempre entre la Plaza de España, la parte de abajo de Princesa, y algún paseo que otro por Gran Vía.
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Ya con más edad he vivido la Gran Vía de otra manera, me ha encantado pasear por ella, ver la gente, oír el sonido de una calle llena de vida. He acudido a Chicote a tomar algún aperitivo, he ido a sus espaldas alguna noche golfa a tomar copas. Pero sobre el resto de las cosas me he dejado impresionar con su arquitectura, por la composición de sus edificios, por las gárgolas de sus tejados, por el señorío ya trasnochado de alguno de sus hoteles.
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Hace ya algunos años que sólo la visito de paso, cuando por algún motivo he de atravesar por ella con dirección siempre a otra parte de la ciudad, pero incluso ahora no deja de fascinarme. Creo que iré algún día de estos en compañía de mis hijos a enseñarles una calle ya centenaria, una calle que seguro que al igual que a mi les fascinará, una calle que es un emblema de nuestra ciudad y que seguro seguirá siendo así durante al menos otros cien años.
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sábado, 27 de marzo de 2010
Always Look on the bright side of life.
Pues eso, siempre mira el lado brillante de la vida. Silba y recuerda siempre que el úlimo en reir seras tú.
domingo, 21 de marzo de 2010
Día Internacional del Síndrome de Down
El 21 de Marzo se eligió como emblema y representa la síntesis simbólica de la trisonomía del par 21, por eso el día 21. El número 3, correspondiente al mes de marzo, representa la cantidad de genes, uno más de lo normal, que aporta una persona en el cromosoma 21 cuando padece Síndrome de Down.
Seguramente el día de hoy se habrá pasado inédito para la mayoría de nosotros, sólo en aquellas familias donde uno de sus componentes padezca está enfermedad habrán sabido lo que hoy se conmemora.
Nos queda mucho camino por recorrer en el reconocimiento por parte de la sociedad de estas personas. Creo que no somos capaces de mirar con los ojos que han de buscar todo lo que nos acercan a ellos, todo lo que en común tenemos y compartimos. No somos capaces de igualar nuestros sentimientos a los suyos, de sentir como ellos sienten, de aceptar que al fin y a la postre sólo nos diferencia algo tan minúsculo y diminuto como un único gen en un cromosoma. Esa es la única distinción real que hay entre ellos y nosotros.
Hace ya muchos años estuvo de moda una canción de amor, una canción de AMOR con mayúsculas. Hablaba de sentimientos, de mil hormigas que recorren los pies cuando dos miradas se cruzan de forma furtiva en un comedor, de paseos por un jardín, de una felicidad sin igual cuando dos manos se entrelazan entre sí, de una flor como regalo, de un dibujo de algo parecido a un corazón. Esta canción habla del amor entre una mujer y un hombre, de una declaración de amor. Si este día ha de tener un himno, “Sólo pienso en ti” ha de ser sin duda alguna quién lo represente. Si existe algún sentimiento que más nos iguale a todos, ese es el amor. Nos enamoramos todos: jóvenes y viejos, ricos y pobres, moros y cristianos, hombres y mujeres. Si existe amor, hay comprensión, aceptación, ilusión, compromiso, y felicidad.
Creo que hoy es un buen día para cambiar nuestra mirada, para empezar a ver de otra manera a aquellos que siendo iguales nos parecen tan distintos. Creo que compartir el amor por los que hasta hoy creíamos diferentes, es aceptar que no lo son, que son nuestros iguales y que seguramente seremos capaces de dar infinitamente menos de lo que ellos están dispuestos a regalarnos sin nada a cambio. He tenido la fortuna de conocer y compartir algún tiempo con una persona con Síndrome de Down, y os puedo asegurar que nunca he sentido una mirada más limpia, una sonrisa más generosa, y una alegría e ilusión mayor por el simple hecho de estar vivo y disfrutar de cada instante, de cada detalle, de todas esas pequeñas cosas que al final son las que realmente valen la pena.
viernes, 19 de marzo de 2010
Dance With My Father - Luther Vandross (Lyrics)
Este es uno de los regalos que me ha hecho hoy mi hijo Pablo. Junto con un poema y un dibujo, son todos ellos regalos muy especiales para mi.
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