domingo, 27 de septiembre de 2009

Un Poema Nobel y Homófobo


Relata esta semana Raúl del Pozo en su columna del viernes en el diario El Mundo, un poema de nuestro Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela. Como el mismo Raúl describe es un poema impertinente y machista para este tiempo de la ideología de la corrección. A pesar de ello, o quizás por ello, lo he querido rescatar y compartir aquí. Fuera de la incorrección, me ha parecido que describía nítidamente la personalidad y el genio literario del autor. A mi me arrancó una gran sonrisa y me invitó a hacer ciertas reflexiones sobre la muy valorada virilidad de la que muchos presumimos. Defender nuestra "culona honra" en vida, y pensar que podrías echar por tierra todos los esfuerzos una vez muerto y sin posibilidad alguna de solución.
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En la Clínica Cemtro, desde donde se llevaron al gallego para hacer el último paseíllo sin cuadrilla, el doctor Guillén tiene una biblioteca dedicada al Nobel y guarda un poema impertinente y machista para estos tiempos de la ideología de la corrección. Perdonemos sus excesos homófobos para sacar de él lo humanitario, lo quevedesco o aretinesco. Cela dona sus órganos, al estilo burlesco, con algunas salvedades: «Que se los den a cualquiera». «Si ya no puedo respirar / que otro respire por mí». «Donaré mi corazón / para algún pecho cansado / que quiera ser restaurado / y entrar de nuevo en acción». «La pinga la donaré / y que se la den a un caído / y levante poseído / del vigor que disfrute».
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El Nobel regala todos sus órganos excepto la boca y el culo. «Sé de quien en ocasiones / habla mucha bobería; / mama lo que no debía / y prefiero que se pierda / antes que algún comemierda / mame con la boca mía». Y respeto al bullate canta y no da: «El culo no lo donaré / Muchos años lo cuidé / lavándomelo a menudo. / Para que un cirujano chulo / en dicha transplantación / se lo ponga a un maricón / y muerto me den por el culo».
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La foto de la discordia


No tenía pensado escribir sobre la polémica foto. Me había hecho el propósito de evitar comentario alguno sobre la misma. Pero he de reconocer que, al final, más por pereza y por recurso fácil que por otra razón he venido hasta aquí a verter mi punto de vista y mi opinión sobre la polémica desatada. He vuelto de vacaciones un poco vago y falto de toda inspiración, pero el blog ha de ser alimentado, como cualquier otra parte de mi ser, para mantenerlo vivo y no dejar que se atrofie o se muera por inanición. Por lo tanto el ejercicio de hoy corresponde más a un acto de supervivencia en la red, que a un acto de interés verdadero.
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Antes de empezar he realizado una última reflexión para fijar mis pensamientos y poder compartir así una opinión algo estructurada. Creo que la polémica ha surgido por dos motivos: uno y principal por el mal estar manifestado por el presidente de nuestro gobierno por la difusión de la misma y por no respetar el derecho de privacidad de sus dos hijas menores, y la segunda mucho más mundana por la indumentaria o vestimenta de las dos adolescentes.
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Es cierto que la razón y la ley asisten a nuestro presidente, pero también es cierto que evitar la tentación es evitar el pecado. La fotografía se realizó en un acto público, en una recepción oficial y en representación del estado español. No soy ningún experto, pero me imagino que en un viaje oficial no se deja nada al azar, el departamento de protocolo de Moncloa, sabe al detalle como son cada uno de estos actos. Nadie ni nada se improvisa en estas recepciones y me cuesta mucho creer que no se supiese de antemano que los invitados a la misma tendrían que realizarse una foto con los anfitriones. Siendo así, y respetando la opción como padre de preservar la privacidad de sus hijas menores de edad, el señor presidente debió poner la venda antes de la herida y evitar la asistencia al acto de sus amadas hijas. Entiendo que la obligatoria asistencia sólo le corresponde al mandatario y si decide ir acompañado de la familia sabe de la posibilidad de la foto. Por otro lado negar in situ la foto sería un desagravio a los anfitriones. Por lo tanto la polémica se podría haber ahorrado si nuestro presidente, como padre concienzudo hubiese decidido cortar por lo sano y haber dejado a sus hijas en el hotel o haber pagado de su pecunio personal la cena de ambas en cualquier restaurante de la ciudad alejados de los informadores de la cumbre. Por último compartir un par de dudas. Este mismo presidente y su gobierno presentan una ley del aborto que permite a una menos tomar por su madurez una decisión tan grave como decidir sobre la vida y la muerte, y además les otorga la libertad de comprar la píldora del día de después sin control facultativo. ¿Reconocen su madurez para unos casos y para otros no? Y ¿qué hubiese pasado si alguien hubiese fotografiado a las hijas del presidente en una de las carrozas que desfilaron para conmemorar el último día del orgullo gay? En un día festivo, un desfile autorizado por la calles de Madrid, tan multicolor, cualquiera podría haber hecho una fotografía, y por defender su intimidad, ¿también se habría prohibido la publicación de las mismas?
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En cuanto al segundo aspecto, mucho más mundano, la elección de los vestidos, sinceramente creo que fueron inapropiados para la ocasión. Entiendo el sentimiento de las adolescentes, ese sentimiento grupal que se desarrolla hasta las últimas consecuencias a determinadas edades. Da igual que sean góticas que siniestras, pero insisto en el detalle del protocolo, y más cuando es un acto público y oficial en representación de un estado, en este caso el nuestro. Creo que el sentido común es el menos común de los sentidos. Entiendo la educación en términos de libertad que podemos escoger cada cual para formar a nuestros hijos, ceder como padre lo hacemos todos a diario, pero ceder como presidente no es adecuado si lo que hacemos es representar a un país. ¿Qué diríamos si el presidente anfitrión se hubiese presentado en la recepción ataviado de unos vaqueros, unas botas camperas y un sombrero del séptimo de caballería? Todos ellos ropajes muy descriptivos de una parte importante de la población de su país. Por cuestiones de trabajo he sido invitado alguna vez a algún evento, cena, entrega de premios, recepción o gala. En la invitación te indican la vestimenta adecuada para la ocasión y siempre que he decido acudir y por respeto a los anfitriones he intentado cumplir escrupulosamente con las indicaciones. Presentarme en chandal y zapatillas de deporte sería una infame descortesía, y muchísimas ganas de llamar la atención.
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Sinceramente creo que todo se podría haber evitado, creo que ha faltado criterio en las decisiones previas y ha sobrado mucho gesto de rasgarse las vestiduras. Lo que bien empieza, bien acaba.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Llanto por Ignacio Sánchez Mejias. Alma Ausente. (Federico García Lorca)


No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
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No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
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El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
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Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
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No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
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Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
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domingo, 6 de septiembre de 2009

La Última Sonrisa.


Se despertó como cada día desde hacía ya unos pocos años mucho antes de que las primeras luces del alba inundaran su dormitorio. Se había acostumbrado a consumir sus horas de sueño en las primeras horas de cada noche. Llevaba tiempo durmiendo muy pocas horas, no sabía muy bien porque había adquirido aquella costumbre, pero era incapaz de conciliar el sueño más de tres o cuatro horas seguidas.
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Intentó levantarse nada más abrir sus ojos, sabía que tenía que consumir unos segundos adaptando los mismos a la oscuridad reinante, pero era consciente que sería incapaz de saltar de la cama sin más, el simple hecho de ponerse de pie cada día era un ejercicio que le dejaba exhausto desde hacía ya semanas. Se esforzó en silencio por poner en marcha aquella maquinaria muy deteriorada que era su cuerpo. Sacó primero las piernas, casi dos alambres que a penas se sujetaban por si solas, cuando al final sus pies tocaron el suelo incorporo el resto de su cuerpo hasta sentarse en la cama. Tuvo que descansar unos minutos, dejar que su respiración se volviera a acompasar y acumular de nuevo las fuerzas exiguas que aún le quedaban para poder levantarse del todo. Muy despacio se dirigió a las escaleras que deberían llevarle al salón como cada madrugada, sabía que esta sería la última vez que sufriría la humillación de bajar escalón a escalón, los catorce escalones que separaban su dormitorio del resto de la casa. Esa operación cotidiana en su vida, se había vuelto en un reto que semana tras semana le obligaba a dedicar mucho más tiempo, y que en alguna ocasión termino dando con sus huesos en el maldito suelo, por su debilidad extrema y su casi nula capacidad de coordinar sus movimientos.
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Hoy no tenía prisa, la verdad es que la sensación de correr para hacer las cosas le había abandonado desde hacía ya un par de meses o tres. Bajó muy despacio, a oscuras como siempre lo había hecho. Cada escalón era un pequeño triunfo, cada escalón era un paso adelante y en esta ocasión sin retorno. Entró en el salón y sólo entonces encendió la primera luz del día. Necesitaba sentarse a descansar, tenía que controlar los espasmos de un cuerpo agotado. Eligió el sofá más largo, sabía que como cada mañana terminaría tumbado todo lo largo que era en él. En la mesa baja de cristal situada en el centro de los dos sofás había dejado preparado el día anterior su ordenador portátil, el mando de la televisión, su teléfono móvil, el cenicero y la caja de los puritos que llevaba fumando desde que decidió volver al vicio del tabaco. Junto a ellos se encontraba la última novela que había terminado de leer justo esa misma noche Nunca le había gustado dejar un libro a medias, sin llegar a su última página, respetaba y valoraba mucho el esfuerzo que supone contar una historia. Escribir había sido siempre su sueño incumplido.
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Como cada amanecer encendió la televisión, busco el canal de noticias internacionales y se preparó a escuchar siempre las mismas noticias repetidas una y mil veces en espacios de media hora. La cara de su presentadora favorita, casi una amiga por la cantidad de veces que habían coincidido en los últimos dos años, apareció inmediatamente dando cuenta de la información deportiva. Los entrenamientos del Gran premio de Motos de San Marino que se celebraría esa misma mañana había dejado en la pole position a nuestro campeón de Moto GP, los resultados de los partidos adelantados al sábado de la segunda jornada de la nueva liga que hacía una semana había comenzado, los cruces de octavos de final del US Open donde nuestros representantes estaban haciendo un magnífico papel, y algún suelto más que ofrecían las últimas novedades del deporte nacional. Después de unos diez minutos sin apenas resuello, había logrado descansar lo suficiente como para responder a la segunda ardua tarea de la mañana. Debía ir a la cocina para prepararse el desayuno. Había dejado programada la cafetera la noche de antes, era un trabajo más asequible para su actual situación. Recorrer escasos cinco metros para alcanzar la cocina, ponerse una taza de café con su leche templada, la sacarina, una pequeña ensaimada que se le hacía como todo un roscón de reyes cuando tenía que comérsela, la servilleta de papel y vuelta al salón. Al ponerse de pie para iniciar este nuevo paseo se miró en el espejo que había sobre la chimenea. Ya no le llamaba la atención la falta de pelo, la cara demacrada, y el aspecto general que presentaba después de haber perdido más de quince quilos en los último seis meses. El tratamiento de quimioterapia y radioterapia habían sido devastadores. El sabía de sus efectos, los había conocido en seres muy queridos, que habían sucumbido a la maldita enfermedad, que como él, que estaba a punto de perder su última batalla, ya habían rendido cuentas ante el señor del mal y habían terminado por reconocer su derrota abandonando el campo de la batalla. En un principio había pensado en negarse a recibir el tratamiento, pero finalmente decidió que quería experimentar todos y cada uno de sus efectos, no porque pensará en que servirían para vencer en esta lucha, más por comprobar en su propio cuerpo los efectos demoledores que anteriormente habían experimentado sus padres, su único tío y no hacía muchos años su hermano mayor. Sólo le sedujo un sentimiento de solidaridad a la hora de tomar la decisión, y además quería luchar, no para ganar, pero al menos quería plantar cara a su enemigo y ganar tiempo para terminar las últimas cosas pendientes de su vida.
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Después de esta reflexión y temiendo que el tiempo que le había dedicado estando de pie frente al espejo le impidiera hacer de una sola vez el recorrido de ida y vuelta entre el salón y la cocina, decidió ponerse en marcha con la esperanza que aquella nueva excursión por el territorio de su casa no le llevará mucho más tiempo del necesario, y no agotara del todo sus maltrechas fuerzas antes de volver a los que últimamente eran sus dominios.
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Al final no pudo con todo su desayuno, decidió terminar el café, pero no fue capaz de comerse la ensaimada de cada mañana. Encendió su portátil, abrió el documento que llevaba ya años escribiendo y dedicó sus últimos esfuerzos a escribir su último capítulo. Era un escrito donde había relatado paso a paso su guerra contra aquel maldito cáncer. Lo empezó un buen día, el día que sospecho que la enfermedad llamaba a su puerta. Intuyó que empezaba la lucha, aunque sólo fue eso una intuición. Había decidido que lo mantendría en el disco duro de su ordenador sabedor de que en cualquier momento más adelante lo retomaría. Era la manera que tenía de perdurar ante la derrota, sabía de antemano que cuando llegará el momento de la batalla desigual él era el que iba a perder, pero a través de aquel escrito sabía que a pesar de dejar la vida habría algo de él que perduraría en el tiempo, algo que le dejaría a tan cruel enemigo un agrio sabor en su victoria. Su recuerdo no se perdería, su presencia permanecería en la mente y en los corazones de su gente querida. No eran más que palabras, palabras que describían sus sentimientos, sus sensaciones, sus malestares y como no sus miedos. Eran palabras que le habían permitido llegar hasta el final con la dignidad suficiente para enfrentarse al último trance. Sabía que ya poco quedaba, tan sólo unas pocas frases, quizás datar aquel último párrafo de despedida, unas palabras de aliento, de cariño y de amor para los que se quedaban, un último adiós para los que con él habían sufrido, incluso con mayor intensidad, los últimos meses de su vida. Todo estaba a punto de terminar, las últimas letras ya estaban escritas, el documento no lo guardó, tan sólo lo dejó minimizado para que lo pudieran encontrar sin problemas cuando descubrieran que aquel ordenador permanecía encendido. No lo había compartido con nadie durante la enfermedad, pero estaba interesado en que todos lo leyeran, que cada persona amada tuviera su propia copia, que cada uno de ellos pudiera al menos compartir sus sentimientos durante el tiempo que ellos eligieran.
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Se recostó en el sofá, cerró los ojos. Empezó a notar que su corazón palpitaba cada vez más despacio, al final todos nos morimos por parada cardiorrespiratoria. Sabía que en breves instantes perdería la conciencia. De repente el primer fogonazo de una luz fuerte, brillante y maravillosa. Quedaban pocos instantes, percibía que el final era cuestión de pocos minutos, quizás uno sólo, no sabía cuanto tiempo podría mantener aún despiertos sus sentidos, no sabía si se repetiría la visión por segunda vez de aquella luz espectacular, no sabía si entraría en una negritud que ya no le abandonaría para toda la eternidad. No perdió más tiempo en tratar de sentir o averiguar, sin esfuerzo alguno rescato de su mente la imagen de aquella sonrisa. No le fue difícil, le acompañaba desde hacía ya años. La sonrisa que todo lo iluminaba, la sonrisa que todo lo llenaba, la sonrisa que le había dado el amor y la felicidad. Quiso que aquella fuera la única imagen que le acompañase en ese último y breve instante.
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Sus ojos permanecieron cerrados, sus labios en un último gesto dibujaron también una breve y pequeña sonrisa de un eterno agradecimiento. La televisión volvía a contar las últimas hazañas de nuestros mejores deportistas, después darían el pronóstico del tiempo de ese domingo uno de los últimos días del verano.
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sábado, 5 de septiembre de 2009