miércoles, 1 de enero de 2014

Recién nacido.




Antes de iniciar ésta entrada he releído todas las anteriores correspondientes al primer día del calendario de los diferentes años que llevamos compartiendo este espacio.
Realmente me sorprende como cada primero de año intento llegar aquí y realizar un análisis, e incluso una predicción, de lo que podemos esperar de cada nuevo año. Hoy no podía faltar a esta cita, pero adelanto que en esta ocasión doy palos de ciego y estoy completamente perdido sobre lo que nos espera por delante durante los siguientes doce meses.
He repetido mi rutina ya compartida. He madrugado después de dormir escasas tres horas, más por culpa de los cafés que me tomo para intentar aguantar un poco más en la primera noche del año, que por haber vivido una juerga loca que me mantuviese despierto hasta el amanecer. En el desvelo de la madrugada he empezado una nueva novela, justo ayer terminé la última de Richard Ford “Canadá”, muy recomendable. Iniciar el año con libro nuevo siempre es estimulante y prometedor en ésta área. Esta mañana, después del aseo obligado bajo una ducha reconfortante y estimulante, salí a pasear con mi perro rodeado un año más de una espesa niebla y una sorda soledad. Un poco más tarde mi primera incursión en el pueblo para la compra de ese pan recién hecho que te invita a seguir deglutiendo a pesar de que estómago e hígado empiezan a pedir una tregua más que razonable. De vuelta a casa me siento en la obligación de abrir mi ordenador y como antes comentaba intentar dejar por escrito aquello que espero, y lo que no, de este año aún incipiente en sus primeras horas.
Del año fenecido ya dije en su día que no me gustaba, que nada le pedía y que nada esperaba de él. Simplemente esperar a su defunción y estar entre todos los que ayer le despedimos. Así ha sido, me ha quitado más de lo que me ha dado, ha sido duro en todos sus días y pocas alegrías me ofreció. De este nuevo no sé muy bien que predecir. Por un lado las ganas locas ya compartidas de que nos dé un respiro, que nos permita volver en parte a lo que éramos y teníamos en un pasado no tan lejano. Que nos ofrezca cual ofrenda momentos mucho mejores, que podamos recuperar las ilusiones perdidas en la travesía de una crisis que se ha cebado con nosotros y tanto daño nos ha hecho. Me gustaría incluso que nos dejara ser un poco más felices, incluso un poco más libres en las decisiones de todas aquellas cuitas que tienen que ver mucho más con nosotros como personas, que con nosotros como engranajes de una economía mal trecha. No creo en ningún tipo de milagros y soy consciente de que en este año no vamos a recuperar todo lo ya perdido, pero quizás podríamos conseguir que las pequeñas cosas, las quimeras no muy ambiciosas, los deseos aplazados, los anhelos pendientes desde ya hace tiempo, los pudiésemos ir cumpliendo en el transcurso de sus días.
Sé que como país estamos inmersos en un proceso que huele a podredumbre lo mires por donde lo mires, que hemos perdido la integridad como sociedad y que no existe forma y manera de recuperar la confianza ni en las instituciones, ni en un mal gobierno, mucho menos en los partidos y sindicatos. No quiero hablar de una política que apesta, no quiero perder ni un segundo en comentar aquí, hoy, lo mal que me siento como ciudadano de un país a la deriva ética y moral. No me interesa hacerme eco de todo lo que nos rodea en este sentido, lo desprecio y no lo respeto.
Me interesa el individuo sobre el colectivo, me importa lo que cada uno de nosotros podemos conseguir este año, por poco que sea, por pequeño que sea ese logro. Necesito creer que individualmente vamos a avanzar un paso, no de gigante, me valen los diminutos de un Pulgarcito del cuento de mi niñez. Le pido a este recién nacido que nos ofrezca su pan, el que siempre traen debajo del brazo, ese pan que aún calentito acaba de salir de la tahona.
No pretendo tener grandes fantasías, ni sueños grandilocuentes, ya no tengo edad para ello. Sólo busco que cada uno de nosotros estemos un poco mejor dentro de otros doce meses, un poco más alegres, con un poquito menos de miserias a nuestro alrededor, con menos heridas en el alma, con más calor en nuestro corazón. Nadie nos va a regalar nada, y una vez más nuestros esfuerzo y compromiso para lograrlo será determinante. Cada cual ha de marcar su meta y luchar por ella, esto es por descontado. Pero si al final obtenemos nuestra pequeña recompensa, este recién nacido cuando sea un anciano nos habrá regalado un montoncito nuevo de felicidad. Hasta aquí puedo leer, corro el riesgo, y grande, de confundirme de la a a la zeta, pero en el fondo y como romántico trasnochado que sabéis que soy, no puedo pedir hoy otra cosa distinta de la que aquí comparto.
No olvidéis que la nueva filosofía que desde ayer comparto, YOLO, nos debe acompañar cada día en este nuevo recorrido. You only lives once, que no es moco de pavo.



martes, 31 de diciembre de 2013

It's time to live

 
 
Disculpad que hoy haya titulado la entrada en inglés. Se me ocurrió la misma la otra tarde después de hablar con mis hijos, cuando me explicaban el acrónimo de YOLO (you only lives once). Me pareció fascinante que siendo unos adolescentes en sus cabezas ya barajen este tipo de conceptos. Aun teniendo toda la vida por delante querían hacerme ver lo importante que es disfrutar de la misma cada minuto de su tiempo. No es incompatible con sus responsabilidades. Durante la charla no querían imponer una filosofía pegada sólo al disfrute, huyendo del trabajo, del esfuerzo o de los compromisos. A su modo, con sus palabras, intentaban compartir conmigo lo importante que les resulta disfrutar de sus vidas, saber que en cada instante deben sonsacar lo mejor que ésta les ofrece. Sinceramente me quede pasmado, como el famoso Rey de Torrente Ballester. Sin haber cumplido ninguno de los dos quince años y lo claro que ya lo tienen, apuntan maneras, es bueno que las generaciones que nos siguen sean capaces de sentir y pensar que sólo se vive una vez.
 
Aquella conversación me ha llevado a la entrada de hoy. Creo que cuando la última página de este año está a punto de terminarse es bueno que pensemos que ha llegado el tiempo de vivir. Llevamos más años de los que queremos encorsetados, amedrentados, preocupados por los aspectos económicos de una crisis que nos mordió como perro de presa y aun hoy nos  mantiene sujetos por dientes y mandíbulas sin darnos un respiro, bloqueando nuestras voluntades y paralizados por el miedo a que en la pelea por soltarnos nos rasgue por completo la vida.
Este año tampoco ha sido nada bueno, a pesar de que en los últimos meses parece que hay ciertos datos que nos ofrecen una mínima esperanza, hemos vivido doce meses de pesares, hemos sufrido como en los anteriores todo tipo de calamidades económicas, volvimos a los cuarteles de invierno con la intención de dejar pasar la tormenta y esperar a ver si escampaba. Ha sido un largo año, hemos vuelto a pelear cada día por seguir en la picota, o por salir del abismo, hemos batallado hasta la extenuación por no perder, el empate nos parecía un buen resultado. Y con este panorama nos hemos olvidado de vivir. Llevamos mucho tiempo siendo muertos vivientes, tristes espectros de lo que fuimos, cadáveres andantes, fantasmas de un pasado no muy lejano. Ha llegado el momento de recuperar la alegría, de sonreír cada día, de disfrutar de la única vida que tenemos.
 
Al nuevo año que empieza en poco más o menos doce horas sólo le pido que sea permisivo con nosotros, que nos dé un poco de aliento, que nos ofrezca un poco de tregua, que nos deje ser nosotros mismos, y que nos regale unas cuantas alegrías. Quiero apuntarme al movimiento del YOLO; quiero sentir que estoy vivo, quiero hacer cosas que me ayuden a volver a disfrutar con las cosas más insignificantes, quiero que cada día del próximo año, cuando esté a punto de dormir llegada la noche, pueda pensar que en el transcurso del mismo hice algo que mereció la pena, por mi o por alguno de los demás.
Cuando uno se va haciendo mayor como yo, cuando se ha vivido ya más años de los que quedan por disfrutar, al resto del camino se le pide poco. No se buscan grandes emociones, se buscan sendas sin grandes altibajos, más planas y cómodas de transitar. No por ello renuncio a disfrutar de lo que resta del paseo, hay mil y un incentivos, hay mil y una ilusiones, hay mil y una emociones que están esperando alegrarnos la vida.
 
Al año nuevo que está a punto de entrar sólo le pido que nos dé la oportunidad de convencernos que aún hay tiempo de vivir, que tu sólo vives una vez y que nos permita ser y estar: ser felices y estar vivos otros doce meses más.
It’s time to live, recuerda You only lives once.
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sábado, 21 de diciembre de 2013

Somos la llave


 
 No lo dejes para mañana.
 No tardas más de esos cinco minutos que pierdes al día en no hacer nada.
 Merece la pena.
 Con un pequeño esfuerzo se obtiene un resultado infinito,
de esos que no se compran con dinero.
Haz como yo, haz como muchos y verás como te sientes mucho mejor.
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viernes, 6 de diciembre de 2013

Adios Madiba.


 
Ayer el mundo se quedó un poco más huérfano. Ayer murió la sonrisa de África.
Nelsón Mandela, Madiba, murió a los 95 años de edad.
 
Estamos un poco más solos, somos un poco menos tolerantes, buenos y menos humanos.
 
Madiba nos regalo durante muchos años tolerancia a raudales, misericordia y amor en cantidades ingentes; respeto, valentía y la alegría de estar vivo, de ser libre.
 
Madiba nos enseño como nadie el valor de la libertad, el amor fraternal, lo inútil del resentimiento, el odio y el castigo.
 
Nelson Mandela, la sonrisa de África, ha sido y será siempre un referente social, político y humano, ha sido y será siempre un mito en la lucha por la libertad.
 
Os dejo aquí algunas de sus más celebres frases, algunos de sus pensamientos, algunas de sus verdades:

 
"Obtendrá usted más en este mundo a través de actos de misericordia que a través de actos de castigo"
 
"Mientras caminaba de puerta en puerta hacia la salida que me llevaría a la libertad, sabía que si no dejaba mi amargura y odio detrás, seguiría en la cárcel"
 
"Aprendí que la valentía no era la ausencia de miedo, si no el triunfo sobre él. el hombre valiente no es quien no siente miedo, sino el que conquista ese miedo"
 
"El resentimiento es como beberse un veneno y esperar a que mate a tus enemigos"
 
"La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo"
 
"Ser libre no es simplemente deshacerse de las cadenas, sino vivir de manera que se respete y realce la libertad de los demás".
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martes, 3 de diciembre de 2013

Neil Diamond - Hello Again



Hello, my friend hello.
Just called to say hello....
 
Aristóteles dijo:
"La Amistad es un alma
que habita en dos cuerpos,
un corazón que habita en
dos almas".

jueves, 7 de noviembre de 2013

sábado, 28 de septiembre de 2013

Enseña a tus hijos a ser felices, no ricos. Cuando crezcan van a entender el valor de las cosas... no el precio.



De nuevo fusilo una frase de las infinitas que te encuentras a diario y que se sin quererlo las haces tuyas. Frases simples, fáciles de recordar, impactantes en su mensaje, y casi siempre bien intencionadas. Frases que te hacen pensar, reflexionar, cuestionar lo obvio, frases morales y de calado ético e incluso estético.
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Últimamente reproduzco entradas cargadas de moralinas. No es que me crea con la altura de miras suficiente o la catadura moral para dar consejos a nadie, y menos generar con mis comentarios una corriente de opinión pretenciosa y cargada con la razón y la verdad absoluta.
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Quizás lo que me esté ocurriendo es que marco una mayor distancia con la vida, que siento que soy menos protagonista de la misma, que puedo elegir un papel de segundón y por tanto ser un escéptico observador de todo aquello que me rodea. Posiblemente estoy en ese periodo de mi propia existencia lejano ya de la necesidad de imponer mis criterios, ideas y opiniones, e inicio la fase del crítico espectador de una realidad que poco o nada tiene que ver con el ideal que siempre he añorado y que con el paso de los años se ha ido haciendo añicos rompiéndose en mil y un pedazos.
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En cualquier caso y por no dispersar el tiro, cuanta verdad recogen las palabras que construyen el título de hoy. Que cierto es y qué pena da, que pocos sabemos entender hoy el real valor de las cosas. Y que verdad es también que tenemos la responsabilidad como padres, o simplemente como adultos, de enseñar a nuestros hijos el verdadero valor de las cosas.
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Nadie dice que sea fácil, que exista la varita mágica o la ciencia infusa para lograrlo sin esfuerzo. No nos engañemos, tampoco somos perfectos como seres humanos y es más fácil errar en el camino, que acertar en el intento. Pero seguro que si ponemos todo nuestro empeño en la tarea al final lo lograremos.
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En principio partimos con ventaja. La primara aspiración de los padres es que sus vástagos sean felices siempre, todos y cada uno de sus días. Y la felicidad no se compra, se hace. La felicidad se consigue con esmero, con cariño, con amor, con ilusión, con comprensión, generosidad, se alcanza dando lo mejor de cada uno de nosotros y sin pedir mucho a cambio. Ser feliz poco tiene que ver con lo material, cierto es que las personas necesitamos unos mínimos que nos reconforten y nos ofrezcan ciertas seguridades, pero ser feliz de verdad tiene mucho más que ver con: un beso, una sonrisa, un abrazo, una caricia, unas palabras de amor, un guiño, una mirada, una ilusión, la felicidad real poco o nada tiene que ver con la riqueza.
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No soy un Quijote, no pretendo serlo ni quiero negar tampoco que en la vida, en mi propia vida, la lucha por mejorar y conseguir las cosas que hoy tengo y comparto con mis seres queridos sean despreciables o perniciosas para mí y los míos. No soy rico y sé que nunca lo seré, pero no me importa, ni aspiro a ello, ni es el objetivo que anhelo conseguir. Valoro y mucho lo poco que tengo, intento que mis hijos así lo vean y lo sientan, espero que entiendan que aquello que uno puede alcanzar lo ha de hacer con esfuerzo, desde la honradez, desde el compromiso con los demás, pero siempre valorando cada paso, cada hito, cada meta conseguida.
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No estoy nunca convencido de que lo esté haciendo bien, de que lo vaya a conseguir. Tengo infinitas dudas cada día de que aquello que quiero transmitir lo reciban y perciban de la manera correcta, que sea yo capaz de trasladar el valor real de las cosas importantes y de diferenciar éstas de todo lo superfluo que la vida ofrece. Mi mayor preocupación es si realmente soy capaz de hacerles felices y enseñarles que nunca renuncien a serlo, la vida es infinitamente mejor si uno consigue cada día ser un poco más feliz y además comparte con los demás una porción enorme de su felicidad.
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sábado, 21 de septiembre de 2013

Ser bueno no es sinónimo de ser idiota.




Esta semana un amigo me envió un Whatsapp con la siguiente frase: “Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden”. Yo diría incluso que no sólo algunos, sino que es común denominador de la mayoría de ellos.
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Me quedé un poco parado. No tenía muy claro si mi amigo me llamaba idiota de una forma muy elegante a la vez de contundente, o muy al contrario quería reafirmar mi forma de ser ante algún comentario malicioso de alguna tercera persona sobre mí. O simplemente envió una frase de las tantas que se intercambian hoy en día a través de los dispositivos móviles. Aún hoy no lo sé, espero ver a mi amigo en breve y aclarar mis dudas.
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Sea como sea, sea yo un idiota o no a los ojos de mi amigo, creo que hay mucho de verdad escondido en el significado de la frase de marras.
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Para empezar diría que hay pocos buenos e infinidad de idiotas en este nuestro mundo. No sabría calcular la proporción, pero por cada persona buena que te puedes encontrar en tu vida tropiezas con una multitud de idiotas. Estamos hartos de escuchar el comentario de lo idiota que puede ser alguien porque carece de maldad en sus actos, dichos o pensamientos. Son señalados por falta de carácter, porque aparentemente siempre son los primeros en ceder, en complacer, en evitar los conflictos, en perdonar las ofensas ajenas, y si me permitís son el foco y la diana de todos los idiotas que le rodean en sus bromas de mal gusto, chanzas y demás acciones degradantes, es el bicho expiatorio de las frustraciones de todos los que le rodean.
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Hoy en día es fácil abusar del bueno, de confundir la bondad con la estupidez. Nuestra sociedad nos ha hecho bastante peores de lo que nos pensamos. Abusamos de los que por falta de maldad los sentimos inferiores en muchos aspectos de la vida. Incluso muchos de los idiotas buscan de manera incesante una buena persona para que estando a su lado les permita resaltar sus falsas virtudes, capacidades y éxitos.
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Normalmente una buena persona tiene la virtud añadida de una paciencia ilimitada, de una capacidad infinita de perdonar, de ceder el protagonismo a todos los que le rodean, de actuar en un segundo plano y reconfortarse con las alegrías de los demás. Una buena persona es un lujo que raramente sabemos valorar cuando lo tenemos cerca, cuando tienes el privilegio de contar con su amistad, de su lealtad. Una buena persona es un bien escaso, una rara avis, una especie en peligro de extinción.
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No sé si yo mismo soy una buena persona y por tanto de forma ineludible un idiota a los ojos de muchos. No lo sé y no me importa. No sé si al contrario yo soy el idiota que confunde la bondad de los demás con la estupidez. Quizás prefiera pertenecer al primer estereotipo, estoy convencido que son infinitamente más felices aquellos que hacen el bien sin importarles su reputación, los que por la vida pasan regalando a los demás lo mejor de si mismos, los que por idiotas pasan a los ojos de los verdaderos necios y estúpidos.
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Si ser muy buena gente es ser un idiota no me importaría que en mi epitafio alguien pusiese: “Aquí yace un idiota, uno de los grandes, vivió convencido de su propia idiotez hasta el día que murió”.
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domingo, 1 de septiembre de 2013

La verdad es que....



Estoy convencido que Don Fernando Lázaro Carreter se está removiendo en su tumba desde hace ya mucho tiempo, y especialmente en los últimos años. El que fuera director de la Real Academia de la Lengua española, doctor en filología románica, doctor honoris causa por seis universidades españolas, profesor asociado en La Sorbona y escritor de una extensa producción de libros y artículos, se volvería a morir seguro de un ataque al corazón o embolia cerebral comprobando el mal uso que hacemos los españoles de nuestro rica lengua.
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Llevo tiempo pensando en escribir esta entrada, y aún a riesgo de ser un petulante, o lo que es peor dejar una vez más una muestra pública de mi pueril uso del castellano, de todas las incorrecciones que soy capaz de cometer cuando intento contar con la palabra escrita mis devaneos con el mundo quimérico de las ideas, me atrevo hoy a sumarme a todos aquellos que critican abiertamente el mal uso que hacemos los españoles de nuestro lenguaje y extenso vocabulario.
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Más sinceramente lo que pretendo es vilipendiar públicamente a todos aquellos que día tras día, en cualquier momento u ocasión, utilizan de manera reiterada la coletilla que encabeza esta entrada de hoy.  No lo soporto, no puedo con ello, me puede y cada vez que la escucho en boca de cualquier personaje público, en cualquier medio de comunicación, la cólera me domina y siento dentro de mí una incontrolable reacción de ira.
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No parece que sean conscientes del daño que hacen a nuestra lengua cuando de forma adictiva incorporan a sus conversaciones, declaraciones, discursos, este tipo de muletillas lingüísticas que nada aporta y nada suma al valor de lo que cuentan, o dicen en cada momento. No es necesario reafirmar que aquello que contamos es cierto, no explica nada adicional a lo que ya referimos, ya damos por hecho que en sus palabras encontramos esa verdad que el interlocutor quiere trasladarnos. Nuestro lenguaje nos ofrece muchas alternativas distintas y suficientes para comunicarnos con la claridad suficiente y la limpieza necesaria para no macular nuestra comunicación con estas muletillas o coletillas que lo único que consiguen es empobrecer nuestro discurso y cuestionar nuestras capacidades en tareas de comunicación.
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Lo peor de todo es que no son conscientes del mal uso que realizan de esta expresión, muy al contrario creen que este uso les otorga una dignidad y una calidad en el verbo que ya quisieran para ellos sus congéneres. Seguro que íntimamente se aplauden de lo bien que se expresan y lo mucho que han mejorado en sus parlamentos.
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Fijaros si todavía no habéis descubierto lo que os cuento, escuchar detenidamente, y comprobaréis por vosotros mismos lo expandida que está la coletilla a la que me refiero. En cualquier ámbito de vuestras vidas la vais a escuchar hasta la saciedad, da igual que sea: entre compañeros de trabajo, entre vuestras amistades, en las declaraciones de deportistas, algún que otro sesudo tertuliano, comunicadores, políticos, periodistas, e incluso nosotros mismos. Y cuando esto ocurre, cuando uno mismo al expresarse descubre que ha incorporado a sus diálogos la nociva coletilla el mal es grande, grave y de difícil solución.
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El uso se ha masificado. Igual da utilizarla a modo de entradilla, como nexo de unión entre una y otra frase, como respuesta a una pregunta cerrada, como exclamación, aclaración, negación, cualquier momento y oportunidad es buena para incluirla. Ciertamente es una lástima que tan mal uso de nuestro lenguaje se adueñe de todos nosotros y que no seamos capaces de erradicarlo.
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Necesitaba este pequeño desahogo, la verdad es que hoy he escuchado en infinidad de ocasiones la pérfida muletilla. ( Perdón, que tontería, y ahora que digo?)
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Sólo un par de últimos consejos: para evitar el linchamiento de nuestra lengua, leamos más, mucho más, e intentemos escribir algo de vez en cuando, no pasa nada por hacerlo, ya veis que hasta el más de los incapaces, y ese soy yo, de vez en vez realizamos el esfuerzo de juntar palabras, y tengamos muy presente siempre diccionarios de nuestra lengua y libros como el de Don Fernando Lázaro Carreter, “El dardo en la palabra” que nos ayudarán seguro a hablar mejor y cuidar mucho más nuestra comunicación.
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jueves, 22 de agosto de 2013

Yermo.



Árido, estéril, infecundo, inhabitado, deshabitado, desértico, desolado, o cualquier otro sinónimo valdría en este caso para definir y descubrir mi incapacidad para producir textos en este blog. Cual pertinaz sequía llevo meses sin publicar nada, he convertido este espacio en un erial.
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Sé que la mejor manera de enfrentarme a esta situación es intentar doblegar la apatía que me invade, obligarme a sentarme con una mayor frecuencia delante del ordenador y pulsar tecla tras tecla par ir componiendo textos que finalmente tengan algo que contar, algo para compartir.
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He huido conscientemente de comentar la patética y penosa realidad política, social, económica que nos rodea. No he querido ser uno más en la cadena de lamentos, críticas, y comentarios sobre todo lo que nos rodea en nuestro día a día y que tiene que ver con la vergonzante clase política de nuestro país, merecedores de cualquier vituperio, por fuerte que este sea. No soy capaz de zaherir como se merecen todos y cada uno de los personajes de nuestra vida pública que de forma tan vergonzante nos tratan como si fuéramos todos un rebaño borreguil de ineptos, estúpidos o idiotas sin opinión. No he querido y no me interesa, he decidió vivir de espaldas a todos ellos.
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Por otro lado no he sido capaz de componer ningún texto con un mínimo interés para nadie. Mis experiencias vitales no son lo suficientemente atractivas como para compartirlas públicamente, y las más personales las guardo para mí en mi derecho a la intimidad.
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Estoy a punto de terminar mis vacaciones estivales y tampoco he encontrado durante estas casi tres semanas nada merecedor de ser compartido. Han sido muy normalitas, y los días han transcurrido entre paseos diarios por la playa, muchas horas de descanso y muchas más dedicadas a la lectura. En este sentido he de reconocer además que me he confundido y mucho en la selección de las novelas de este verano. A excepción del que seguramente será el best seller del año, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” (Joël Dicker, editorial Alfaguara) una novela muy recomendable para este periodo, de una trama apasionante, con un ritmo narrativo como pocos, y con un excepcional estilo literario, el resto de novelas han sido entre malas y muy malas, y han sido algunas las que he leído en estos casi veinte días. Un desastre absoluto en mi criterio de elección y como no puede ser de otra manera he pagado la penitencia de este pecado leyendo cada una de ellas hasta el final de sus páginas.
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Esta siendo un año de crisis creativa, a penas llevo una docena de entradas y con periodos excesivamente largos entre una y otra. Hoy me he hecho el propósito de escribir estas líneas y publicar la entrada quede como quede. Si perdura mi barbecho, y si esta página se convierte finalmente en un terreno inhóspito, en un páramo o una estepa infecunda, echaré el cierre, e igual que llegue sin hacer mucho ruido saldré por la puerta trasera y por incomparecencia manifiesta dejaré que la Cambra se hunda en este mar fecundo y poblado de sitios que aportan mucho más contenido, experiencias y sentimientos.
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jueves, 25 de julio de 2013

24 de Julio 2013. 20,42 h. Curva de Agrandeira (Santiago de Compostela)


Una tragedia así cubre de negro dolor, pesar, y llanto a una ciudad, a una región, a todo un país.
No hay palabras que puedan expresar los sentimientos que cualquier ser humano siente ante tal escalofriante suceso.
Sólo condolencias y el máximo respeto por las víctimas, familiares y amigos.
Descansen en Paz.

martes, 25 de junio de 2013

Nunca me enfado con la gente por lo que me piden, si no por lo que me niegan.



Llevo meses en el dique seco, alejado de este nuestro blog. Apático, perezoso, sin inspiración suficiente para enfrentarme a la obligación, o mejor dicho devoción, de volcar mis pensamientos, sentimientos, sensaciones en escritos que periódicamente comparto con todos los lectores, compañeros de este viaje ya iniciado hace unos pocos años, dueños y señores de estas páginas figuradas, de estos relatos que expresan con torpeza una parte de lo que soy, o mejor dicho siento que soy, pienso que soy, o proyecto que soy.
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Hoy después de unos meses ausente vuelvo a nuestra cita impulsado, no sé muy bien porque resorte, a compartir con todos vosotros un estado de ánimo un poco decrépito y un tanto maltrecho. Seguramente será pasajero, probablemente será efímero en el tiempo, previsiblemente caduco y poco persistente, absolutamente reversible y fácil de reparar.

En la vida de cada persona se suceden hechos y situaciones poco o nada deseables, se suscitan adversas realidades, se originan conflictos, nacen nocivas tesituras y finalmente se adoptan defensas, trincheras y barreras insoslayables para preservar y proteger el propio ser de los ataques y afrentas a las que uno se ve expuesto en el devenir de su día a día.

Que cierto es que el ser humano si se muestra accesible, generoso, cercano, próximo y asequible termina siendo víctima del egoísmo, la voracidad y codicia de todos aquellos que le rodean. Que cierto es que la mayoría de las veces la bonhomía de las personas se entiende como necedad y debilidad, como simpleza y carencia de fuerza en el carácter. Que cierto es que descubrir y manifestar siempre la mejor predisposición hacia los demás, termina siendo un bumerán que vuelve envenenado, veloz y certero con alto riesgo de golpear en las entrañas, de herir en el alma y romper en el corazón. Qué fácil es siempre explotar al generoso, abusar del tolerante, excederse con el dadivoso.

Y como bien dice el título de la entrada (frase del ilustre líder conservador de la segunda mitad del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo) nunca me enfado por lo que me piden, ya no, ya he entendido que así ha de ser y lo que de mí se espera, pero no puedo evitar enfadarme por lo que me niegan.

Para aquellos que no me conocen todo lo escrito hasta ahora podría parecer una fatuidad llena de presunción y petulancia, un canto al victimismo y un retrato espiritual de un engolado ser jactancioso y vanidoso, propenso a inmolarse en pira pública por el bien general. No soy así, lejos está mi persona de asemejarse a tal retrato.

Sólo sé que en toda mi vida siempre he intentado complacer y no ser especialmente complacido, he intentado dar sin esperar, he intentado cumplir con todo y todos más allá de las expectativas que en mí se habían depositado. Cuando uno así entiende la vida, no pretende nunca una recompensa explicita de aquello que ofrece sin un aval de contra rembolso, sólo busca un poco de empatía, un gramo de comprensión y una pizca de compensación.

Cuando la negación de una ilusión se materializa, el daño es grande, la grieta desquebraja la confianza, el compromiso se rompe y la distancia se convierte en un abismo imposible de superar.
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