domingo, 1 de septiembre de 2013

La verdad es que....



Estoy convencido que Don Fernando Lázaro Carreter se está removiendo en su tumba desde hace ya mucho tiempo, y especialmente en los últimos años. El que fuera director de la Real Academia de la Lengua española, doctor en filología románica, doctor honoris causa por seis universidades españolas, profesor asociado en La Sorbona y escritor de una extensa producción de libros y artículos, se volvería a morir seguro de un ataque al corazón o embolia cerebral comprobando el mal uso que hacemos los españoles de nuestro rica lengua.
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Llevo tiempo pensando en escribir esta entrada, y aún a riesgo de ser un petulante, o lo que es peor dejar una vez más una muestra pública de mi pueril uso del castellano, de todas las incorrecciones que soy capaz de cometer cuando intento contar con la palabra escrita mis devaneos con el mundo quimérico de las ideas, me atrevo hoy a sumarme a todos aquellos que critican abiertamente el mal uso que hacemos los españoles de nuestro lenguaje y extenso vocabulario.
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Más sinceramente lo que pretendo es vilipendiar públicamente a todos aquellos que día tras día, en cualquier momento u ocasión, utilizan de manera reiterada la coletilla que encabeza esta entrada de hoy.  No lo soporto, no puedo con ello, me puede y cada vez que la escucho en boca de cualquier personaje público, en cualquier medio de comunicación, la cólera me domina y siento dentro de mí una incontrolable reacción de ira.
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No parece que sean conscientes del daño que hacen a nuestra lengua cuando de forma adictiva incorporan a sus conversaciones, declaraciones, discursos, este tipo de muletillas lingüísticas que nada aporta y nada suma al valor de lo que cuentan, o dicen en cada momento. No es necesario reafirmar que aquello que contamos es cierto, no explica nada adicional a lo que ya referimos, ya damos por hecho que en sus palabras encontramos esa verdad que el interlocutor quiere trasladarnos. Nuestro lenguaje nos ofrece muchas alternativas distintas y suficientes para comunicarnos con la claridad suficiente y la limpieza necesaria para no macular nuestra comunicación con estas muletillas o coletillas que lo único que consiguen es empobrecer nuestro discurso y cuestionar nuestras capacidades en tareas de comunicación.
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Lo peor de todo es que no son conscientes del mal uso que realizan de esta expresión, muy al contrario creen que este uso les otorga una dignidad y una calidad en el verbo que ya quisieran para ellos sus congéneres. Seguro que íntimamente se aplauden de lo bien que se expresan y lo mucho que han mejorado en sus parlamentos.
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Fijaros si todavía no habéis descubierto lo que os cuento, escuchar detenidamente, y comprobaréis por vosotros mismos lo expandida que está la coletilla a la que me refiero. En cualquier ámbito de vuestras vidas la vais a escuchar hasta la saciedad, da igual que sea: entre compañeros de trabajo, entre vuestras amistades, en las declaraciones de deportistas, algún que otro sesudo tertuliano, comunicadores, políticos, periodistas, e incluso nosotros mismos. Y cuando esto ocurre, cuando uno mismo al expresarse descubre que ha incorporado a sus diálogos la nociva coletilla el mal es grande, grave y de difícil solución.
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El uso se ha masificado. Igual da utilizarla a modo de entradilla, como nexo de unión entre una y otra frase, como respuesta a una pregunta cerrada, como exclamación, aclaración, negación, cualquier momento y oportunidad es buena para incluirla. Ciertamente es una lástima que tan mal uso de nuestro lenguaje se adueñe de todos nosotros y que no seamos capaces de erradicarlo.
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Necesitaba este pequeño desahogo, la verdad es que hoy he escuchado en infinidad de ocasiones la pérfida muletilla. ( Perdón, que tontería, y ahora que digo?)
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Sólo un par de últimos consejos: para evitar el linchamiento de nuestra lengua, leamos más, mucho más, e intentemos escribir algo de vez en cuando, no pasa nada por hacerlo, ya veis que hasta el más de los incapaces, y ese soy yo, de vez en vez realizamos el esfuerzo de juntar palabras, y tengamos muy presente siempre diccionarios de nuestra lengua y libros como el de Don Fernando Lázaro Carreter, “El dardo en la palabra” que nos ayudarán seguro a hablar mejor y cuidar mucho más nuestra comunicación.
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