domingo, 10 de marzo de 2013

El festival de las aguas.



Seguro que me repito con alguna entrada anterior, pero es inevitable tratar de trasladar las sensaciones vividas esta misma mañana en mi paseo matutino por la sierra de Guadarrama. Puedo pecar de poco original, seguro, pero realmente es un privilegio tan enorme lo que tenemos a escasos treinta minutos del centro de Madrid que no me resisto a compartir el enorme espectáculo que la naturaleza nos regala cada día.
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El año hidrológico estaba siendo seco en sus inicios, pero parece que al final ha decidido cumplir con sus obligaciones, y traernos el agua tan necesaria para la vida en tiempo y cantidad suficiente para que la naturaleza haga todo lo demás.
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Hoy daba gusto oír el recital que el agua nos regalaba descendiendo por los regatos de la sierra. Caía con fuerza inusitada, rompía en las rocas, resbalaba en cada codo del caudal, clareaba en su descenso, incluso la espuma que forma al golpear las piedras de su curso ofrecía una visión de fuerza y vida que mantenía hechizada nuestra mirada. Era Juan Manuel, mi amigo y compañero de andanzas matinales, quien comentaba que tendrá el agua y el fuego que nos hechiza en sus manifestaciones más salvajes. Y que razón tiene.
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Hacía mucho tiempo que tal espectáculo no era ofrecido, las últimas nieves y lluvias han desatado la furia del vital elemento, han verdecido las laderas, lavado las ramas de los árboles, despertado el verdor del musgo en las rocas, y los líquenes enseñan sus barbas que tapizan los troncos que ascienden majestuosos buscando el sol que ilumina su grandeza.
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Un espectáculo sin igual, un regalo poco apreciado en su majestuosidad, una sinfonía de bruscos rumores que invitan a la vida a manifestarse en todo su esplendor. Hay un rincón especial, según asciendes por el camino que ha de llevarte al Balcón de los Poetas desde las praderas de Cercedilla, que merece especialmente la pena. Me refiero a la Ducha de los Alemanes, una caída de agua salvaje que si normalmente apasiona a la vista, hoy ofrecía todo un recital de sensaciones. No es sólo el espectáculo de las aguas, es el olor a una tierra empapada, agradecida, preñada de vida. Es también la orgía de colores que la luz incipiente del amanecer, a través del bosque, nos ofrece para mayor gloria de los sentidos. Es un todo absoluto, algo que tan próximo al hombre y tan lejano a la vez, una manifestación que por su descomunal dimensión nos deja como especie en un miligramo de arena en tan brutal grandiosidad.
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Soy un ser afortunado, aún queda en mí la capacidad de estremecerme ante tal exposición de belleza, aún soy capaz de vibrar al contemplar un espectáculo sin igual. 
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