domingo, 2 de septiembre de 2012

Los "Yayos" motorizados




Existe un subgrupo dentro del grupo de mayores en la especie humana que proliferan en los pueblos de la sierra de Madrid durante los meses de verano. En concreto me refiero a la población existente en el pueblo de Alpedrete, que aparecen en los primeros fines de semana del estío y migran de nuevo a sus hábitats naturales cuando el mes de septiembre despunta en el calendario.
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Son un peligro para el resto de sus conciudadanos, y año tras año responsables de altercados, incidentes menores, atascos, colapsos, fricciones y cualquier despropósito que podamos imaginar. Son situaciones temporales que se reducen cuando el verano va tocando a su fin, y que desaparecen durante el resto del año, especialmente cuando el frío cruel del duro invierno se apodera de esta zona de nuestra comunidad.
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Los yayos motorizados actúan siempre en pareja, ambos miembros son responsables por igual de un comportamiento carpetovetónico, imponiendo sus leyes allá donde acuden y saltándose a la torera cualquier norma de convivencia. Son un auténtico peligro para el resto de la especie, imponiendo porque sí sus criterios y razones sin ceder un ápice en sus posiciones.
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Tienen una edad comprendida entre los setenta años y hasta donde la naturaleza les da fuerzas para mantener sus costumbres de antaño, aún conscientes de la pérdida absoluta de sus capacidades y habilidades para realizar actuaciones que hoy deberían estar olvidadas y prohibidas en su imaginario. Circulan por las calles del pueblo a una velocidad aún inferior a los límites recomendados, paran sin previo aviso donde les place, estacionan siempre en doble fila con el único objeto de no andar ni un solo metro hasta el establecimiento que buscan, dejan sus automóviles en lugares prohibidos estrechando sobremanera las vías, desprecian los aparcamientos públicos por estar más lejos de cincuenta metros de su destino, capaces son de parar en plena calle para intercambiar saludos con algún miembro se su especie despreciando al resto de la humanidad que educadamente esperan hasta que ellos decidan dar por terminada su conversación.
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Dentro de las tiendas o establecimientos, no respetan las filas y los turnos, su rango de edad les confiere de una falsa autoridad para colarse impunemente al resto de sus vecinos. Dan por descontado que el resto somos infrahumanos y especialmente los lugareños que deberían reverenciarles por el simple hecho que hayan escogido su pueblo para premiarnos con su presencia durante varios meses al año. Son déspotas en las formas y en los fondos y cuando alguien les hace ver su erróneo comportamiento, se refugian en el respeto a los mayores como argumento falso para imponer su voluntad. Si ellos no responden a las normas de la convivencia difícilmente pueden solicitar un privilegio que con su actitud no les corresponde.
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Como siempre, hacer generalidades suele ser un ejercicio de injusticia, en todos los grupos existen excepciones muy dignas, pero la mayoría de todos ellos corresponden a este patrón y si me apuran a situaciones y actuaciones aún más graves.
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Estamos hoy a dos de septiembre, y en breve veremos como poco a poco nuestros pueblos se verán despoblados de un grupo tan corrosivo y peligroso para el resto. Pasarán los meses y la débil memoria de los humanos olvidarán que acechando quedan los yayos para volver el próximo verano a imponer de nuevo sus leyes.
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Por edad me acerco irreversiblemente a este subgrupo, al menos tengo la intención y la esperanza de alcanzar esos años, pero desde ya pido a los que son más jóvenes que yo que al menor síntoma que declare mi comportamiento de acercarme a este grupo me lo hagan ver con absoluta determinación, sin ningún tipo de rubor y con la más absoluta de las sinceridades, será muy bueno para todos ellos, pero aún mejor para mi propia persona.
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