domingo, 1 de enero de 2012

2012, el año de la solidaridad.


Llevamos poco más de doce horas del nuevo año. Ha amanecido un día luminoso, de esos días que el invierno en Madrid nos regala, un día no excesivamente frío en sus primeras horas, una mañana que es un lujo que poco valoramos los que podemos disfrutar de ella sin dar nada a cambio. Es como si la naturaleza quisiera recibir estos trescientos sesenta y seis días del temible año bisiesto que nos espera con una dádiva como ofrenda para paliar los daños que aún están por llegar.
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Sin duda va a ser el año de la solidaridad. Nos esperan muchos y duros sacrificios, la situación económica que tanto daño nos ha hecho este pasado año no murió con las campanadas que anunciaban el nuevo periodo de doce meses que hoy empezamos a descontar. Muy al contrario las últimas noticias que cerraban el 2011 anunciaban duras perspectivas en el corto plazo y aún peores en un futuro cercano.

La única manera que se me ocurre para soportar lo que está por llegar es pensar que todo lo que nos va a afectar a los que hoy mantenemos una posición privilegiada por mantener nuestro puesto de trabajo y una regularidad en los ingresos económicos para poder mantener nuestras economías domésticas, es necesario para que otros con situaciones insoportables puedan mantener un pequeño halo de esperanza y la convicción de que al final de este largo túnel existe la luz y la posibilidad de recuperar al menos una parte de todo lo que ya se ha perdido. Si mis sacrificios personales impuestos ya por el nuevo gobierno de nuestro país han de servir para aportar un granito de arena suficiente para terminar con esta nefanda crisis, bienvenidos sean.

Va a ser un año donde deberemos renunciar a muchos pequeños lujos, a muchas de las cosas que hoy sentimos y entendemos que la vida nos debe por el hecho simple de haber nacido. Vamos a tener que replantearnos todos y cada uno de los parámetros que hoy regulan nuestro bienestar, vamos a tener que aprender el verdadero significado de la palabra renuncia. Y lo mejor de todo es que no va a pasar nada por hacerlo. De verdad, estoy convencido de ello, no ha sido nada fácil alcanzar esta conclusión, pero he puesto en ella toda mi determinación sabedora de que es una posibilidad más que real y que, en justicia hay a nuestro alrededor muchas cosas superfluas de las que podemos prescindir sin más.

Hace unos pocos días, la tarde de Navidad para ser más exacto, charlaba tranquilamente con uno de mis hermanos después de comer y arropados por un café y una copita de brandy. Recordábamos nuestra niñez, momentos entrañables compartidos, recuerdos de familia que sólo nosotros entendemos y sólo a nosotros nos pertenecen. Él me dijo una frase que aún hoy me tiene impactado: “Jorge si tuviera que definir que es la felicidad para mi, lo resumiría con los recuerdos de nuestras vacaciones de verano en La Coruña, aquellos fueron los veranos más felices de mi vida y seguro que los mejores momentos que jamás he vivido y podré vivir”. Y que razón tenía. Y lo mejor de aquellos días es que para alcanzar la felicidad sólo necesitábamos a nuestra familia, una diminuta casa alquilada por tres meses de vacaciones en lo que era una aldea muy cerquita de la playa de Santa Cruz. Un puñado de bañadores, otro de camisetas, las zapatillas, y quizás una par de pantalones y unas camisas para cuando íbamos a la ciudad a pasear por un paseo marítimo especialmente bonito y por las calles de la ciudad que más me puede gustar en España. No había lujos, no había nada, sólo playa, excursiones por el campo, meriendas de pan y chocolate como ya he contado en otras ocasiones en este mismo blog, mucha comunión con los chavales de nuestra misma edad de aquella maravillosa aldea, y un sinfín de aventuras diarias por realizar. Sólo nos teníamos que levantar y salir de casa para que todo fuese especial y mágico. Ir a recoger patatas en los carros tirados por bueyes, llevar al prado a las vacas, en especial a la Parrula que era la nuestra, de la que nos daba de beber leche el Sr. Ramón directamente de sus ubres, la que año tras año nos esperaba cada verano para ser protagonista de nuestras andanzas. Viajes a La Coruña en la línea de autobuses La Nosa Terra, conducidos por Eliseo, conductor capaz de desalojar el autobús al completo para buscar la bola de la palanca de cambio que se había caído al abrir la puerta para recoger a nuevos pasajeros. No teníamos nada de lo que hoy parece imprescindible en la búsqueda de una falsa felicidad que nunca encontramos. No necesitábamos nada de lo que hoy nos imponemos como argumentos para conseguir el umbral mínimo de bienestar. La vida es otra cosa, lo realmente importante lo encontramos más cerca de lo poco que teníamos entonces, que de la falsa opulencia de ahora.

Y todo esto lo cuento para intentar explicar que a pesar de todas las dificultades que nos esperan, a pesar de la más que probable pérdida de los pequeños e inútiles lujos que hoy nos parecen imprescindibles, a pesar de que tendremos menos durante este año, lo importante, lo realmente relevante lo tenemos en nosotros mismos y cuesta muy poco tenerlo. El año que hoy echa a caminar será el año de las renuncias personales, pero será un año que nos hará mejores personas, porque sabremos que con nuestros sacrificios haremos mucho bien a mucha gente que no tienen, ni están cerca de conseguir, esos mínimos necesarios para poder establecer una calidad de vida suficiente, lejana a cualquier lujo superfluo e innecesario.

Para terminar, y en otro orden de asuntos, impresionante los detritos de la noche. Pasear por la mañana y encontrarte con corpúsculos de jóvenes agotados por una noche de desenfreno, alcohol, mucho baile me imagino, y hormonas disparadas me ha dejado atónito. En mi época éramos pocos los que tan de mañana volvíamos a casa sin más argumentos que los que ofrecen una noche demoledora. A estos, hoy el año nuevo les importa menos que un bledo, buscan el cobijo de las sábanas y mañana será otro día, hoy pasará la hoja del almanaque en blanco.
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