domingo, 8 de febrero de 2015

De la desesperación a la desesperanza o viceversa.



Hay veces que uno escribe simplemente por el placer de hacerlo. Otras por la necesidad de expresar sentimientos, y en mi caso algunas pocas porque al poner negro sobre blanco me ayuda infinitamente a esclarecer mis ideas, mis opiniones, o graduar de forma justa y equitativa mis sensaciones y estados de ánimo.
Hoy es uno de esos días donde necesito aclarar un par de términos muy fáciles de confundir y mezclar inadecuadamente, ambos estrechamente ligados entre sí y que a menudo confundimos y erramos en su correcto uso.
He buscado la definición y significado de ambos términos para ayudarme a comprender mejor la diferencia existente. Ambos hablan de la alteración del estado de ánimo cuando aquello que deseamos, esperanza, se va evaporando sin ser alcanzado. En el caso de la persona desesperada ésta percibe que su estado no puede en rigor seguir soportándose, y por tanto hay que hacer algo, fuera esto lo que fuese. En cambio la persona desesperanzada está convencida que su situación puede seguir así indefinidamente, acepta de facto que ya nada ha de cambiar.
Se parte en ambos casos de la pérdida de la esperanza, pero los estados anímicos son o están bien diferenciados. La persona desesperada va a intentar cambiar la situación que le empuja en la dirección contraria al logro que se proponía. Se revelará ante los frenos que aparecen en su camino, peleará por producir los cambios necesarios que le ayuden a conseguir el objetivo perseguido. Algunas veces el propio ímpetu derivado de su estado hará que cometa errores, o que las situaciones contrarias se compliquen en mayor medida. Pero en sus reacciones mantendrá vivo su espíritu  para no aceptar aquello que no quiere, y en la búsqueda de soluciones encontrará el necesario estímulo para mantener viva la última esperanza de lograr lo propuesto.
La persona desesperanzada ha agotado todos los recursos necesarios para conseguir su anhelo. Realiza un ejercicio de aceptación, abandona la pelea y se ve inmersa en un sentimiento completo de melancolía inherente al estado de fracaso y la ausencia absoluta de esperanza.
Efectivamente no tengo muy claro si uno pasa de estar desesperado a estar desesperanzado o viceversa, o como dice el dicho si fue antes el huevo o la gallina. Si de mi hablo creo que el orden correcto es que la desesperación antecede a la desesperanza, y que ésta última es el último extremo de una situación que retrata perfectamente el sentimiento de una falta absoluta de esperanza.
Y ésta desesperanza tiene todo que ver con el momento social y político que nos ha tocado vivir en nuestro país, y también porque no decirlo mucho que ver con el tiempo profesional que acumulo a mis espaldas en estos últimos años.
Lo segundo es particular e irrelevante para el resto de los humanos, sólo a mí me compete y pocas soluciones tiene, quizás la única es la de cambiar de aires y buscar en un nuevo proyecto todo lo que mi actual empresa no es capaz de ofrecerme. Ya hace algunos meses entendí que desesperadamente podría luchar para intentar cambiar todo aquello que no me gustaba en el pasado, no me gusta en el presente y nunca jamás me gustará ni entenderé, También es cierto que al final de esa pelea comprendí que nada iba a conseguir, que mi batalla estaba perdida antes de iniciarla y al final me invadió una desesperanza que aún hoy sigue instalada en mí. Pero de ello no es momento hoy comentar, lo dejo en mi haber y el día que sea capaz de cambiar mi estatus profesional recuperaré la ilusión hace ya meses perdida.
Realmente lo que me ocupa y preocupa es estar desesperanzado en lo referido a nuestro país. No entiendo de qué forma y manera hemos alcanzado, o mejor dicho he alcanzado este sentimiento. No veo solución a la infinidad de problemas que nuestra sociedad padece hoy. No encuentro alternativas políticas que recojan en sus propuestas tesis suficientemente atractivas y creíbles para poder apostar por ellas. No hay fórmulas mágicas, lo sé por la experiencia de vida acumulada, pero en el pasado siempre he encontrado postulados que con un porcentaje elevado de éxito nos procuraban y ofrecían a la ciudadanía en general soluciones más que aceptables para poder evolucionar, generar bien estar, avanzar y crecer como sociedad e individuo. Hoy ocurre todo lo contrario, hemos involucionado en la mayoría de los éxitos sociales ya conseguidos. Hemos perdido los valores básicos del ser humano y de la sociedad. Nos hemos mimetizado como camaleones con las peores doctrinas posibles, hemos destruido lo mejor de nuestro pasado más reciente, y somos incapaces de generar las bases mínimas adecuadas para las generaciones futuras. Hemos mancillado lo poco o mucho que con tanto esfuerzo de toda la ciudadanía habíamos logrado, y no tenemos ninguna oferta de valor que ofrecer y ofrecernos para el futuro de los más jóvenes e incluso nuestro propio futuro.
Ésta desesperanza que hoy me invade no es exclusiva de mi persona, se ha instalado en una gran mayoría que deambula sin rumbo y perdida dando pasos hacia no se sabe que, ni para qué. No identificamos meta alguna al final del camino, y lo poco que podemos intuir no nos gusta nada. Lo peor de todo esto es que además en este océano revuelto surgen nuevos visionarios que se atribuyen no sé muy bien que derechos para prometer y engañarnos con quimeras imposibles. No me gustan aquellos que quieren pescar en un banco inmenso de peces atolondrados y timoratos, faltos de referentes, cansados de veleidades y mentiras, estafas y engaños, para conducirnos a un paraíso falso que han inventado con el único objeto de su propio beneficio.
La sociedad se perdió hace tiempo en el laberinto construido por poderes fácticos capaces de manejar los hilos de cientos de miles o millones de marionetas, de muñecos de trapo, de seres con el alma perdida. El túnel no tiene luz en su salida o si la hay aún no se ve su destello, permanecemos parados, estáticos como en las viejas estaciones de tren de pequeños pueblos donde la oscuridad era la única compañera hasta la llegada del alba. Sin luz al final del trayecto no existe esperanza alguna.
Debemos recobrar nuestra ilusión, estamos obligados a encontrar fuerzas donde ya no quedan, busquemos nuestros últimos alientos para dar un primer paso en otra dirección, en la dirección opuesta a la que hoy vamos. De la desesperanza es imposible salir sólo, hay que ir en compañía, buscar aliados con principios sólidos, aunque sean dispares, apoyarnos unos en otros, no desechar lo aprendido, lo bueno construido, seguir adelante guiados por la convicción de que una vez más, este país, esta sociedad puede conseguir todo aquello que se plantee y que merezca la pena. Lo hemos hecho en el pasado, lo podemos hacer en el futuro.
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