domingo, 18 de enero de 2015

A partir de los cincuenta los deseos se convierten en urgencias.




La frase que utilizo para titular la entrada de hoy me la soltó a bocajarro este viernes pasado en un desayuno de trabajo un colega de profesión. Una agresión directa a mí alterada sensibilidad a escasas veinte y cuatro horas de cumplir un año más.
Ésta frase bien la podía haber firmado mi admirado José Luis Alvite, que ese mismo viernes decidió sacar un billete para llegar en ferrocarril a esa ciudad sin tren, como le anunció tiempo atrás a su amigo Carlos Herrera. José Luis ha sido uno de los maestros del periodismo de este país. Con una infinita capacidad de relatar en sus artículos historias cortas a cada cual más lúcida, crítica y sorprendente. Admirador de la belleza femenina sin descanso y denuedo, fiel a los personajes anacrónicos pertenecientes más a tiempos de un pretérito siempre imperfecto en lo social y políticamente incorrecto, capaz de inventar el antro por autonomasia “El Saboy” que debería existir no sólo en el imaginario del autor y sus fieles lectores, alguien en algún sitio debería abrir las puertas de un garito para trasnochados, perdedores, filósofos de la vida y gente de mal vivir. Como escribía en esa misma carta a su amigo:” ¡qué demonios! tantos años entre el humo del Savoy me enseñaron que la penumbra te salva del disgusto de que con la luz des- cubras que en la cola del piano no estaba sentada la mujer con la que contabas, sino el tipo impasible que viene a precintar las manos del pianista”. Seguro que allí donde ese tren sin retorno le haya llevado encontrará su anhelado Saboy, donde podrá discutir sin límites con camareros de lenguas punzantes, con personajes de la peor calaña aquellos a quien la vida les maltrató para configurar en ellos caracteres inequívocos llenos de cicatrices morales, mujeres de buen ver y mal vivir dispuestas a pelear dialécticamente con él en asaltos pugilísticos donde la derrota cae siempre del mismo lado. En el Saboy de otro lugar u otro tiempo habitará José Luis en la eternidad.
Vuelvo a mí después de este inciso obligado. Efectivamente ayer cumplí un año más en mi vida. Son cincuenta y dos los que ya me contemplan y acumulo a mis espaldas. Como bien sabéis aquellos paseantes de la red que de vez en vez hacéis una parada en este sitio, cada año por mi onomástica acudo fiel a contaros algunas sartas de bobadas encadenadas para intentar describir mis sentimientos. Como una carrera por etapas, sin conocer en la salida cual será la meta y cuando la llegada, voy acumulando experiencias cotidianas que han moldeado mi persona hasta definir lo que hoy soy  y siento. Han cambiado algunas, o porque no reconocerlo muchas, de las montañas de sensaciones, vivencias, que uno acumula por el hecho de estar en el reino de los vivos. Hay costumbres nuevas, hábitos distintos, capacidades mermadas, sentimientos viejos que evolucionan y se adecuan a este presente más limitado. Pertenezco ya al grupo de los que su pasado y presente acumulan más tiempo que el futuro que me espera. Es matemática pura, una ciencia hasta hoy exacta.  
Ayer celebré mi cumpleaños, y con la frase de marras muy presente decidí darme un pequeño homenaje para cumplir con pequeños deseos que durante la noche previa se convirtieron en urgencias. Comí en casa con parte de la familia, y durante una sobremesa infinita no dude en regalarme al paladar y  a los sentidos con dos caprichos, seguro y consciente además de atentar contra la coherencia de una edad que limita el abuso del buen vivir en favor del aburrimiento derivado del equilibrio alimenticio y los más sanos hábitos. Coroné un cocido madrileño de los que quitan el hipo y dispara el colesterol, con un puro habano (Cohiba Siglo IV) y media botella de un brandy exclusivo de serie limitada (Ximénez-Espímola). Dos placeres únicos para una tarde de invierno que deba la bienvenida a la primera nevada del año. Dos regalos que me hice a mí mismo la misma mañana de ayer.
He de reconocer que uno ha de administrar los deseos y las urgencias, caprichos así no son sostenibles en el tiempo por mi propia economía. Pero que caray, al menos muy de vez en cuando es bueno que uno altere su rutina con excepciones placenteras. Iniciar así un nuevo año de vida me reconforta, sabiendo valorar lo que es bueno y lo que me complace debo aprovechar el tiempo de un futuro incierto hasta que mi salud y los matasanos decidan, a la vez, imponer nuevas reglas para alargarme la desdicha de lo que seguro será una vida muy aburrida.
Hoy he estrenado mis regalos de ayer, más por urgencia que por otra razón. Quizás éste sea el primer año que en los diferentes ámbitos de mi vida las cosas que han de ocurrir sean más inmediatas, sin dejar para mañana lo que en cada caso me complazca y me apetezca más.
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