Lo adelantaba en mi última entrada del año que ha
terminado hace poco más de once horas, este nuevo que hoy iniciamos no me gusta,
no me gusta.
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Nada tiene que ver con la terminación de un número
bajo sospecha siempre en la superstición popular, ni aún ha tenido tiempo
suficiente para darnos un gran disgusto, simplemente y como coherencia a lo ya
escrito en otras ocasiones, la prolongación de estos 365 días que tenemos por
delante pinta bastos una vez más.
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Para ir por partes y por aquello de ser justos el día
ha despertado por estos lares frío y desapacible. Muy de mañana salí como de
costumbre a pasear con Klaus, las primeras horas de cualquier día 1 de
cualquier año es un desierto humano por los caminos y sendas que rodean mi
casa, ni un alma con la que cruzarse durante todo el paseo. El frío y la
humedad se adueñan del cuerpo que aún mantiene el calor de una ducha confortable
y el primer café del día. La niebla espesa esconde los recodos del camino,
engaña los sentidos y boicotea un intento de doblegar la pereza y a penas
concede media hora de caminar sin acentuar la necesidad de volver al refugio
del calor del hogar. Un rato más tarde recorro las calles de un pueblo que se
despereza, los primeros vecinos que han salido a la calle con la intención de
encontrar el pan aún caliente de la única tahona abierta se entremezclan con
los últimos de Filipinas volviendo a sus respectivas casas destrozados por una
noche que esta por terminar, maltrechos y agotados después de haberlo dado todo
y un poco más. Un espectáculo en algunos casos muy lamentable.
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Todo suena a viejo, a algo ya vivido año tras año.
Poco o nada ha cambiado, todo continua igual que hace un año, todo es igual de
ajeno, de extraño y lejano. No hay un solo signo o señal de que iniciamos un
nuevo ciclo, una nueva era, un nuevo periodo.
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Con estas sensaciones vuelvo a casa para cumplir con
esta cita y me descubro igual de contrariado que hace unas pocas horas. ¿Qué
nos puede ofrecer este nuevo año? ¿Qué nos vamos a encontrar por delante, en un
futuro inmediato, en estos nuevos doce meses que están por llegar? El año
pasado, un día como hoy, escribía que el año que ya terminó sería el de la solidaridad,
que habría que saber renunciar a muchas
cosas y que deberíamos quedarnos con los pequeños detalles, los pequeños
gestos, las metas más inmediatas donde se esconde la verdadera felicidad. ¿Y
para este que pedimos? No encuentro la respuesta adecuada, da vértigo pensar e
intentar adivinar que nos espera, la fatiga acumulada ya es inmensa, el
esfuerzo ofrecido ha sido magnánimo, el compromiso mastodóntico y las fuerzas
flaquean. Me gustaría ser optimista, me gustaría imaginar un año placentero en
las antípodas del ya finiquitado, pero la realidad se obstina en pronosticar
aún un mayor sacrificio, más dolor y mayor penuria.
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No me gusta, no sé hasta donde darán de si las pocas
fuerzas que aún me restan, tengo el depósito en reserva, con el piloto rojo
encendido desde hace ya meses, seguir estirando la goma sin romperla me parece
una tarea que roza el límite de mi elasticidad.
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No me gusta, los pocos refugios de los que dispongo
para protegerme de los ataques diarios se desquebrajan, la solidez de mi
persona se tambalea y la sensación de la derrota final por hastío es mayor cada
jornada. Necesito encontrar el elixir de la felicidad, necesito descubrir la
pócima mágica que embargue todos mis sentidos y cree una nueva realidad o
fantasía que me permita alcanzar el fin de este nuevo año sin dejar mi
maltrecha alma en el intento. Necesito establecer un nuevo orden interno para
mantener incólumes mis principios más básicos y obtener así una nueva victoria
por pírrica que sea.
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Iniciar de esta forma y manera el año que hoy nos
saluda no es precisamente un canto a la esperanza y la ilusión, iniciar así
esta nueva andadura no presagia nada bueno, comenzar una nueva incursión en el
bando del enemigo de esta guisa no asegura victoria alguna, pero hay veces que
un pesimista es más certero que un optimista mal informado, y si nada esperas
no arriesgas a que el premio final sea una nueva decepción.
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No me gusta, no me gusta este 2013. Nada le pido, nada
espero, nada me ofrece, sólo tengo la convicción de que el tiempo es inexorable
y que en su tozudez llegaremos también a su sepelio y que espero estar entre los
que le velen y acompañen en su entierro. Lo mejor de este año es que al igual
que todos los anteriores también tiene su fin.
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