sábado, 14 de agosto de 2010

Señor: ¡Ya que me has quitado las fuerzas, quítame las ganas!



Este es el epílogo de un chiste que me contaron hace algunos años y que me hizo mucha gracia. Lo recuerdo en infinidad de ocasiones. El lamento de un viejecito decrépito que alzaba su voz al cielo y se quejaba ante Dios solicitando justicia divina. Reclamaba que se diera el equilibrio justo entre la falta de fuerzas entre su ya ajado cuerpo y el desenfreno de una lívido que no se había visto reducida, si no muy al contrario aumentada y multiplicada hasta el infinito.
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Pues este es mi ruego en estas fechas. Ya que me has quitado las fuerzas, quítame las ganas. Y no hablo de sexo, el pudor y la vergüenza me impediría siempre hablar de mis más íntimos instintos y sentimientos. Como en el mes de febrero, cuando compartí ya una queja por la falta de inspiración que entonces me invadía, llevo mucho tiempo sin ser capaz de hilvanar cuatro palabras seguidas con cierto sentido y criterio. Estoy sin fuerzas, pero con muchas ganas de sentarme a escribir, de contar alguna cosa de cierto interés, de participar en el torrente creativo que envidio de ciertos amigos con una capacidad ilimitada y diaria de crear y regalarnos sus relatos para nuestro deleite y disfrute personal. Estoy más seco que las uvas pasas.
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Esta tarde me he hecho el firme propósito de terminar aunque sea un mal escrito para vencer la pereza, para triunfar sobre la desidia, para forzar el engranaje neuronal y terminar por vomitar algo para subir al blog y no dejarlo morir por inanición. He preparado un ambiente idílico de escritor trasnochado. A mi lado tengo el tabaco, un romanticismo mal entendido siempre me ha hecho relacionar los grandes escritos con montañas de colillas de cigarros consumidos en el desenfreno de la escritura; un gin tonic, el alcohol otro componente intrínseco de las grandes figuras literarias imaginadas e idolatradas en el mundo de mis fantasías, música de fondo, y el más cómodo de los desaliños en las vestiduras. Si esto no es provocar y llamar desesperadamente a las puertas del burdel de las musas, poco o nada me queda ya por inventar. Lo peor de todo es que terminaré la tarde con un tremendo dolor de cabeza producido por el exceso del tabaco, el alcohol y la desesperación por no estar conforme con nada de lo que escriba, y algo parecido a una insatisfacción y frustración tremenda por no ser capaz de aportar nada mejor de lo que aquí resulte al mundo de la creación literaria.
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He forzado todos los mecanismos que de vez en vez utilizo para encender el relé capaz de forzar el circuito de la inspiración. He buscado titulares en la prensa del día, he leído a columnistas que admiro por sus estilos y contenidos, por cierto José Luis Alvite lleva una racha suprema en sus artículos diarios, he rebuscado libros ya exprimidos con anterioridad, he buscado algún título provocador de novelas ya leídas, llevo tiempo dando vueltas a uno especialmente que seguramente en otros momentos provocaría un torrente de sensaciones y sentimientos para compartir “ Tu nombre envenena mis sueños” para mi la mejor novela de Joaquín Leguina, he leído algún poema y rebuscado en las letras de los boleros, estos últimos una fuente brutal cuando intento escribir sobre historias de vida, amor y muerte, y como resultado final nada de nada.
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Ya voy por el segundo trago largo, el cenicero empieza a rebosar de cigarros consumidos y la tarde promete más en términos de aciaga borrachera que en eclosión del torrente creativo. De aquí a un rato termino tarareando “La Paloma” versión Dean Martin, con una colilla a medio consumir entre mis labios, el vaso vacío en una de mis manos, brazos en alto y bamboleando mi maltrecho cuerpo al son de la melodía imaginaria en una mala imitación del peor Elvis en el final de su carrera. Imagen dantesca para mis hijos en particular y para el mundo en general.
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Y lo peor de todo es que ya no se encuentra en las farmacias Optalidon, droga legal con componentes anfetamínicos que se vendía hace unos años, quizás ya muchos años, que era mano de santo para eliminar los tremendos dolores de cabeza además de provocar seguro que la muerte por colapso de más de una ancianita de los años setenta enganchadas cual yonkis a esta purga de Benito.
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La tarde sucumbe, el tiempo se agota, y una vez más en estas últimas semanas el ejercicio creativo ha quedado en nada. Y de nada sirve seguir delante de la pantalla del ordenador, agotar la botella de ginebra, y terminar con el paquete de tabaco. Un día más la “Big Idea” que dirían los flemáticos británicos no ha hecho acto de presencia. Una tarde más de otro fin de semana la puerta a la imaginación, a la inspiración, se ha mantenido cerrada a cal y canto. Es tiempo de cerrar y esperar a mejores momentos, quizás mañana, quizás esta noche entre los inquietos y turbulentos sueños provocados por la ingesta del alcohol aparecerá esa hebra del hilo invisible de la túnica de alguna de las musas hijas de Zeus, y de él haré el ovillo necesario para culminar al fin algo digno de compartir con mis pocos y fieles vecinos de esta nuestra Cambra.
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