domingo, 1 de marzo de 2015

Nueve años.



Después de nueve eternos años aún mantengo vivo el recuerdo de aquel fatídico día. El tiempo vuela a una velocidad endiablada. Se pasan los días, las semanas, los meses y años sin tener conciencia de la velocidad con la que gastamos nuestras vidas. Infinidad de momentos se agolpan en nuestro pasado con una inmediatez aplastante. Todo sucede en el efímero presente para convertirse en el segundo siguiente en un recuerdo más que forma ya parte de nuestro pasado. De todas ellas, la inmensa mayoría se perderán para siempre en el vacío del tiempo pretérito, sin espacio suficiente para formar parte de nuestras memorias. Sólo algunas nos seguirán acompañando el resto de nuestras vidas.
Siento hoy muchas ausencias importantes. Mis seres queridos que nos abandonaron de forma prematura cada uno de ellos. Sin llegar de lejos a esa media de edad que hoy hace a hombres y mujeres mucho más longevos. Se fueron todos antes de lo que les correspondían. Nos dejaron perdiéndose excesivos momentos importantes de nuestras vidas, esos momentos que la mayoría de los mortales tienen la posibilidad de disfrutar y participar al lado de todos los suyos. Mis padres, mi hermano, mi único tío, incluso mi abuela (la única que tuve la suerte de conocer) murieron pronto, muy pronto o excesivamente pronto en cada caso. Una única enfermedad, manifestada de cuatro maneras distintas me arrebato con saña y de forma anticipada a mis referentes más cercanos, a mis progenitores, a los que por desgracia les tocó sustituirlos en ese amor fraternal que nos ofrece a los humanos seguridad, calidez, confort, bien estar, y amor con mayúsculas.

De todos ellos, el más sentido, el que más duele aún, el que no acabo de digerir, ni admitir, el que más me sigue rasgando mis sentimientos, el que me rompió en miles de pedazos que aún hoy no me permite recomponerme o reconstruirme como una sola pieza es el de mi hermano. No es que los demás no duelan, todos han sido un zarpazo profundo en mi alma, incluso en su momento heridas devastadoras que después del tiempo pasado he aprendido a convivir con ellas sin cerrarlas en su totalidad. Pero lo de Él fue, está siendo, y será siempre distinto. No he sido capaz de coser ni un solo punto de este roto. La cicatriz sigue tan abierta como hace nueve años, la sutura se deshace sin posibilidad de cerrar la herida.

Son muchos los recuerdos, son muchos sus ejemplos, son muchas las lecciones aprendidas junto a él, son muchas las imágenes que le pertenecen en mi mente y en mi memoria. Él era mi hermano el mayor, un ejemplo y como he dicho en infinidad de ocasiones mi amigo. Con cuarenta y seis años recién cumplidos uno no se debe morir, no se puede morir. Toda una vida por delante, una familia a la que cuidar y atender. Negarle la posibilidad de disfrutar de su mujer e hijas los mejores años de su vida es cruel, privarle de todos los momentos de felicidad de todos estos años, y de los que seguro están por llegar, es lo mires como lo mires injusto e inhumano. Paco era un gran hombre, una gran persona, y merecía mucho más que muchos haber disfrutado de todo lo que la ruin enfermedad y la prematura muerte le han robado.

Hoy justo hace nueve años murió después de luchar contra la maldición de nuestra familia. Se enfrentó a su enfermedad con valentía, con esperanza, con ilusión, con todas las fuerzas que el maldito cáncer le iba robando cada jornada. Creo que Él sabía en el fondo de su alma que su pelea, que su lucha, que su última batalla estaba perdida, pero siempre, en cada momento, nos transmitía una esperanza que los que le rodeábamos perdíamos por días. Luchó y peleó hasta aquella tarde de un uno de marzo de dos mil seis cuando la muerte le arranco de todos nosotros, cuando la muerte le alejó para siempre de todos los que le amábamos y queríamos. Hoy hace nueve años que dejó este reino de los vivos para ir no sé muy bien a donde y aún no sé porque. Él debería haber seguido entre todos nosotros por muchos más años haciéndonos felices como sólo él sabía hacerlo.

Le robo a mi hermano este último párrafo para despedirme también de mi buen amigo Nacho. El jueves, y también de forma prematura, nos dejó para siempre. Nacho era mi amigo desde hace veinte y cinco años. Una amistad que se gesta casi sin querer, sin grandes alardes, simplemente por el hecho de estar cerca en un principio y después manteniendo el contacto necesario para que el caldo de cultivo generará los vínculos necesarios para que germinase nuestra amistad. Nacho te quería porque sí, sin pedir nunca nada y dando todo lo que tenía. Era generoso, cariñoso, desprendido, servicial con los demás, el primero en estar y nunca te fallaba. Nacho era así, y para sus amigos era imposible no quererle. Le hemos velado y ayer le acompañamos junto a su familia en su último adiós. Me cuesta creérmelo, pero en el fondo sé que nunca dejará de estar a mi lado, es una parte de mí, es parte de mi vida de adulto y formará parte de todos los que sin estar nos acompañan cada día. Nacho, como dijo ayer Pilar tu amada mujer, nos querías a todos y todos te queremos. Descansa en Paz.
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