domingo, 6 de mayo de 2012

Volver para quedarme



Creo que fue Napoleón Bonaparte quién dijo: “La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo”. Y quizás él las ganaba cada día hasta su última derrota en la isla de Santa Elena un día como ayer de 1769.
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 Llevo dos meses peleando en cruentas batallas cada vez que me asomaba por esta Cambra. Era entreabrir un poco la puerta para intentar subir cada peldaño de la escalera que me lleva hasta este espacio común, y sin apenas avanzar salía derrotado día tras día. La impotencia y el sinsabor de la derrota hacían mella en mí, dejando maltrecha mi alma y herida de muerte la poca autoestima que aún almaceno, que cual manantial de agua brava salía en cascada por los poros de mi piel dejando el nivel de la misma más bajo que el que los pantanos de nuestro país han tenido en los peores años de sequía.
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Siempre he mantenido que escribo peor de lo que me creo, que pocas veces pongo negro sobre blanco algo que me permita, con toda mi modestia, compartir con los pocos que aquí acudís fielmente, más por un ejercicio de amistad que por el placer de buscar entre estos escritos la pócima que contenga el elixir de la sabiduría y la luz que ilumine la parte oscura de unas almas sedientas de conocimientos. Pocas veces he quedado satisfecho con lo que he ofrecido como producto terminado, pero al menos durante estos años previos prácticamente semana tras semana era capaz de cerrar con mejor o peor tino cualquiera de los escritos que he ido subiendo a este blog.
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Cierto es que estas crisis son recurrentes, ya me ha pasado un par de veces con anterioridad y como en ambas ocasiones termino por obligarme a terminar algún comentario por pueril que me parezca. Hoy vuelvo a ello y sin nada que contar me he sentado de nuevo en el ordenador con el único objeto de llegar hasta el final con esta entrada. Seguramente carecerá de cualquier valor pero aún así es mejor algo mediocre que volver a salir derrotado ante el reto de una hoja en blanco.
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Temas que tratar por desgracia no faltan: desde la horrible realidad económica que sufrimos, la mediocridad más que manifiesta de todos nuestros políticos, sindicalistas y cronistas, elecciones de países vecinos donde todos nos jugamos mucho, alirones deportivos, despedidas de mitos en el ámbito del fútbol, y cada uno de los acontecimientos diarios que nunca nos dejan ajenos. También han surgidos temas mucho más banales en mi vida, incluso alguno por excéntrico suficientemente divertido y sorprendente para ser compartido.
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No me siento capaz, o quizás la crudeza de la situación que nos rodea ha hecho tal mella en mí que ha paralizado mi mente y vaciado mi espíritu. Cuando así me encuentro me vuelvo en la lectura, creo que es el mejor refugio posible para aislarme de una cruda realidad que tan poco me gusta y nada me aporta. Me da igual el autor, el género incluso la temática. Avanzar en nuevas lecturas como releer a los de siempre, a todos los que admiro y sanamente envidio. Auster, Baricco, Sepúlveda, Silva, Pinilla, Bolaño, Cabré han sido mis mejores aliados y compañeros en todos estos días. A unos los releo y los redescubro en nuevos matices, a otros los convierto en nuevos compañeros de noches insomnes.
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No sé si habéis tenido ya la oportunidad de leer la última novela de Eduardo Mendoza: El enredo de la bolsa y la vida. Os la recomiendo, dejaros acompañar durante una tarde por Rómulo el Bello, Quesito, el Pollo Morgan, Lavinia, el africano albino Kiwijuli Kakawa conocido por el Juli, la Moski y el señor Armengol dueño del restaurante Se vende perro, entre otros. Es una genialidad más que sólo él es capaz de escribir, dentro de la sátira mordaz que él domina describe con una lucidez extrema una sociedad occidental en quiebra técnica.  He leído todas sus novelas y confieso que profeso una admiración absoluta por su capacidad infinita de crear obras capaces de alegrar las horas más bajas de cualquiera.
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He vuelto y como digo en el título de la entrada será para quedarme. Durante algunos días pensé en abandonar, tirar la toalla y alejarme de este espacio, cerrar la puerta por fuera y dejar dentro los sentimientos compartidos en más de tres años. No sería coherente conmigo mismo si me alejo sin más de una parte de mí que un día decidí ofrecer a quien a bien tenga visitar este espacio común que nos pertenece a todos por igual.
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