sábado, 12 de marzo de 2011

Marzo doliente.


Como cada año desde hace ya cinco, el mes de marzo me duele en el alma, me hiere en lo más profundo de mí ser, revienta en mí la pena, la angustia, el dolor y el sufrimiento. Desde hace cinco años, marzo inicia su devenir reabriendo heridas que no han cicatrizado, heridas de muerte, heridas profundas que han rasgado definitivamente un corazón que ha llorado sangre por la sangre de su sangre que el cáncer destruyó hasta el fin de las vidas.

Marzo me duele más en sus primeros ocho días, dos golpes certeros en una semana, sin tregua, sin piedad, sin consuelo. Muerte, dolor, llanto, miedo, angustia, tristeza, amargura y muerte de nuevo, y tan sólo pasaron ocho días, los ocho días más dolientes de mi vida.

Marzo año tras año me mata lentamente, me roba un poco de mí, me hace más vulnerable, me dibuja cobarde ante el sufrimiento ajeno de los seres más queridos, marzo me hiere de muerte en sólo ocho días. Marzo en su primera semana destruye once meses de una débil fortaleza, de una paz en tregua con un inmenso dolor, de la esperanza de vivir sin desesperanza, de aquellas alegrías compartidas, de noches insomnes llenas de los mejores recuerdos de los que en su muerte encontraron la paz al final de un camino de dolor y sufrimiento.

Lloro en silencio mis pésames, enjuago ríos de lágrimas cuando lejos de todos y en soledad los sentimientos de pesar invaden hasta el último poro de mí ser. Ahogo gritos y sollozos de rabia y desesperanza, llantos de dolor que estremecen mi maltrecha alma. Busco consuelo en imágenes de un pasado aún no muy lejano, rebusco en cada rincón de mi memoria los mejores momentos compartidos, recupero del ayer lo que debería ser presente y futuro de ilusión, amor y vida.

Marzo es en mi vida el mes del dolor, angustia y llanto, del amargo recuerdo de la muerte, marzo duele hasta decir basta, sin piedad, sin tregua hasta la derrota final.
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