domingo, 13 de febrero de 2011

Odio Cainita.


Hace algunas noches cuando volví a casa de trabajar me encontré a mi hija Belén leyendo el periódico. Me hace mucha ilusión ver como mis hijos aún siendo niños sin llegar a la edad de la adolescencia se interesan por lo que ocurre cada día, y como su interés y hambre por conocer cosas nuevas les lleva a ojear los diarios e intentar comprender bajo sus parámetros la actualidad diaria. De vez en cuando me veo atrapado en su afán por entender situaciones, hechos y realidades que están aún lejos de sus conocimientos y por tanto vivo situaciones complicadas de las que salir sin mácula no es tarea baladí. Intentar explicar o aclarar ciertos términos y salir airoso del atolladero no siempre es fácil, puedes caer en la trampa de ofrecer una explicación excesivamente vacua y quedar como un verdadero imbécil, o te puedes embrollar en una madeja enorme de incongruencias dejando sin respuesta a tu atónita hija o hijo que te mira con esa cara que lo dice todo sin emitir una sola palabra. Normalmente recurro a una salida fácil y muy práctica, recomiendo al interesado o interesada que coja el diccionario de la Lengua y que busque por si sólo la respuesta, además del punto de practicidad creo sinceramente que es una buena y sana costumbre la consulta del mismo para saciar el conocimiento, y cuando adquieres esta costumbre de pequeño te acompaña por el resto de tus días.

La pasada noche viví una de esas situaciones. Ya era tarde, Belén estaba a punto de irse a dormir y me pareció adecuado dar respuesta a su curiosidad y falta de conocimiento sin necesidad de mandarla a buscar el gran libro del saber y mi tabla de salvación en muchas ocasiones. La pregunta que me hizo según ojeaba el periódico fue que cual era el significado de odio cainita. La mire durante unos segundos mientras que articulaba mi respuesta de forma acelerada en mi cabeza, debía ganar un poco de tiempo antes de decir una palabra. Se encendió en mí la luz roja de alarma, seguro que voy a entrar en terreno farragoso, pensé. Odio y cainita juntos es una mala mezcla para una niña de once años llena de curiosidad, en una edad donde todo quiere ya saber, donde ya se genera sus propios planteamientos y discierne entre el bien y el mal como términos contrapuestos y absolutos. Con mi mejor sonrisa e intentando proyectar la autoridad moral que me concede la sabiduría de la edad, sin dejar ningún resquicio a la más mínima duda que permitiese una batería de nuevas preguntas, le explique que se trata de un tipo de odio o enemistad que se genera entre los seres más allegados o afines, y que toma el nombre de cainita por Caín que asesino a su hermano Abel y es el ejemplo más universal del peor sentimiento de odio que puede ocurrir entre seres muy cercanos. Me miró con esos ojos que delatan que hay algo que no ha quedado muy claro, que la respuesta ha sido honrosa pero insuficiente, que muy al contrario acababa de despertar al ser insaciable que lleva dentro.

Papa, me dijo, ¿Cómo es posible odiarse entre hermanos, odiar a las personas más cercanas? Odiar está muy mal, pero creo que aún es peor odiar a un hermano, a un amigo, a un compañero de clase, a un familiar, no entiendo como se puede odiar a los que más debes querer.

Me quise morir, era ya cerca de las diez y media de la noche, mi día había sido largo, muy largo y duro, muy duro en el trabajo, estaba cansado, sólo quería cenar una ensalada ligera, coger mi libro e irme a la cama para intentar distraerme con la novela que estoy despachando y conciliar un sueño reparador durante las pocas horas que consumo cada noche. Pero ella esperaba mi turno, la solución que le había ofrecido no había sido contundente, no había cerrado la puerta de la curiosidad y reclamaba un mayor número de argumentos explicativos a sus contundentes dudas.

Veras, le dije, tienes razón, odiar es un sentimiento despreciable. Desear el mal de los demás es abominable y peor aún cuando ese mal se lo deseas a la gente que está más cerca de uno. Es algo que nadie, nunca debería hacer, pero el ser humano es complicado en sus sentimientos, en sus deseos, en sus pensamientos y principios. La envidia, la venganza, el ansia de poder, la intransigencia, la intolerancia, suelen ser motivos para el odio y son sentimientos que uno debe desterrar.

Esta vez fui yo quién la miró con cara de cordero degollado, pidiendo tregua, y solicitando su conmiseración. Entendió mi mensaje no verbal y decidió zanjar el tema apiadándose de su agotado padre no sin antes sentenciar que si odiar es un sentimiento atroz, odiar al que más debes querer era una total estupidez.

Poco rato después me fui a la cama con un doble sentimiento: lo difícil que es ayudar a moldearse a una personita que aún está muy lejos de alcanzar su madurez y lo estúpida que es la raza humana.
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