domingo, 12 de septiembre de 2010

Dos frases



“Ayer es historia, mañana es un misterio, hoy es un regalo”.
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No sé porque, ni porque no, pero hay veces que cuando me cruzo con alguna frase entre todas esas cosas que leo no puedo olvidarlas. Se esconden en una pequeña parcela de mi mente y tampoco sin conocer el motivo vuelven a mi en estado de martillo pilón golpeando mi consciencia una y mil veces. Esta que he apuntado como inicio de este escrito no sé a quien corresponde. Recuerdo haberla leído un día trasteando por el universo de blogs que colonizan la red de redes. Seguro que llamó con la aldaba de la mística en la puerta de mi alma, entró en mi, se acurrucó en un recóndito rincón de mi estrecho cerebro y desde allí hoy ha vuelto a la vida para invadir el diminuto espacio de luces que aún mantengo entre la niebla y la negra espesura de células muertas que componen una masa gris, ya casi negra, anquilosada y en estado de semi parálisis permanente.

Lo realmente importante no es lo que mi cráneo protege de escaso valor intelectual por cierto, lo realmente importante es, sin duda, lo que la suma de once palabras puede ofrecer cuando éstas ocupan el sitio adecuado, con la cadencia precisa y el significado obligado. Si además se adereza con un poco de misterio y ambigüedad necesaria consiguen al menos el resultado esperado de atormentar al lector de la misma cuando intenta proyectarla en su propia experiencia vital.

No es cuestionable que el día de ayer forma ya parte de la historia de cada cual, incluso el segundo ya pasado se aloja de forma inmediata en el plano temporal de lo que ya se ha vivido, del tiempo sin retorno, del equipaje de la vida de un viaje ya realizado. Es menos cuestionable el halo de misterio de un mañana incierto, aunque próximo en el tiempo es un futuro por descubrir. La vida nos puede cambiar en un segundo: el azar, el destino, la casualidad, o porque no la predisposición natural hace que los siguientes renglones del libro de la vida sean derechos, torcidos o te encuentres con el punto y final. Un misterio que permanentemente está por resolver, un misterio que se descubre sin pudor en el siguiente segundo de la existencia. Pero lo más cierto es el regalo del hoy. El regalo de la vida, un presente permanente, un tesoro de incalculable valor, lo único que realmente es nuestro, lo único que realmente nos pertenece, lo único que se renueva con la inmediatez de un latido, que nace y muere en miles de millones de medidas temporales infinitesimales y que aspiramos a proteger durante más tiempo aún del deseado.

Soy conocedor de mi pasado, atisbo mi futuro con respeto e incertidumbre, y disfruto mucho menos de lo que debería de mi presente.
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“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”

Esta si tiene dueño conocido, Pablo Neruda, y vaya señor de tan incalculable valor en el mundo de las letras. Sinceramente ha convivido conmigo poco tiempo, ayer mismo la encontré y ha sido la responsable de sentarme ante el ordenador para compartirla junto con mis comentarios.

Todavía ando yo por el camino que me ha de llevar a encontrarme conmigo mismo, todavía no he alcanzado la meta que me permita saber si ha de ser la hora más feliz o amarga de mi existencia. Alguna vez he tenido algún conato de sentir que ese era el momento más cercano de adivinar si lo que ya había vivido arrojaba un saldo positivo, o si muy al contrario el debe negativo podía arruinar el largo caminar de mi vida. Fui indulgente en cada momento e incluso un poco hipócrita, y deje para más tarde el balance de mi existencia con la consciente excusa que el camino aún por recorrer era largo, y ya habría momentos para enmendar lo peor y así conseguir un resultado al menos apañado y más próximo a la felicidad que a la amargura de un fracaso más que rotundo.

En esas continuo, dejándome arrastrar, con la conciencia que el tiempo del mañana se reduce, que enmendar los errores cada vez será más complicado, que el tiempo disponible es finito, y que si las alforjas las cargo con un peso excesivo de malas experiencias, el balance final dolerá sin remedio. He de compensar muchas cosas y quizás sea bueno que empiece hoy mismo con ello. Aspiro, como creo que todos, a que en el momento del reencuentro si ha de doler, que al menos el trago sea lo menos amargo posible.
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