jueves, 7 de noviembre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
Enseña a tus hijos a ser felices, no ricos. Cuando crezcan van a entender el valor de las cosas... no el precio.
De nuevo fusilo una frase de las infinitas que te encuentras a diario y que se sin quererlo las haces tuyas. Frases simples, fáciles de recordar, impactantes en su mensaje, y casi siempre bien intencionadas. Frases que te hacen pensar, reflexionar, cuestionar lo obvio, frases morales y de calado ético e incluso estético.
Últimamente
reproduzco entradas cargadas de moralinas. No es que me crea con la altura de
miras suficiente o la catadura moral para dar consejos a nadie, y menos generar
con mis comentarios una corriente de opinión pretenciosa y cargada con la razón
y la verdad absoluta.
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Quizás
lo que me esté ocurriendo es que marco una mayor distancia con la vida, que
siento que soy menos protagonista de la misma, que puedo elegir un papel de
segundón y por tanto ser un escéptico observador de todo aquello que me rodea.
Posiblemente estoy en ese periodo de mi propia existencia lejano ya de la
necesidad de imponer mis criterios, ideas y opiniones, e inicio la fase del
crítico espectador de una realidad que poco o nada tiene que ver con el ideal
que siempre he añorado y que con el paso de los años se ha ido haciendo añicos
rompiéndose en mil y un pedazos.
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En
cualquier caso y por no dispersar el tiro, cuanta verdad recogen las palabras
que construyen el título de hoy. Que cierto es y qué pena da, que pocos sabemos
entender hoy el real valor de las cosas. Y que verdad es también que tenemos la
responsabilidad como padres, o simplemente como adultos, de enseñar a nuestros
hijos el verdadero valor de las cosas.
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Nadie
dice que sea fácil, que exista la varita mágica o la ciencia infusa para
lograrlo sin esfuerzo. No nos engañemos, tampoco somos perfectos como seres
humanos y es más fácil errar en el camino, que acertar en el intento. Pero
seguro que si ponemos todo nuestro empeño en la tarea al final lo lograremos.
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En
principio partimos con ventaja. La primara aspiración de los padres es que sus
vástagos sean felices siempre, todos y cada uno de sus días. Y la felicidad no
se compra, se hace. La felicidad se consigue con esmero, con cariño, con amor,
con ilusión, con comprensión, generosidad, se alcanza dando lo mejor de cada
uno de nosotros y sin pedir mucho a cambio. Ser feliz poco tiene que ver con lo
material, cierto es que las personas necesitamos unos mínimos que nos
reconforten y nos ofrezcan ciertas seguridades, pero ser feliz de verdad tiene
mucho más que ver con: un beso, una sonrisa, un abrazo, una caricia, unas
palabras de amor, un guiño, una mirada, una ilusión, la felicidad real poco o
nada tiene que ver con la riqueza.
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No
soy un Quijote, no pretendo serlo ni quiero negar tampoco que en la vida, en mi
propia vida, la lucha por mejorar y conseguir las cosas que hoy tengo y
comparto con mis seres queridos sean despreciables o perniciosas para mí y los
míos. No soy rico y sé que nunca lo seré, pero no me importa, ni aspiro a ello,
ni es el objetivo que anhelo conseguir. Valoro y mucho lo poco que tengo,
intento que mis hijos así lo vean y lo sientan, espero que entiendan que
aquello que uno puede alcanzar lo ha de hacer con esfuerzo, desde la honradez,
desde el compromiso con los demás, pero siempre valorando cada paso, cada hito,
cada meta conseguida.
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No
estoy nunca convencido de que lo esté haciendo bien, de que lo vaya a
conseguir. Tengo infinitas dudas cada día de que aquello que quiero transmitir
lo reciban y perciban de la manera correcta, que sea yo capaz de trasladar el
valor real de las cosas importantes y de diferenciar éstas de todo lo superfluo
que la vida ofrece. Mi mayor preocupación es si realmente soy capaz de hacerles
felices y enseñarles que nunca renuncien a serlo, la vida es infinitamente
mejor si uno consigue cada día ser un poco más feliz y además comparte con los
demás una porción enorme de su felicidad.
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sábado, 21 de septiembre de 2013
Ser bueno no es sinónimo de ser idiota.
Esta semana un amigo me envió un Whatsapp con la siguiente frase: “Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden”. Yo diría incluso que no sólo algunos, sino que es común denominador de la mayoría de ellos.
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Me quedé un poco parado. No tenía muy claro si mi amigo me llamaba idiota de una forma muy elegante a la vez de contundente, o muy al contrario quería reafirmar mi forma de ser ante algún comentario malicioso de alguna tercera persona sobre mí. O simplemente envió una frase de las tantas que se intercambian hoy en día a través de los dispositivos móviles. Aún hoy no lo sé, espero ver a mi amigo en breve y aclarar mis dudas.
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Sea como sea, sea yo un idiota o no a los ojos de mi amigo, creo que hay mucho de verdad escondido en el significado de la frase de marras.
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Para empezar diría que hay pocos buenos e infinidad de idiotas en este nuestro mundo. No sabría calcular la proporción, pero por cada persona buena que te puedes encontrar en tu vida tropiezas con una multitud de idiotas. Estamos hartos de escuchar el comentario de lo idiota que puede ser alguien porque carece de maldad en sus actos, dichos o pensamientos. Son señalados por falta de carácter, porque aparentemente siempre son los primeros en ceder, en complacer, en evitar los conflictos, en perdonar las ofensas ajenas, y si me permitís son el foco y la diana de todos los idiotas que le rodean en sus bromas de mal gusto, chanzas y demás acciones degradantes, es el bicho expiatorio de las frustraciones de todos los que le rodean.
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Hoy en día es fácil abusar del bueno, de confundir la bondad con la estupidez. Nuestra sociedad nos ha hecho bastante peores de lo que nos pensamos. Abusamos de los que por falta de maldad los sentimos inferiores en muchos aspectos de la vida. Incluso muchos de los idiotas buscan de manera incesante una buena persona para que estando a su lado les permita resaltar sus falsas virtudes, capacidades y éxitos.
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Normalmente una buena persona tiene la virtud añadida de una paciencia ilimitada, de una capacidad infinita de perdonar, de ceder el protagonismo a todos los que le rodean, de actuar en un segundo plano y reconfortarse con las alegrías de los demás. Una buena persona es un lujo que raramente sabemos valorar cuando lo tenemos cerca, cuando tienes el privilegio de contar con su amistad, de su lealtad. Una buena persona es un bien escaso, una rara avis, una especie en peligro de extinción.
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No sé si yo mismo soy una buena persona y por tanto de forma ineludible un idiota a los ojos de muchos. No lo sé y no me importa. No sé si al contrario yo soy el idiota que confunde la bondad de los demás con la estupidez. Quizás prefiera pertenecer al primer estereotipo, estoy convencido que son infinitamente más felices aquellos que hacen el bien sin importarles su reputación, los que por la vida pasan regalando a los demás lo mejor de si mismos, los que por idiotas pasan a los ojos de los verdaderos necios y estúpidos.
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Si ser muy buena gente es ser un idiota no me importaría que en mi epitafio alguien pusiese: “Aquí yace un idiota, uno de los grandes, vivió convencido de su propia idiotez hasta el día que murió”.
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domingo, 1 de septiembre de 2013
La verdad es que....
Estoy convencido que Don Fernando Lázaro Carreter se
está removiendo en su tumba desde hace ya mucho tiempo, y especialmente en los
últimos años. El que fuera director de la Real Academia de la Lengua española, doctor
en filología románica, doctor honoris causa por seis universidades españolas,
profesor asociado en La Sorbona y escritor de una extensa producción de libros
y artículos, se volvería a morir seguro de un ataque al corazón o embolia
cerebral comprobando el mal uso que hacemos los españoles de nuestro rica
lengua.
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Llevo tiempo pensando en escribir esta entrada, y aún
a riesgo de ser un petulante, o lo que es peor dejar una vez más una muestra pública
de mi pueril uso del castellano, de todas las incorrecciones que soy capaz de
cometer cuando intento contar con la palabra escrita mis devaneos con el mundo quimérico
de las ideas, me atrevo hoy a sumarme a todos aquellos que critican
abiertamente el mal uso que hacemos los españoles de nuestro lenguaje y extenso
vocabulario.
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Más sinceramente lo que pretendo es vilipendiar públicamente
a todos aquellos que día tras día, en cualquier momento u ocasión, utilizan de
manera reiterada la coletilla que encabeza esta entrada de hoy. No lo soporto, no puedo con ello, me puede y
cada vez que la escucho en boca de cualquier personaje público, en cualquier
medio de comunicación, la cólera me domina y siento dentro de mí una
incontrolable reacción de ira.
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No parece que sean conscientes del daño que hacen a
nuestra lengua cuando de forma adictiva incorporan a sus conversaciones,
declaraciones, discursos, este tipo de muletillas lingüísticas que nada aporta
y nada suma al valor de lo que cuentan, o dicen en cada momento. No es
necesario reafirmar que aquello que contamos es cierto, no explica nada
adicional a lo que ya referimos, ya damos por hecho que en sus palabras
encontramos esa verdad que el interlocutor quiere trasladarnos. Nuestro
lenguaje nos ofrece muchas alternativas distintas y suficientes para
comunicarnos con la claridad suficiente y la limpieza necesaria para no macular
nuestra comunicación con estas muletillas o coletillas que lo único que
consiguen es empobrecer nuestro discurso y cuestionar nuestras capacidades en
tareas de comunicación.
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Lo peor de todo es que no son conscientes del mal uso
que realizan de esta expresión, muy al contrario creen que este uso les otorga
una dignidad y una calidad en el verbo que ya quisieran para ellos sus
congéneres. Seguro que íntimamente se aplauden de lo bien que se expresan y lo
mucho que han mejorado en sus parlamentos.
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Fijaros si todavía no habéis descubierto lo que os
cuento, escuchar detenidamente, y comprobaréis por vosotros mismos lo expandida
que está la coletilla a la que me refiero. En cualquier ámbito de vuestras
vidas la vais a escuchar hasta la saciedad, da igual que sea: entre compañeros
de trabajo, entre vuestras amistades, en las declaraciones de deportistas,
algún que otro sesudo tertuliano, comunicadores, políticos, periodistas, e
incluso nosotros mismos. Y cuando esto ocurre, cuando uno mismo al expresarse
descubre que ha incorporado a sus diálogos la nociva coletilla el mal es
grande, grave y de difícil solución.
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El uso se ha masificado. Igual da utilizarla a modo de
entradilla, como nexo de unión entre una y otra frase, como respuesta a una
pregunta cerrada, como exclamación, aclaración, negación, cualquier momento y
oportunidad es buena para incluirla. Ciertamente es una lástima que tan mal uso
de nuestro lenguaje se adueñe de todos nosotros y que no seamos capaces de
erradicarlo.
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Necesitaba este pequeño desahogo, la verdad es que hoy
he escuchado en infinidad de ocasiones la pérfida muletilla. ( Perdón, que
tontería, y ahora que digo?)
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Sólo un par de últimos consejos: para evitar el
linchamiento de nuestra lengua, leamos más, mucho más, e intentemos escribir
algo de vez en cuando, no pasa nada por hacerlo, ya veis que hasta el más de
los incapaces, y ese soy yo, de vez en vez realizamos el esfuerzo de juntar
palabras, y tengamos muy presente siempre diccionarios de nuestra lengua y
libros como el de Don Fernando Lázaro Carreter, “El dardo en la palabra” que
nos ayudarán seguro a hablar mejor y cuidar mucho más nuestra comunicación.
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jueves, 22 de agosto de 2013
Yermo.

Árido, estéril, infecundo, inhabitado, deshabitado, desértico, desolado, o cualquier otro sinónimo valdría en este caso para definir y descubrir mi incapacidad para producir textos en este blog. Cual pertinaz sequía llevo meses sin publicar nada, he convertido este espacio en un erial.
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Sé que la mejor manera de enfrentarme a esta situación es intentar doblegar la apatía que me invade, obligarme a sentarme con una mayor frecuencia delante del ordenador y pulsar tecla tras tecla par ir componiendo textos que finalmente tengan algo que contar, algo para compartir.
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He huido conscientemente de comentar la patética y penosa realidad política, social, económica que nos rodea. No he querido ser uno más en la cadena de lamentos, críticas, y comentarios sobre todo lo que nos rodea en nuestro día a día y que tiene que ver con la vergonzante clase política de nuestro país, merecedores de cualquier vituperio, por fuerte que este sea. No soy capaz de zaherir como se merecen todos y cada uno de los personajes de nuestra vida pública que de forma tan vergonzante nos tratan como si fuéramos todos un rebaño borreguil de ineptos, estúpidos o idiotas sin opinión. No he querido y no me interesa, he decidió vivir de espaldas a todos ellos.
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Por otro lado no he sido capaz de componer ningún texto con un mínimo interés para nadie. Mis experiencias vitales no son lo suficientemente atractivas como para compartirlas públicamente, y las más personales las guardo para mí en mi derecho a la intimidad.
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Estoy a punto de terminar mis vacaciones estivales y tampoco he encontrado durante estas casi tres semanas nada merecedor de ser compartido. Han sido muy normalitas, y los días han transcurrido entre paseos diarios por la playa, muchas horas de descanso y muchas más dedicadas a la lectura. En este sentido he de reconocer además que me he confundido y mucho en la selección de las novelas de este verano. A excepción del que seguramente será el best seller del año, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” (Joël Dicker, editorial Alfaguara) una novela muy recomendable para este periodo, de una trama apasionante, con un ritmo narrativo como pocos, y con un excepcional estilo literario, el resto de novelas han sido entre malas y muy malas, y han sido algunas las que he leído en estos casi veinte días. Un desastre absoluto en mi criterio de elección y como no puede ser de otra manera he pagado la penitencia de este pecado leyendo cada una de ellas hasta el final de sus páginas.
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Esta siendo un año de crisis creativa, a penas llevo una docena de entradas y con periodos excesivamente largos entre una y otra. Hoy me he hecho el propósito de escribir estas líneas y publicar la entrada quede como quede. Si perdura mi barbecho, y si esta página se convierte finalmente en un terreno inhóspito, en un páramo o una estepa infecunda, echaré el cierre, e igual que llegue sin hacer mucho ruido saldré por la puerta trasera y por incomparecencia manifiesta dejaré que la Cambra se hunda en este mar fecundo y poblado de sitios que aportan mucho más contenido, experiencias y sentimientos.
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jueves, 25 de julio de 2013
24 de Julio 2013. 20,42 h. Curva de Agrandeira (Santiago de Compostela)
Una tragedia así cubre de negro dolor, pesar, y llanto a una ciudad, a una región, a todo un país.
No hay palabras que puedan expresar los sentimientos que cualquier ser humano siente ante tal escalofriante suceso.
Sólo condolencias y el máximo respeto por las víctimas, familiares y amigos.
Descansen en Paz.
martes, 25 de junio de 2013
Nunca me enfado con la gente por lo que me piden, si no por lo que me niegan.
Llevo meses en el dique seco, alejado de este nuestro blog. Apático, perezoso, sin inspiración suficiente para enfrentarme a la obligación, o mejor dicho devoción, de volcar mis pensamientos, sentimientos, sensaciones en escritos que periódicamente comparto con todos los lectores, compañeros de este viaje ya iniciado hace unos pocos años, dueños y señores de estas páginas figuradas, de estos relatos que expresan con torpeza una parte de lo que soy, o mejor dicho siento que soy, pienso que soy, o proyecto que soy.
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Hoy después de unos meses ausente vuelvo a nuestra cita impulsado, no sé muy bien porque resorte, a compartir con todos vosotros un estado de ánimo un poco decrépito y un tanto maltrecho. Seguramente será pasajero, probablemente será efímero en el tiempo, previsiblemente caduco y poco persistente, absolutamente reversible y fácil de reparar.
En la vida de cada persona se suceden hechos y situaciones poco o nada deseables, se suscitan adversas realidades, se originan conflictos, nacen nocivas tesituras y finalmente se adoptan defensas, trincheras y barreras insoslayables para preservar y proteger el propio ser de los ataques y afrentas a las que uno se ve expuesto en el devenir de su día a día.
Que cierto es que el ser humano si se muestra accesible, generoso, cercano, próximo y asequible termina siendo víctima del egoísmo, la voracidad y codicia de todos aquellos que le rodean. Que cierto es que la mayoría de las veces la bonhomía de las personas se entiende como necedad y debilidad, como simpleza y carencia de fuerza en el carácter. Que cierto es que descubrir y manifestar siempre la mejor predisposición hacia los demás, termina siendo un bumerán que vuelve envenenado, veloz y certero con alto riesgo de golpear en las entrañas, de herir en el alma y romper en el corazón. Qué fácil es siempre explotar al generoso, abusar del tolerante, excederse con el dadivoso.
Y como bien dice el título de la entrada (frase del ilustre líder conservador de la segunda mitad del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo) nunca me enfado por lo que me piden, ya no, ya he entendido que así ha de ser y lo que de mí se espera, pero no puedo evitar enfadarme por lo que me niegan.
Para aquellos que no me conocen todo lo escrito hasta ahora podría parecer una fatuidad llena de presunción y petulancia, un canto al victimismo y un retrato espiritual de un engolado ser jactancioso y vanidoso, propenso a inmolarse en pira pública por el bien general. No soy así, lejos está mi persona de asemejarse a tal retrato.
Sólo sé que en toda mi vida siempre he intentado complacer y no ser especialmente complacido, he intentado dar sin esperar, he intentado cumplir con todo y todos más allá de las expectativas que en mí se habían depositado. Cuando uno así entiende la vida, no pretende nunca una recompensa explicita de aquello que ofrece sin un aval de contra rembolso, sólo busca un poco de empatía, un gramo de comprensión y una pizca de compensación.
Cuando la negación de una ilusión se materializa, el daño es grande, la grieta desquebraja la confianza, el compromiso se rompe y la distancia se convierte en un abismo imposible de superar.
.domingo, 28 de abril de 2013
Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace.
Lo dijo Jean Paul Sartre, filósofo, escritor,
novelista, dramaturgo, activista político, crítico literario y seguramente el
máximo exponente del existencialismo y marxismo humanista. Fue Premio Nobel de
Literatura en 1964, aunque rechazó el galardón, y activista comprometido con
las causas más importantes de su época: el mayo francés, la revolución cultural
china y la revolución cubana.
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Y como la mayoría de las veces ocurre, de estos
señores tan sesudos que alguna vez hemos leído algo, o hemos estudiado en el
pasado sus ideas y teoremas filosóficos, resulta que tienen razón, que en su
infinita capacidad de resumir verdades como puños en frases de escasas palabras
nos regalan pensamientos inherentes al ser humano y que nunca pierden
actualidad.
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Esta semana me tope de bruces con la frase, y como ya
he comentado con anterioridad en este mismo espacio, se apoderó de mi y hasta
que no vomite cierta reflexión no me la podré quitar de la cabeza. Y en esto
estoy esta mañana gélida, de un domingo de primavera, frisando el mes de mayo y
con temperaturas más propias del mes de enero. Intentando liberar mí pobre
mente, por reducida capacidad intelectual, de un peso tan grande, de una nueva
obsesión que bloquea mis neuronas e impide una libertad de pensamiento y
reflexión sobre nuevos aconteceres que me rodean.
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Concurre además en el tiempo con el regalo que una
querida amiga me ha hecho en el día de mi santo, conocido especialmente por ser
el Día del Libro, una edición de Fluir (Flow), una psicología de la felicidad
de un autor imposible de pronunciar Mihaly Csikszentmihalyi, y al que en breve
le meteré mano para adentrarme en el tratado de la alegría, la creatividad, y
el proceso de la involucración total con la vida, realmente promete y me
alcanza en u momento donde la desesperanza y la tristeza se han convertido en
compañeras fieles de mis pasos por la vida.
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Por todas estas razones, y me imagino que por muchas
más que callo y no comparto en mi derecho a la intimidad, vuelvo a este nuestro
sitio a intentar desbrozar un razonamiento que además de por cierto lo rescato
por su actualidad.
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En momentos donde uno hace aquello que no le queda más
remedio, en situaciones donde uno se aferra a lo que tiene, más a modo de
defensa que como resultado del libre albedrío, en estos tiempos que nos ha
tocado vivir cuando el desánimo, la amargura y la falta de alegría es un todo,
querer lo que uno hace es la única tabla de salvación que está junto a nuestras
manos. Pasado es el tiempo cuando uno decidía que iba a hacer con su vida,
cuando uno escogía su futuro, más o menos acertado, y se involucraba en
aquellos proyectos personales o profesionales que le apetecían y le ofrecían la
seguridad del disfrute por el simple hecho de hacerlo, o al menos intentarlo.
Pasado es el tiempo cuando uno cambiaba de rumbo sin miedo, sin condicionamientos,
sin a penas unas pocas reflexiones ventajosas en si mismas, que animaban a
nuestro ser a tomar las decisiones incluso más arriesgadas para caminar detrás
de nuestras propias ideas, para alcanzar nuestras ilusiones y quimeras, para
ser felices haciendo sólo aquello que nos proponíamos y que a sabiendas
impulsábamos con el único objeto de satisfacer nuestro yo. Aquel tiempo pasado,
pasado está, y nuestro presente necesita de otro estímulo, de otra ilusión, de
una nueva motivación.
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La única forma de subsistir en este entramado de
decepciones continuas, de desasosiegos mayores, de frustraciones diarias, de
díscolas soluciones, es aferrarse al clavo ardiendo de lo que tenemos y querer
hacer aquello que sin remedio hacemos. Apasionarnos con nuestras obligaciones
diarias, amar el esfuerzo que sin duda realizamos en el quehacer de cada día.
Querer todo lo que hago, desear hacerlo, buscar la excelencia en cada detalle
de una obligación impuesta o no, disfrutar hasta límites insospechados por
tener la fortuna de seguir haciendo, trasladar a todo el entorno la felicidad
por seguir haciendo, por continuar teniendo, por obtener lo que yo me gano.
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Cuando todo es más difícil, cuando lo cotidiano parece
imposible de mantener, cuando lo fácil es tirar la toalla y dejarse arrastrar
por una ciénaga pestilente con rumbo fijo a la cloaca de la vida, la única
solución posible y plausible es mantener siempre cerca la idea de que todo lo
que uno hace, todo lo que uno decide, todo lo que uno alcanza, se hace, decide
y consigue desde la convicción de que es lo que uno busca, persigue y quiere.
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No lo digo yo, lo dijo y con un acierto absoluto Jean
Paul Sartre, ahí es nada.
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jueves, 28 de marzo de 2013
Teño Morriña, Teño Saudade.
Dice la tradición que a San Andrés de Teixido: “vai
de morto quen non foi de vivo” (va de muerto quien no fue de vivo). Y
eso he hecho yo este año en los primeros días de esta semana de vacaciones,
días que he vuelto a recorrer los parajes de mi niñez y otros muchos que aún no
conocía del norte de la provincia de A Coruña.
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Un viaje al pasado, un viaje que ha estimulado mi
memoria para rescatar los recuerdos de los veranos de hace ya muchos años, de
veranos repletos de felicidad, de veranos de aventuras por aquellos parajes
inolvidables donde los bosques de eucaliptos orillaban las playas aún entonces
salvajes y que junto a mis hermanos y un pequeño grupo de amigos conquistábamos
en cada excursión.
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Galicia tierra de bosques encantados, de meigas y de
la Santa Compaña. Tierra de cabos, de acantilados que rasgan y rompen la tierra
para ofrecer la majestuosidad de un mar bravo que rompe con fuerza titánica
contra sus rocas. Una tierra de infinitos concellos, parroquias y aldeas. Tierra
de las más bellas playas, tierra de diminutos puertos pesqueros, tierra de
ensueño, tierra soñada, tierra querida, añorada y amada.
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Teño morriña, teño saudade porque estoy lonxe de eses
teus lares. Quero as tuas ribeiras que me fan lambrare, os teus ollos tristes
que me fan chorare.
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He vuelto a Galicia, he vuelto a la tierra de la que
nunca jamás me debí separar. Han sido muchos los años que he estado lejos de
ella, han sido muchos los años que viví a espaldas de ella. Como un niño
arrepentido he vuelto a la calidez de su hogar, he pisado sus calles por pasos
antes dados, he visto imágenes ya conocidas, retenidas en mis retinas desde
tiempos pasados, he descubierto nuevos lugares, he sonreído por calles y plazas
que ya me pertenecían en mis recuerdos, he pisado de nuevo la arena de aquellas
playas que siendo niño bañaron mi cuerpo y limpiaron mi alma. He vuelto a
Galicia, miña terra nai.
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Eu queroche tanto, e ainda non o sabes. Teño morriña,
teño saudade.
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He vuelto a Galicia y está vez será preámbulo de
nuevas y continuas visitas. Ya sé donde quiero estar en adelante, he pisado la
tierra donde quiero vivir cuando poco o nada tenga que ofrecer a los demás,
cuando llegue el tiempo de dedicarse a uno mismo, cuando lleguen los años de
disfrutar de los recuerdos, de recordar en la sin memoria las pequeñas cosas
que nos hicieron felices en toda una vida. Quiero estar cerca de alguno de los
cruces de esos caminos por donde la Santa Compaña, a partir de la media noche,
sale a buscar al que está en trance de muerte para hacerle más llevadero su
último paseo.
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Teño morriña, teño saudade, un canto a Galicia miña
terra nai.
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domingo, 17 de marzo de 2013
Curro, el del Vaticano.
El 13 de marzo de 2013, hace escasos 4 días, a las
19,06 horas, en el segundo día del cónclave, en la quinta ronda de votaciones,
fue elegido el cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa de la iglesia
católica, apostólica y romana y Jefe de estado de la Ciudad del Vaticano. El
Papa Francisco, el sucesor de Benedicto XVI, el primer pontífice originario del
continente americano, el primero perteneciente a la Compañía de Jesús: Curro el
del Vaticano.
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Si hombre, si. El hijo de Mario José y Regina María,
aquellos que del Piamonte emigraron a la Argentina, a Buenos Aires para ser más
concreto. El Mayor de los cinco hijos, aquel que andaba ennoviado a los catorce
años y que al final se nos hizo cura. Si mujer, si, que no te acuerdas. Un
chico listísimo, que sabe latín, además de griego, historia y literatura. El que
estuvo en Alcalá de Henares y curso estudios de Teología. Que no te enteras por
Dios. Que ya sé yo, que me lo contaron, que sabe cinco idiomas: español, francés,
inglés, alemán, italiano por supuesto, y además latín. Un portento, y desde
chiquitito despuntaba, lo decía todo el mundo, hay que ver lo listo que es este
chaval.
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Pues no se si tu lo sabías, pero parece ser que ya
andaba preparado y muy colocado en la anterior elección a Papa, cuando se lo
llevo el estirado del alemán, ese que de todo sabe y que ahora vive de emérito
entre libracos y papelajos, Benedicto. Fue él mismo el que pidió que no lo votaran
en la última ronda. Qué como lo sé, pues que uno tiene información y de la
buena, que tú estás en la luna de Valencia y que no te enteras de nada.
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Hay que ver, pues a mi me gusta mucho, incluso le
entiendo cuando habla en italiano, no como al otro. Que sencillo y cercano es,
tiene cara de Papa, y seguro que a todos esos golfos los mete en cintura, que
te lo digo yo, que este hace historia.
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Mujer aprobar el aborto, la eutanasia y los
anticonceptivos no lo creo, y tampoco le gusta el matrimonio de los gays esos, pero
está muy preocupado por los pobres del mundo y seguro que a más de uno de los
grandes gerifaltes les saca los colores, menudo es mi Curro. Sólo hay que
verlo, con esos zapatitos tan de andar por casa, se ha pagado la cuenta del
hotel y todo, y esta misma mañana andaba por la plaza del Vaticano dando abrazos
a todos los feligreses allí presentes, antes del Ángelus, el primero de su
papado.
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Ya se yo, que alguno dice que fue colaboracionista de
la dictadura en Argentina, pero a mi me han dicho de buena tinta que se preocupo
por algunos curas jesuitas y que a uno de ellos le ayudo a salir del país con
su propia cédula de identificación, que hay gente muy mala y que se mueren por
criticar. Que es un santo varón y si no al tiempo, que Curro termina en los
cielos sentado a la diestra de Dios Padre.
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Deseandito estoy que venga pa España, que le voy a
hacer una pancarta bien grande: Ni Curro Jiménez, ni Curro Romero, pa “Curro”,
y del bueno, el del Vaticano.
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domingo, 10 de marzo de 2013
El festival de las aguas.
Seguro que me repito con alguna entrada anterior, pero
es inevitable tratar de trasladar las sensaciones vividas esta misma mañana en
mi paseo matutino por la sierra de Guadarrama. Puedo pecar de poco original,
seguro, pero realmente es un privilegio tan enorme lo que tenemos a escasos
treinta minutos del centro de Madrid que no me resisto a compartir el enorme
espectáculo que la naturaleza nos regala cada día.
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El año hidrológico estaba siendo seco en sus inicios,
pero parece que al final ha decidido cumplir con sus obligaciones, y traernos
el agua tan necesaria para la vida en tiempo y cantidad suficiente para que la
naturaleza haga todo lo demás.
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Hoy daba gusto oír el recital que el agua nos regalaba
descendiendo por los regatos de la sierra. Caía con fuerza inusitada, rompía en
las rocas, resbalaba en cada codo del caudal, clareaba en su descenso, incluso
la espuma que forma al golpear las piedras de su curso ofrecía una visión de
fuerza y vida que mantenía hechizada nuestra mirada. Era Juan Manuel, mi amigo
y compañero de andanzas matinales, quien comentaba que tendrá el agua y el
fuego que nos hechiza en sus manifestaciones más salvajes. Y que razón tiene.
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Hacía mucho tiempo que tal espectáculo no era ofrecido,
las últimas nieves y lluvias han desatado la furia del vital elemento, han
verdecido las laderas, lavado las ramas de los árboles, despertado el verdor
del musgo en las rocas, y los líquenes enseñan sus barbas que tapizan los
troncos que ascienden majestuosos buscando el sol que ilumina su grandeza.
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Un espectáculo sin igual, un regalo poco apreciado en
su majestuosidad, una sinfonía de bruscos rumores que invitan a la vida a
manifestarse en todo su esplendor. Hay un rincón especial, según asciendes por
el camino que ha de llevarte al Balcón de los Poetas desde las praderas de
Cercedilla, que merece especialmente la pena. Me refiero a la Ducha de los
Alemanes, una caída de agua salvaje que si normalmente apasiona a la vista, hoy
ofrecía todo un recital de sensaciones. No es sólo el espectáculo de las aguas,
es el olor a una tierra empapada, agradecida, preñada de vida. Es también la
orgía de colores que la luz incipiente del amanecer, a través del bosque, nos
ofrece para mayor gloria de los sentidos. Es un todo absoluto, algo que tan
próximo al hombre y tan lejano a la vez, una manifestación que por su
descomunal dimensión nos deja como especie en un miligramo de arena en tan brutal
grandiosidad.
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Soy un ser afortunado, aún queda en mí la capacidad de
estremecerme ante tal exposición de belleza, aún soy capaz de vibrar al
contemplar un espectáculo sin igual.
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domingo, 3 de marzo de 2013
Para vivir la vida hay que mirar hacia delante, pero para entenderla hay que mirar hacia atrás.
Sustraigo hoy esta frase del emotivo discurso que
Antonio Banderas regaló el pasado día 28 de febrero en el día de Andalucía en
el acto en que fue nombrado Hijo Predilecto de su tierra natal. Fue un regalo a
la memoria de otro de los que en ese acto se homenajeaban, el sindicalista
Manuel Fernando García Caparros, asesinado el 4 de diciembre de 1977 en Málaga
en una manifestación que reivindicaba la autonomía de Andalucía.
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La hago mía no para hablar de política o de
situaciones acaecidas en nuestro pasado, en nuestra historia más cercana. No
pretendo ni quiero plagiar una frase para defender o atacar situaciones ya
vividas, huérfanas todas ellas del sentido más común del ser humano, no busco
un recuerdo que enarbolar ni a favor ni en contra de un ideal, de una posición,
de una determinación. Como cada hijo de vecino de este país, yo también tengo
un pasado que la sangre, el dolor y el sinsentido marcó mi vida, e hizo de mi
lo que hoy soy como hombre para lo bueno, y por supuesto para todo lo malo que
en mi tiene cabida también.
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Sustraigo la frase y la hago mía por lo que tiene de
verdad en su significado más amplio y general, que cierto es que nadie
entendería su vida sin conocer su propio pasado. No sólo hemos de saber
aquellos pasos ya dados por mandato de nuestra propia voluntad, también hemos
de reconocer aquellos que no dimos por azar, por decisiones impuestas por los
demás, por voluntades ajenas, por errores ya cometidos y sus lecciones
aprendidas, por impulsos controlados y también por aquellos que no controlamos,
por un destino esquivo o por la fortuna regalada en forma de aciertos en los
momentos más críticos de nuestras vidas.
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Somos lo que
fuimos, lo que nos dejaron ser, lo que quisimos ser, lo que heredamos y
moldeamos para bien o para mal. A cierta edad somos ya más una parte de nuestro
propio pasado y un poco menos de nuestro propio presente y futuro. Entiendo y
comprendo mi propio ser cuando me veo en el espejo y escudriño mis canas más
que incipientes, las arrugas de mi piel, las marcas de mi vida, las cicatrices
del ayer, el peso de un cuerpo ya cansado, el alma herida de una vida ya vivida.
Soy un producto del ayer, del recuerdo de los años ya vencidos. Soy casi en mi
totalidad una parte más de la historia y un espacio cada día más diminuto de un
futuro que aún ha de llegar para acumular experiencias, vivencias y
sentimientos que han de llenar mi peregrinar en esta vida.
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Miro adelante para seguir vivo, para continuar mi
camino, pero el horizonte se ve más próximo y cercano. El recorrido aún
pendiente se acorta cada día, la meta se sospecha más próxima, y el final se
adivina con una mayor certeza. Mis ojos ven más allá por los más jóvenes que me
rodean, a través de ellos extiendo un tiempo que en poco ya no será mío, con
ellos vivo por adelantado lo que a mi no me ha de llegar, por ellos imagino un
futuro que me será negado y que obtendré como premio en la extensión de sus
vidas. Me complace la juventud ajena, me gusta la compañía de los que aún no
han cruzado el meridiano de sus vidas, disfruto de sus ilusiones, de sus
capacidades, de sus fuerzas e ímpetus, de sus rebeldías, de sus sueños y
quimeras. Hago mías parte de sus vitalidades, cual parásito sin desgaste propio
me alimento de sus fuerzas, y como tronco arrastrado por la corriente dejo que
sus empujes me lleven a la calma de un mar dormido que espera en su inmensidad
la llegada del fin de otra vida.
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No me quejo, y sé que el camino por recorrer aún no
será corto. Sé lo que soy porque entre mis verdades y mis mentiras reconozco mi
historia, mi pasado. Entendí mi vida ya hace tiempo, nunca he dejado de mirar
atrás buscando mis raíces, conociendo mis principios. Nunca he permitido que mi
equipaje lastrara mis siguientes pasos, he caminado un sendero a veces elegido
por mi y algunas otras descubriéndolo sobre la marcha. El libro de mi vida está
muy avanzado en sus capítulos, pero antes de llegar a su epílogo quedan algunas
páginas por escribir.
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