jueves, 28 de marzo de 2013

Teño Morriña, Teño Saudade.




Dice la tradición que a San Andrés de Teixido: “vai de morto quen non foi de vivo” (va de muerto quien no fue de vivo). Y eso he hecho yo este año en los primeros días de esta semana de vacaciones, días que he vuelto a recorrer los parajes de mi niñez y otros muchos que aún no conocía del norte de la provincia de A Coruña.
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Un viaje al pasado, un viaje que ha estimulado mi memoria para rescatar los recuerdos de los veranos de hace ya muchos años, de veranos repletos de felicidad, de veranos de aventuras por aquellos parajes inolvidables donde los bosques de eucaliptos orillaban las playas aún entonces salvajes y que junto a mis hermanos y un pequeño grupo de amigos conquistábamos en cada excursión.
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Galicia tierra de bosques encantados, de meigas y de la Santa Compaña. Tierra de cabos, de acantilados que rasgan y rompen la tierra para ofrecer la majestuosidad de un mar bravo que rompe con fuerza titánica contra sus rocas. Una tierra de infinitos concellos, parroquias y aldeas. Tierra de las más bellas playas, tierra de diminutos puertos pesqueros, tierra de ensueño, tierra soñada, tierra querida, añorada y amada.
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Teño morriña, teño saudade porque estoy lonxe de eses teus lares. Quero as tuas ribeiras que me fan lambrare, os teus ollos tristes que me fan chorare.
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He vuelto a Galicia, he vuelto a la tierra de la que nunca jamás me debí separar. Han sido muchos los años que he estado lejos de ella, han sido muchos los años que viví a espaldas de ella. Como un niño arrepentido he vuelto a la calidez de su hogar, he pisado sus calles por pasos antes dados, he visto imágenes ya conocidas, retenidas en mis retinas desde tiempos pasados, he descubierto nuevos lugares, he sonreído por calles y plazas que ya me pertenecían en mis recuerdos, he pisado de nuevo la arena de aquellas playas que siendo niño bañaron mi cuerpo y limpiaron mi alma. He vuelto a Galicia, miña terra nai.
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Eu queroche tanto, e ainda non o sabes. Teño morriña, teño saudade.
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He vuelto a Galicia y está vez será preámbulo de nuevas y continuas visitas. Ya sé donde quiero estar en adelante, he pisado la tierra donde quiero vivir cuando poco o nada tenga que ofrecer a los demás, cuando llegue el tiempo de dedicarse a uno mismo, cuando lleguen los años de disfrutar de los recuerdos, de recordar en la sin memoria las pequeñas cosas que nos hicieron felices en toda una vida. Quiero estar cerca de alguno de los cruces de esos caminos por donde la Santa Compaña, a partir de la media noche, sale a buscar al que está en trance de muerte para hacerle más llevadero su último paseo.
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Teño morriña, teño saudade, un canto a Galicia miña terra nai.
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domingo, 17 de marzo de 2013

Curro, el del Vaticano.




El 13 de marzo de 2013, hace escasos 4 días, a las 19,06 horas, en el segundo día del cónclave, en la quinta ronda de votaciones, fue elegido el cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa de la iglesia católica, apostólica y romana y Jefe de estado de la Ciudad del Vaticano. El Papa Francisco, el sucesor de Benedicto XVI, el primer pontífice originario del continente americano, el primero perteneciente a la Compañía de Jesús: Curro el del Vaticano.
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Si hombre, si. El hijo de Mario José y Regina María, aquellos que del Piamonte emigraron a la Argentina, a Buenos Aires para ser más concreto. El Mayor de los cinco hijos, aquel que andaba ennoviado a los catorce años y que al final se nos hizo cura. Si mujer, si, que no te acuerdas. Un chico listísimo, que sabe latín, además de griego, historia y literatura. El que estuvo en Alcalá de Henares y curso estudios de Teología. Que no te enteras por Dios. Que ya sé yo, que me lo contaron, que sabe cinco idiomas: español, francés, inglés, alemán, italiano por supuesto, y además latín. Un portento, y desde chiquitito despuntaba, lo decía todo el mundo, hay que ver lo listo que es este chaval.
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Pues no se si tu lo sabías, pero parece ser que ya andaba preparado y muy colocado en la anterior elección a Papa, cuando se lo llevo el estirado del alemán, ese que de todo sabe y que ahora vive de emérito entre libracos y papelajos, Benedicto. Fue él mismo el que pidió que no lo votaran en la última ronda. Qué como lo sé, pues que uno tiene información y de la buena, que tú estás en la luna de Valencia y que no te enteras de nada.
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Hay que ver, pues a mi me gusta mucho, incluso le entiendo cuando habla en italiano, no como al otro. Que sencillo y cercano es, tiene cara de Papa, y seguro que a todos esos golfos los mete en cintura, que te lo digo yo, que este hace historia.
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Mujer aprobar el aborto, la eutanasia y los anticonceptivos no lo creo, y tampoco le gusta el matrimonio de los gays esos, pero está muy preocupado por los pobres del mundo y seguro que a más de uno de los grandes gerifaltes les saca los colores, menudo es mi Curro. Sólo hay que verlo, con esos zapatitos tan de andar por casa, se ha pagado la cuenta del hotel y todo, y esta misma mañana andaba por la plaza del Vaticano dando abrazos a todos los feligreses allí presentes, antes del Ángelus, el primero de su papado.
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Ya se yo, que alguno dice que fue colaboracionista de la dictadura en Argentina, pero a mi me han dicho de buena tinta que se preocupo por algunos curas jesuitas y que a uno de ellos le ayudo a salir del país con su propia cédula de identificación, que hay gente muy mala y que se mueren por criticar. Que es un santo varón y si no al tiempo, que Curro termina en los cielos sentado a la diestra de Dios Padre.
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Deseandito estoy que venga pa España, que le voy a hacer una pancarta bien grande: Ni Curro Jiménez, ni Curro Romero, pa “Curro”, y del bueno, el del Vaticano.
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domingo, 10 de marzo de 2013

El festival de las aguas.



Seguro que me repito con alguna entrada anterior, pero es inevitable tratar de trasladar las sensaciones vividas esta misma mañana en mi paseo matutino por la sierra de Guadarrama. Puedo pecar de poco original, seguro, pero realmente es un privilegio tan enorme lo que tenemos a escasos treinta minutos del centro de Madrid que no me resisto a compartir el enorme espectáculo que la naturaleza nos regala cada día.
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El año hidrológico estaba siendo seco en sus inicios, pero parece que al final ha decidido cumplir con sus obligaciones, y traernos el agua tan necesaria para la vida en tiempo y cantidad suficiente para que la naturaleza haga todo lo demás.
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Hoy daba gusto oír el recital que el agua nos regalaba descendiendo por los regatos de la sierra. Caía con fuerza inusitada, rompía en las rocas, resbalaba en cada codo del caudal, clareaba en su descenso, incluso la espuma que forma al golpear las piedras de su curso ofrecía una visión de fuerza y vida que mantenía hechizada nuestra mirada. Era Juan Manuel, mi amigo y compañero de andanzas matinales, quien comentaba que tendrá el agua y el fuego que nos hechiza en sus manifestaciones más salvajes. Y que razón tiene.
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Hacía mucho tiempo que tal espectáculo no era ofrecido, las últimas nieves y lluvias han desatado la furia del vital elemento, han verdecido las laderas, lavado las ramas de los árboles, despertado el verdor del musgo en las rocas, y los líquenes enseñan sus barbas que tapizan los troncos que ascienden majestuosos buscando el sol que ilumina su grandeza.
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Un espectáculo sin igual, un regalo poco apreciado en su majestuosidad, una sinfonía de bruscos rumores que invitan a la vida a manifestarse en todo su esplendor. Hay un rincón especial, según asciendes por el camino que ha de llevarte al Balcón de los Poetas desde las praderas de Cercedilla, que merece especialmente la pena. Me refiero a la Ducha de los Alemanes, una caída de agua salvaje que si normalmente apasiona a la vista, hoy ofrecía todo un recital de sensaciones. No es sólo el espectáculo de las aguas, es el olor a una tierra empapada, agradecida, preñada de vida. Es también la orgía de colores que la luz incipiente del amanecer, a través del bosque, nos ofrece para mayor gloria de los sentidos. Es un todo absoluto, algo que tan próximo al hombre y tan lejano a la vez, una manifestación que por su descomunal dimensión nos deja como especie en un miligramo de arena en tan brutal grandiosidad.
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Soy un ser afortunado, aún queda en mí la capacidad de estremecerme ante tal exposición de belleza, aún soy capaz de vibrar al contemplar un espectáculo sin igual. 
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domingo, 3 de marzo de 2013

Para vivir la vida hay que mirar hacia delante, pero para entenderla hay que mirar hacia atrás.



Sustraigo hoy esta frase del emotivo discurso que Antonio Banderas regaló el pasado día 28 de febrero en el día de Andalucía en el acto en que fue nombrado Hijo Predilecto de su tierra natal. Fue un regalo a la memoria de otro de los que en ese acto se homenajeaban, el sindicalista Manuel Fernando García Caparros, asesinado el 4 de diciembre de 1977 en Málaga en una manifestación que reivindicaba la autonomía de Andalucía.
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La hago mía no para hablar de política o de situaciones acaecidas en nuestro pasado, en nuestra historia más cercana. No pretendo ni quiero plagiar una frase para defender o atacar situaciones ya vividas, huérfanas todas ellas del sentido más común del ser humano, no busco un recuerdo que enarbolar ni a favor ni en contra de un ideal, de una posición, de una determinación. Como cada hijo de vecino de este país, yo también tengo un pasado que la sangre, el dolor y el sinsentido marcó mi vida, e hizo de mi lo que hoy soy como hombre para lo bueno, y por supuesto para todo lo malo que en mi tiene cabida también.
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Sustraigo la frase y la hago mía por lo que tiene de verdad en su significado más amplio y general, que cierto es que nadie entendería su vida sin conocer su propio pasado. No sólo hemos de saber aquellos pasos ya dados por mandato de nuestra propia voluntad, también hemos de reconocer aquellos que no dimos por azar, por decisiones impuestas por los demás, por voluntades ajenas, por errores ya cometidos y sus lecciones aprendidas, por impulsos controlados y también por aquellos que no controlamos, por un destino esquivo o por la fortuna regalada en forma de aciertos en los momentos más críticos de nuestras vidas.
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 Somos lo que fuimos, lo que nos dejaron ser, lo que quisimos ser, lo que heredamos y moldeamos para bien o para mal. A cierta edad somos ya más una parte de nuestro propio pasado y un poco menos de nuestro propio presente y futuro. Entiendo y comprendo mi propio ser cuando me veo en el espejo y escudriño mis canas más que incipientes, las arrugas de mi piel, las marcas de mi vida, las cicatrices del ayer, el peso de un cuerpo ya cansado, el alma herida de una vida ya vivida. Soy un producto del ayer, del recuerdo de los años ya vencidos. Soy casi en mi totalidad una parte más de la historia y un espacio cada día más diminuto de un futuro que aún ha de llegar para acumular experiencias, vivencias y sentimientos que han de llenar mi peregrinar en esta vida.
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Miro adelante para seguir vivo, para continuar mi camino, pero el horizonte se ve más próximo y cercano. El recorrido aún pendiente se acorta cada día, la meta se sospecha más próxima, y el final se adivina con una mayor certeza. Mis ojos ven más allá por los más jóvenes que me rodean, a través de ellos extiendo un tiempo que en poco ya no será mío, con ellos vivo por adelantado lo que a mi no me ha de llegar, por ellos imagino un futuro que me será negado y que obtendré como premio en la extensión de sus vidas. Me complace la juventud ajena, me gusta la compañía de los que aún no han cruzado el meridiano de sus vidas, disfruto de sus ilusiones, de sus capacidades, de sus fuerzas e ímpetus, de sus rebeldías, de sus sueños y quimeras. Hago mías parte de sus vitalidades, cual parásito sin desgaste propio me alimento de sus fuerzas, y como tronco arrastrado por la corriente dejo que sus empujes me lleven a la calma de un mar dormido que espera en su inmensidad la llegada del fin de otra vida.
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No me quejo, y sé que el camino por recorrer aún no será corto. Sé lo que soy porque entre mis verdades y mis mentiras reconozco mi historia, mi pasado. Entendí mi vida ya hace tiempo, nunca he dejado de mirar atrás buscando mis raíces, conociendo mis principios. Nunca he permitido que mi equipaje lastrara mis siguientes pasos, he caminado un sendero a veces elegido por mi y algunas otras descubriéndolo sobre la marcha. El libro de mi vida está muy avanzado en sus capítulos, pero antes de llegar a su epílogo quedan algunas páginas por escribir.
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domingo, 10 de febrero de 2013

Si lloras por haber perdido el Sol, las lágrimas te impedirán ver las Estrellas.




Es archiconocida esta frase de Quino en boca de Mafalda. Pero no por menos famosa deja de contener una metáfora maravillosa.
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Todos sabemos cuando hemos de aplicarnos la misma, cada quien en sus circunstancias más personales la puede y debe rescatar.
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No soy yo quien niegue la verdad que en sus palabras  esconde. En infinidad de momentos el llanto por lo que he perdido, el lamento por el dolor sufrido, la angustia por el vacío sentido, han alejado de mí la belleza de lo más querido, han ocultado los sentimientos más profundos, han robado a mi ser las alegrías de la vida.
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De la verdad de mi vida, de las lecciones aprendidas, del camino ya recorrido, de los años ya pasados, extraigo suficientes experiencias que me enseñan que el llanto contenido, que las lágrimas no derramadas, que el sollozo callado y mudo, ofrecen a mis ojos y a mi vista la belleza que al alcance de mis manos está, como fruta madura para ser recogida.
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No lloréis nunca si la luz del sol os es sustraída. En la oscuridad de la noche, en la ceguera más opaca, incluso en el ocaso más profundo de vuestra alma encontrareis el camino de luces resplandecientes, el fulgor de las estrellas que saldrán a vuestro encuentro para guiaros por las tinieblas más temidas.
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No lloréis si el sol se ha perdido, la noche y sus estrellas serán siempre el preámbulo de un nuevo amanecer. No dejéis que un reguero de lágrimas oculte la belleza de ese puñado de estrellas, que en la noche y a través de tu ventana se muestran impacientes para volver a iluminar todo tu ser. Abre tus ojos y deja que se inunden con la luz de la esperanza, con el resplandor de la ilusión, con la alegría de la vida.
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(Para todos aquellos, que como yo, han perdido la luz del sol en muchos momentos de su vida, para todos aquellos que como yo han vivido en las tinieblas del dolor, la desazón, el miedo y la angustia, para todos aquellos que como yo, han dudado si mañana tendríamos un nuevo amanecer.)
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sábado, 26 de enero de 2013

La Guardia Vieja.




Sustraigo parte del título de la última novela de Arturo Pérez-Reverte (El Tango de la Guardia Vieja) para introducir la entrada de hoy.
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Con una calidad técnica admirable en su escritura, con una documentación exhaustiva y rica en detalles para describir ambientes y personajes, con una doble narración de historias pretéritas que confluyen en un tiempo ya pasado, Arturo Pérez- Reverte maneja una historia turbia de amor, traiciones y espionajes, recorriendo cuatro décadas del siglo pasado, convulso y fascinante.
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Entre la luz crepuscular de una época ya extinguida, en sus páginas descubro el fascinante mundo del tango, el de la Guardia vieja. Una melodía más rápida, más cortada, más fiel a los orígenes de un género que nace de la mezcla y fusión de la cultura de emigrantes europeos (italianos, españoles y polacos principalmente), descendientes de esclavos africanos y nativos de la región.
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En los arrabales de Buenos Aires, en Barracas o La Boca, en tugurios de baja estopa, quilombos peligrosos, fulanos con aíres de compadrón trasnochado, saco apretado, bigote espeso, el ala de los sombreros caídos sobre los ojos  y pañuelos de seda anudados al cuello, hampones de la noche dueños y señores de las milongas, bailan con las minas, mujeres seductoras y de dudosa respetabilidad algunas, melodías sensuales expresiones de los más íntimos sentimientos.
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Son ellos los que mandan y dirigen los tiempos, sus pasos, los quiebros, los giros, los toques y enrosques, sacadas, los traspiés y las infinitas salidas. Ellas acompañan, siguen los pasos, obedecen en las quebradas, responden a los cortes, se anticipan a la orden de un ademán apenas perceptible, representando una resignación de hembra sin posibilidad de fuga. Y todo ello configura una estampa que desborda sensualidad, casi lujuria y porque no decirlo lascivia liberada entre un hombre y una mujer.
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Enrique Santos Discrépolo, uno de los máximos poetas del Tango, lo definió como un pensamiento triste que se baila. El argot que se utiliza, el lunfardo, la lengua del arrabal, está lleno de expresiones italianas, africanas, aimaras, lombardas, francesas, gallegas, que se fusionan entre sí para construir poemas del desamor, desengaño, amor y deseo.
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Me gusta este mundo depravado. Reclama mi atención, mis sentidos, este mundo lejano de historias fabuladas, de historias incontables, de sórdidas historias de amor, de venganzas, de duelos barriobajeros, de peleas mortales en los arrabales. Me gusta ese mundo más auténtico en las mentiras de la vida, más puro en los sentidos, más cierto en sus pasiones.
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Es el tango de la guardia vieja, es el tango de los quilombos, en los arrabales de la vida.
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sábado, 19 de enero de 2013

Tarde no es, y prisa no tengo




Tan sólo dos días han pasado de mi quincuagésimo aniversario y como viene ocurriendo cada año desde hace cuatro, acudo a esta cita pública para compartir nuevos sentimientos y sensaciones ligados íntimamente a mi ser.
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Dice José Saramago en su poema:

“..Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
Pues llevo conmigo la experiencia adquirida,
Y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo?
Eso ¿A quién le importa?
¡Tengo los años necesarios para perder el miedo,
Y hacer lo que quiero y siento!
Qué importa cuantos años tengo
O cuantos espero, si con los años que tengo,
¡Aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!”
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Cuando uno alcanza una edad que sobrepasa suficientemente la mitad de su vida, cuando el almanaque se reduce camino de esa última hoja que a todos nos espera, cuando acumulas ya más primaveras de las que te esperan, empiezas a sentir un colisión de sentimientos que zarandea todo los cimientos de tu ser.
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Hace tiempo ya que las dudas se convirtieron en certezas, que los sueños quedaron maltrechos en su mayoría por el camino de la vida, que los anhelos se convirtieron en realidades y que las más de las ilusiones se truncaron sin ser alcanzadas.
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Hace tiempo ya que derramé lágrimas prematuras de dolor por los que se fueron, que herí mi alma con heridas incurables, que la soledad por las ausencias queridas me acompaña.
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Tarde no es y prisa no tengo para andar el último trecho, sin miedos, con el equipaje justo, con la libertad necesaria de elegir sólo aquello que quiero.
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No es tarde aún para tomar de la vida lo mejor que me ofrezca y prisa no tengo para terminar de saborear lo bueno que ya tengo.
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Tarde no es para cumplir alguna esquiva quimera, y prisa no tengo para agotar la ilusión que aún mantengo.
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Tarde no es para seguir viviendo, y prisa no tengo para terminar muriendo.

sábado, 12 de enero de 2013

No permitáis que nadie os robe vuestros sueños.




Había iniciado este año algo pesimista, mi primera entrada para dar la bienvenida a este nuevo año, incipiente aún, ha sido criticada de palabra y algún pescozón que otro me he llevado por ello. No quiero convertirme en un ladrón de ilusiones, en el malvado agorero que todo lo tiñe de negro. En un intento de proteger mi mal trecho ser, estoy seguro que pinté una cruda realidad que igual rebosaba pesimismo a borbotones. Dibujé un manantial de agónicas sensaciones, y quizás en el exceso convertí mi escrito en una cloaca mal oliente, en un vertedero de infortunios, en un muladar de estiércol y basura.
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No era mi intención, y si así he trasladado mis sentimientos, desde aquí y en este mismo instante, pido públicas disculpas por ello y rectifico para dejar incólume el historial de este blog que más os pertenece a vosotros los fieles seguidores que al autor de estos dislates.
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Redimo pues mi pecado de escribidor de necedades y cumplo mi merecida penitencia rogando a quién leéis estas insulsas prosas que protejáis de Dios y del Diablo todos vuestros sueños, que peleéis por ellos sin dar tregua al contumaz enemigo en cualquiera de sus manifestaciones, y cual carceleros del más preciado bien defendáis vuestro más amado tesoro de sueños e ilusiones. Sé que el destino es caprichoso y juega con las cartas marcadas todas sus partidas, pero a pesar de ello, y aún perdiendo en el camino muchas manos, el merecido premio será mantener intactos vuestros deseos más íntimos, vuestras quimeras y anhelos más personales.
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De vosotros depende únicamente que la ilusión ilumine cada acto de vuestras vidas, que a pesar de los peores augurios y los nefandos pronósticos salgáis victoriosos de cada batalla, que no os pueda el hastío y el agotamiento y que a cada paso que deis por la senda de la vida os acompañe siempre la radiante luz de vuestros ideales.
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Nada hay que temer, por penosa que sea la dificultad la capacidad de imponer nuestra voluntad siempre será más férrea, el compromiso por imponer nuestros principios siempre será más firme, y la voluntad de alcanzar nuestro objetivo imposible de doblegar.
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Nuestros sueños son el motor de nuestras vidas, no dejéis que nadie os robe los mismos, no permitáis que os sustraigan la ilusión por verlos al fin cumplidos algún día. Sin ellos viviremos como seres inertes, como muertos vivientes, y muy largo será el camino. 
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martes, 1 de enero de 2013

2013: ¡No me gusta, no me gusta!


Lo adelantaba en mi última entrada del año que ha terminado hace poco más de once horas, este nuevo que hoy iniciamos no me gusta, no me gusta.
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Nada tiene que ver con la terminación de un número bajo sospecha siempre en la superstición popular, ni aún ha tenido tiempo suficiente para darnos un gran disgusto, simplemente y como coherencia a lo ya escrito en otras ocasiones, la prolongación de estos 365 días que tenemos por delante pinta bastos una vez más.
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Para ir por partes y por aquello de ser justos el día ha despertado por estos lares frío y desapacible. Muy de mañana salí como de costumbre a pasear con Klaus, las primeras horas de cualquier día 1 de cualquier año es un desierto humano por los caminos y sendas que rodean mi casa, ni un alma con la que cruzarse durante todo el paseo. El frío y la humedad se adueñan del cuerpo que aún mantiene el calor de una ducha confortable y el primer café del día. La niebla espesa esconde los recodos del camino, engaña los sentidos y boicotea un intento de doblegar la pereza y a penas concede media hora de caminar sin acentuar la necesidad de volver al refugio del calor del hogar. Un rato más tarde recorro las calles de un pueblo que se despereza, los primeros vecinos que han salido a la calle con la intención de encontrar el pan aún caliente de la única tahona abierta se entremezclan con los últimos de Filipinas volviendo a sus respectivas casas destrozados por una noche que esta por terminar, maltrechos y agotados después de haberlo dado todo y un poco más. Un espectáculo en algunos casos muy lamentable.
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Todo suena a viejo, a algo ya vivido año tras año. Poco o nada ha cambiado, todo continua igual que hace un año, todo es igual de ajeno, de extraño y lejano. No hay un solo signo o señal de que iniciamos un nuevo ciclo, una nueva era, un nuevo periodo.
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Con estas sensaciones vuelvo a casa para cumplir con esta cita y me descubro igual de contrariado que hace unas pocas horas. ¿Qué nos puede ofrecer este nuevo año? ¿Qué nos vamos a encontrar por delante, en un futuro inmediato, en estos nuevos doce meses que están por llegar? El año pasado, un día como hoy, escribía que el año que ya terminó sería el de la solidaridad, que habría que saber renunciar a  muchas cosas y que deberíamos quedarnos con los pequeños detalles, los pequeños gestos, las metas más inmediatas donde se esconde la verdadera felicidad. ¿Y para este que pedimos? No encuentro la respuesta adecuada, da vértigo pensar e intentar adivinar que nos espera, la fatiga acumulada ya es inmensa, el esfuerzo ofrecido ha sido magnánimo, el compromiso mastodóntico y las fuerzas flaquean. Me gustaría ser optimista, me gustaría imaginar un año placentero en las antípodas del ya finiquitado, pero la realidad se obstina en pronosticar aún un mayor sacrificio, más dolor y mayor penuria.
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No me gusta, no sé hasta donde darán de si las pocas fuerzas que aún me restan, tengo el depósito en reserva, con el piloto rojo encendido desde hace ya meses, seguir estirando la goma sin romperla me parece una tarea que roza el límite de mi elasticidad.
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No me gusta, los pocos refugios de los que dispongo para protegerme de los ataques diarios se desquebrajan, la solidez de mi persona se tambalea y la sensación de la derrota final por hastío es mayor cada jornada. Necesito encontrar el elixir de la felicidad, necesito descubrir la pócima mágica que embargue todos mis sentidos y cree una nueva realidad o fantasía que me permita alcanzar el fin de este nuevo año sin dejar mi maltrecha alma en el intento. Necesito establecer un nuevo orden interno para mantener incólumes mis principios más básicos y obtener así una nueva victoria por pírrica que sea.
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Iniciar de esta forma y manera el año que hoy nos saluda no es precisamente un canto a la esperanza y la ilusión, iniciar así esta nueva andadura no presagia nada bueno, comenzar una nueva incursión en el bando del enemigo de esta guisa no asegura victoria alguna, pero hay veces que un pesimista es más certero que un optimista mal informado, y si nada esperas no arriesgas a que el premio final sea una nueva decepción.
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No me gusta, no me gusta este 2013. Nada le pido, nada espero, nada me ofrece, sólo tengo la convicción de que el tiempo es inexorable y que en su tozudez llegaremos también a su sepelio y que espero estar entre los que le velen y acompañen en su entierro. Lo mejor de este año es que al igual que todos los anteriores también tiene su fin.
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domingo, 30 de diciembre de 2012

El año que vivimos peligrosamente



En poco más de 24 horas habremos dado el finiquito a este año 2012. Ha sido un año duro, yo diría que el peor de los 50 que llevaré vividos en breves días. Ha sido el año que vivimos peligrosamente.
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El día 1 de enero del presente escribí una entrada en la que bautizaba a estos doce meses como el año solidario. No cabía otra, teníamos entonces por delante 365 días de dificultad máxima, con la crisis económica instalada entre todos nosotros, con las primeras medidas del incipiente gobierno del PP que ya apuntaban todo tipo de ajustes económicos y reformas mal enfocadas, con un año previo también desastroso y una herencia económica del anterior gobierno que no dejaba duda alguna sobre lo que nos podía esperar. El año ha sido mucho peor de lo que cualquiera pudiéramos prever, ha sido un año donde la amenaza ha sido constante y diaria, un año lleno de cesiones, concesiones, esfuerzos, desalientos, frustraciones, miedos y fracasos. Hemos vivido en el filo de la navaja y a penas si hemos llegado a su fin con un mínimo aliento y prácticamente ninguna esperanza como colectivo, como conjunto de la ciudadanía, como sociedad. Hemos resuelto cada jornada desde la incógnita de la desesperanza, desde la ecuación sin solución con un resultado negativo acumulado en el saldo de nuestras vidas, hemos tirado de todas las reservas, las habidas y las de por haber, hemos dejado las cuentas en números rojos, hemos alcanzado el final de este partido pidiendo la hora como los equipos que defienden un resultado justo, sin brillantez y agónico, y al final el balance ha sido malo, muy malo tirando a nefasto.
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Quizás podemos señalar con el dedo acusador a cada uno de los responsables de esta situación, todos ellos tienen nombre y apellido, todos ellos juntos se han sobrado y empeñado en hacerlo rematadamente mal para ahondar en la peor de las situaciones jamás vividas. Ya no hay diferencias notables entre los unos y los otros, da igual la ralea a la que pertenezcan son homónimos, siameses en sus incapacidades, convergentes en la falacia y el engaño, defraudadores y ladrones de esperanza, confianza e ilusión. Ellos, los de siempre, son los responsables de nuestros vértigos,  de nuestras miserias, de nuestra indigencia moral y material.
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Hemos vivido un año en constante peligro, en continua amenaza, con enormes dificultades, en jaque mate. Nadie nos ha ofrecido una solución, una balsa para salvarnos, un hierro candente donde asirnos. Todo son falsas justificaciones, vanas promesas, escusas sin sentido. Todavía hoy espero y deseo que alguno de ellos, da igual su posición, nos mire a la cara y sin tapujos nos ofrezca una verdad por incómoda y dolorosa que sea, que alguno de ellos salga al ruedo de los medios y manifieste que de esto no salimos solos, que hoy más que nunca necesitamos sumar el esfuerzo de todos, que nos agarremos los machos, que apretemos más los dientes y que de este pozo negro y profundo sólo salimos si nos ponemos todos a trabajar. Si tan sencillo como esto, tan cierto como esto, una única verdad, una única solución, un único ejemplo: trabajar, trabajar, trabajar.
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Se que es difícil, que las fuerzas ya están en los límites, incluso por debajo de ellos, que la fe la perdimos ya hace mucho tiempo, que las penurias a todos nos aprietan, que las dudas son muchas y muy inciertas, que el agotamiento individual es aún más grande, pero lo único que podemos hacer, lo único de valor que podemos ofrecer como individuos es nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestro compromiso. De este carro o tiramos todos o reventamos a los bueyes, de este carro o empujamos ahora como nunca o morimos todos en el intento.
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Me gustaría que las cosas fuesen de otra manera, me gustaría cerrar este año que hemos vivido tan peligrosamente diciendo, pensando y sintiendo que lo peor ya paso, pero muy a mi pesar creo que aun esta por llegar, y tengo el convencimiento de que o arrimo aún más el hombro o el año próximo a estas alturas estaré lamentando que por insuficiente el esfuerzo fue baldío, y la situación en la que pueda estar aún será más dolorosa y apremiante.
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Del 2013 hablaremos en un par de días para darle la bienvenida, pero como adelanto: no me gusta, no me gusta.
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Disfrutar de estas fiestas, despedir como se merece al año que ya termina, darle el pasaporte y hacer una fiesta como ofrenda al que tan mal nos lo ha hecho pasar, no ha podido con nosotros y en su fin está nuestro triunfo. 
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jueves, 6 de diciembre de 2012

Dolce far niente



Dolce far niente (dulce no hacer nada) o el arte de la vida relajada y ociosa. Dejar expandir el holgazán que llevo dentro.
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Rindo hoy homenaje a todos aquellos que han hecho arte de tal disciplina, de tal forma y manera de entender la vida. Rindo público homenaje a los que libremente han elegido la felicidad que proporciona disfrutar, un día si y otro también, de ver pasar el tiempo sin sentimiento de culpabilidad, por todo aquello que podría estar haciendo y no le da la gana hacer. A todos aquellos que disfrutan simplemente por el hecho de estar e incluso no ser, a todos los que sin importarles nada deciden contemplar la vida sin vivirla en primera persona.
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Lo digo yo que añoro a diario esta facultad que no tengo, quien día tras día batalla con la vida sin concesiones, sin aliento ni tiempo para terminar todo lo que deja pendiente cada jornada. Lo digo desde la malsana envidia que me produce sentirme un inútil funcional, incapaz de parar más de cinco minutos seguidos para contemplar lo que a mi alrededor ocurre, o simplemente, parar para regalarme un disfrute de cualquiera de los cinco sentidos en las mil y una manifestaciones que nos ofrece la vida sin tener consciencia de ello.
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Dolce far niente, quimera inalcanzable, paraíso del infatigable hacedor de nada, lupanar de la contemplación, prostíbulo del siempre mil veces ocupado, pecado de muerte para el hacendoso, tentación inalcanzable para el afanoso creador de la vida mísera sin ocio ni dispendio, entelequia del yo superlativo generador de riqueza material y vacío espiritual.
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Dolce far niente, golpea con fuerza la aldaba del portón de mi alma, entra e invade todo mi ser, y permite que me abandone en tu lecho de pereza e indolencia, envenena mi voluntad, y arrástrame a una vida ajena al débito del esfuerzo, celo, tesón, ahínco y desvelo.
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Dolce far niente, rapta para siempre mi determinación y conquista mi persona para doblegar mi albedrío, y convertirme en tu más incondicional y leal servidor.
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Dolce far niente, a ti te ofrezco los años que aún han de llegar para redimir los excesos de la necedad de una vida sin premio ni recompensa.
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domingo, 28 de octubre de 2012

Terry, te va.




Esta mañana, como la mayoría de los domingos del año, he salido de casa muy temprano. Había quedado con mi amigo de paseos y caminatas por la sierra de Madrid para acercarnos al puerto de Navacerrada y subir hasta el pico de la Maliciosa.
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Hemos quedado a las ocho, con la intención de estar en el puerto no más tarde de y media y así empezar nuestra marcha de buena mañana, como a nosotros nos gusta. Según avanzábamos puerto arriba y a pesar de que la mañana se adivinaba soleada hemos comprobado que la temperatura descendía y un fuerte viento soplaba arrastrando las nubes a gran velocidad.
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Como aguerridos montañeros nos hemos preparado nada más bajarnos del coche, y a pesar de las bajas temperaturas, cuatro grados bajo cero, nos hemos cargado las mochilas a la espalda, ajustado los bastones y hemos iniciado el camino que primero nos debe llevar a la Bola del Mundo. No habíamos dado más de treinta pasos y ya no sentíamos los dedos de las manos, las orejas eran de cristal y el frío se había adentrado en nosotros a pesar de los forros polares y demás ropas de abrigo. El viento soplaba haciendo verdadero daño en la cara, y la sensación térmica podría ser de diez o doce grados por debajo de cero.
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Cual damiselas de salón de té, nos hemos parado, una mirada ha sido suficiente para entendernos, y con un único pensamiento por parte de ambos (que le den ¡!!) hemos dado media vuelta y sin dignidad alguna hemos desecho los pocos pasos dados hasta la cima. La cosa pintaba bastos y nuestros cuerpos no estaban preparados para sufrir tal gélido ambiente.
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Con el afán de recuperar una temperatura corporal que en escasos minutos nos había abandonado como el desodorante de los anuncios, hemos entrado en la única venta del puerto abierta a esas horas. Hemos dudado unos segundos entre un café con leche calentito que nos devolviera el tono vital perdido en la intentona o un carajillo de toda la vida, que en situaciones como esta obra milagros. No había color, el carajillo era el elixir necesario para recuperar el aliento perdido.
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Y de repente, zas ¡ Un golpe de nostalgia aparece ante nuestros ojos. Una botella de Terry, el coñac centenario que había desaparecido de nuestras vidas hace infinidad de años. Ante nuestra sorpresa y el comentario, la afable camarera nos deja aún más perplejos, el afamado coñac de los años setenta se pide y mucho en estos lares. Que lejos nos hemos sentido de una realidad tan cercana y distante a la vez de nuestras vidas.
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No es que yo desayune cada mañana un carajillo, si he de ser sincero habré recurrido a él unas contadas veces en mi vida, pero si mi memoria no me falla la última vez que ingerí uno en algún campestre madrugón invernal fue Magno el coñac que completó el café sólo de aquella ocasión.
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Algunas veces la vida te brinda estas oportunidades. A través de una casualidad recuerdas cosas y productos que cuando niños formaban parte de ti, y no es que a esa edad yo le diera al coñac como complemento alimenticio, eran los anuncios de tu niñez, productos y marcas que reconocías a cada instante y que con el paso de los años piensas que han desaparecido.
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Ahí estaba Terry, hoy una medicina vital para volver a sentir un cuerpo entumecido por el frío, ayer el coñac que te va, el coñac del caballo blanco y la amazona que se asomaba a través de las pantallas de televisión a cualquier hora del día, un coñac para hombres.
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