martes, 1 de enero de 2013

2013: ¡No me gusta, no me gusta!


Lo adelantaba en mi última entrada del año que ha terminado hace poco más de once horas, este nuevo que hoy iniciamos no me gusta, no me gusta.
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Nada tiene que ver con la terminación de un número bajo sospecha siempre en la superstición popular, ni aún ha tenido tiempo suficiente para darnos un gran disgusto, simplemente y como coherencia a lo ya escrito en otras ocasiones, la prolongación de estos 365 días que tenemos por delante pinta bastos una vez más.
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Para ir por partes y por aquello de ser justos el día ha despertado por estos lares frío y desapacible. Muy de mañana salí como de costumbre a pasear con Klaus, las primeras horas de cualquier día 1 de cualquier año es un desierto humano por los caminos y sendas que rodean mi casa, ni un alma con la que cruzarse durante todo el paseo. El frío y la humedad se adueñan del cuerpo que aún mantiene el calor de una ducha confortable y el primer café del día. La niebla espesa esconde los recodos del camino, engaña los sentidos y boicotea un intento de doblegar la pereza y a penas concede media hora de caminar sin acentuar la necesidad de volver al refugio del calor del hogar. Un rato más tarde recorro las calles de un pueblo que se despereza, los primeros vecinos que han salido a la calle con la intención de encontrar el pan aún caliente de la única tahona abierta se entremezclan con los últimos de Filipinas volviendo a sus respectivas casas destrozados por una noche que esta por terminar, maltrechos y agotados después de haberlo dado todo y un poco más. Un espectáculo en algunos casos muy lamentable.
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Todo suena a viejo, a algo ya vivido año tras año. Poco o nada ha cambiado, todo continua igual que hace un año, todo es igual de ajeno, de extraño y lejano. No hay un solo signo o señal de que iniciamos un nuevo ciclo, una nueva era, un nuevo periodo.
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Con estas sensaciones vuelvo a casa para cumplir con esta cita y me descubro igual de contrariado que hace unas pocas horas. ¿Qué nos puede ofrecer este nuevo año? ¿Qué nos vamos a encontrar por delante, en un futuro inmediato, en estos nuevos doce meses que están por llegar? El año pasado, un día como hoy, escribía que el año que ya terminó sería el de la solidaridad, que habría que saber renunciar a  muchas cosas y que deberíamos quedarnos con los pequeños detalles, los pequeños gestos, las metas más inmediatas donde se esconde la verdadera felicidad. ¿Y para este que pedimos? No encuentro la respuesta adecuada, da vértigo pensar e intentar adivinar que nos espera, la fatiga acumulada ya es inmensa, el esfuerzo ofrecido ha sido magnánimo, el compromiso mastodóntico y las fuerzas flaquean. Me gustaría ser optimista, me gustaría imaginar un año placentero en las antípodas del ya finiquitado, pero la realidad se obstina en pronosticar aún un mayor sacrificio, más dolor y mayor penuria.
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No me gusta, no sé hasta donde darán de si las pocas fuerzas que aún me restan, tengo el depósito en reserva, con el piloto rojo encendido desde hace ya meses, seguir estirando la goma sin romperla me parece una tarea que roza el límite de mi elasticidad.
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No me gusta, los pocos refugios de los que dispongo para protegerme de los ataques diarios se desquebrajan, la solidez de mi persona se tambalea y la sensación de la derrota final por hastío es mayor cada jornada. Necesito encontrar el elixir de la felicidad, necesito descubrir la pócima mágica que embargue todos mis sentidos y cree una nueva realidad o fantasía que me permita alcanzar el fin de este nuevo año sin dejar mi maltrecha alma en el intento. Necesito establecer un nuevo orden interno para mantener incólumes mis principios más básicos y obtener así una nueva victoria por pírrica que sea.
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Iniciar de esta forma y manera el año que hoy nos saluda no es precisamente un canto a la esperanza y la ilusión, iniciar así esta nueva andadura no presagia nada bueno, comenzar una nueva incursión en el bando del enemigo de esta guisa no asegura victoria alguna, pero hay veces que un pesimista es más certero que un optimista mal informado, y si nada esperas no arriesgas a que el premio final sea una nueva decepción.
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No me gusta, no me gusta este 2013. Nada le pido, nada espero, nada me ofrece, sólo tengo la convicción de que el tiempo es inexorable y que en su tozudez llegaremos también a su sepelio y que espero estar entre los que le velen y acompañen en su entierro. Lo mejor de este año es que al igual que todos los anteriores también tiene su fin.
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domingo, 30 de diciembre de 2012

El año que vivimos peligrosamente



En poco más de 24 horas habremos dado el finiquito a este año 2012. Ha sido un año duro, yo diría que el peor de los 50 que llevaré vividos en breves días. Ha sido el año que vivimos peligrosamente.
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El día 1 de enero del presente escribí una entrada en la que bautizaba a estos doce meses como el año solidario. No cabía otra, teníamos entonces por delante 365 días de dificultad máxima, con la crisis económica instalada entre todos nosotros, con las primeras medidas del incipiente gobierno del PP que ya apuntaban todo tipo de ajustes económicos y reformas mal enfocadas, con un año previo también desastroso y una herencia económica del anterior gobierno que no dejaba duda alguna sobre lo que nos podía esperar. El año ha sido mucho peor de lo que cualquiera pudiéramos prever, ha sido un año donde la amenaza ha sido constante y diaria, un año lleno de cesiones, concesiones, esfuerzos, desalientos, frustraciones, miedos y fracasos. Hemos vivido en el filo de la navaja y a penas si hemos llegado a su fin con un mínimo aliento y prácticamente ninguna esperanza como colectivo, como conjunto de la ciudadanía, como sociedad. Hemos resuelto cada jornada desde la incógnita de la desesperanza, desde la ecuación sin solución con un resultado negativo acumulado en el saldo de nuestras vidas, hemos tirado de todas las reservas, las habidas y las de por haber, hemos dejado las cuentas en números rojos, hemos alcanzado el final de este partido pidiendo la hora como los equipos que defienden un resultado justo, sin brillantez y agónico, y al final el balance ha sido malo, muy malo tirando a nefasto.
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Quizás podemos señalar con el dedo acusador a cada uno de los responsables de esta situación, todos ellos tienen nombre y apellido, todos ellos juntos se han sobrado y empeñado en hacerlo rematadamente mal para ahondar en la peor de las situaciones jamás vividas. Ya no hay diferencias notables entre los unos y los otros, da igual la ralea a la que pertenezcan son homónimos, siameses en sus incapacidades, convergentes en la falacia y el engaño, defraudadores y ladrones de esperanza, confianza e ilusión. Ellos, los de siempre, son los responsables de nuestros vértigos,  de nuestras miserias, de nuestra indigencia moral y material.
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Hemos vivido un año en constante peligro, en continua amenaza, con enormes dificultades, en jaque mate. Nadie nos ha ofrecido una solución, una balsa para salvarnos, un hierro candente donde asirnos. Todo son falsas justificaciones, vanas promesas, escusas sin sentido. Todavía hoy espero y deseo que alguno de ellos, da igual su posición, nos mire a la cara y sin tapujos nos ofrezca una verdad por incómoda y dolorosa que sea, que alguno de ellos salga al ruedo de los medios y manifieste que de esto no salimos solos, que hoy más que nunca necesitamos sumar el esfuerzo de todos, que nos agarremos los machos, que apretemos más los dientes y que de este pozo negro y profundo sólo salimos si nos ponemos todos a trabajar. Si tan sencillo como esto, tan cierto como esto, una única verdad, una única solución, un único ejemplo: trabajar, trabajar, trabajar.
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Se que es difícil, que las fuerzas ya están en los límites, incluso por debajo de ellos, que la fe la perdimos ya hace mucho tiempo, que las penurias a todos nos aprietan, que las dudas son muchas y muy inciertas, que el agotamiento individual es aún más grande, pero lo único que podemos hacer, lo único de valor que podemos ofrecer como individuos es nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestro compromiso. De este carro o tiramos todos o reventamos a los bueyes, de este carro o empujamos ahora como nunca o morimos todos en el intento.
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Me gustaría que las cosas fuesen de otra manera, me gustaría cerrar este año que hemos vivido tan peligrosamente diciendo, pensando y sintiendo que lo peor ya paso, pero muy a mi pesar creo que aun esta por llegar, y tengo el convencimiento de que o arrimo aún más el hombro o el año próximo a estas alturas estaré lamentando que por insuficiente el esfuerzo fue baldío, y la situación en la que pueda estar aún será más dolorosa y apremiante.
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Del 2013 hablaremos en un par de días para darle la bienvenida, pero como adelanto: no me gusta, no me gusta.
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Disfrutar de estas fiestas, despedir como se merece al año que ya termina, darle el pasaporte y hacer una fiesta como ofrenda al que tan mal nos lo ha hecho pasar, no ha podido con nosotros y en su fin está nuestro triunfo. 
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jueves, 6 de diciembre de 2012

Dolce far niente



Dolce far niente (dulce no hacer nada) o el arte de la vida relajada y ociosa. Dejar expandir el holgazán que llevo dentro.
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Rindo hoy homenaje a todos aquellos que han hecho arte de tal disciplina, de tal forma y manera de entender la vida. Rindo público homenaje a los que libremente han elegido la felicidad que proporciona disfrutar, un día si y otro también, de ver pasar el tiempo sin sentimiento de culpabilidad, por todo aquello que podría estar haciendo y no le da la gana hacer. A todos aquellos que disfrutan simplemente por el hecho de estar e incluso no ser, a todos los que sin importarles nada deciden contemplar la vida sin vivirla en primera persona.
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Lo digo yo que añoro a diario esta facultad que no tengo, quien día tras día batalla con la vida sin concesiones, sin aliento ni tiempo para terminar todo lo que deja pendiente cada jornada. Lo digo desde la malsana envidia que me produce sentirme un inútil funcional, incapaz de parar más de cinco minutos seguidos para contemplar lo que a mi alrededor ocurre, o simplemente, parar para regalarme un disfrute de cualquiera de los cinco sentidos en las mil y una manifestaciones que nos ofrece la vida sin tener consciencia de ello.
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Dolce far niente, quimera inalcanzable, paraíso del infatigable hacedor de nada, lupanar de la contemplación, prostíbulo del siempre mil veces ocupado, pecado de muerte para el hacendoso, tentación inalcanzable para el afanoso creador de la vida mísera sin ocio ni dispendio, entelequia del yo superlativo generador de riqueza material y vacío espiritual.
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Dolce far niente, golpea con fuerza la aldaba del portón de mi alma, entra e invade todo mi ser, y permite que me abandone en tu lecho de pereza e indolencia, envenena mi voluntad, y arrástrame a una vida ajena al débito del esfuerzo, celo, tesón, ahínco y desvelo.
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Dolce far niente, rapta para siempre mi determinación y conquista mi persona para doblegar mi albedrío, y convertirme en tu más incondicional y leal servidor.
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Dolce far niente, a ti te ofrezco los años que aún han de llegar para redimir los excesos de la necedad de una vida sin premio ni recompensa.
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domingo, 28 de octubre de 2012

Terry, te va.




Esta mañana, como la mayoría de los domingos del año, he salido de casa muy temprano. Había quedado con mi amigo de paseos y caminatas por la sierra de Madrid para acercarnos al puerto de Navacerrada y subir hasta el pico de la Maliciosa.
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Hemos quedado a las ocho, con la intención de estar en el puerto no más tarde de y media y así empezar nuestra marcha de buena mañana, como a nosotros nos gusta. Según avanzábamos puerto arriba y a pesar de que la mañana se adivinaba soleada hemos comprobado que la temperatura descendía y un fuerte viento soplaba arrastrando las nubes a gran velocidad.
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Como aguerridos montañeros nos hemos preparado nada más bajarnos del coche, y a pesar de las bajas temperaturas, cuatro grados bajo cero, nos hemos cargado las mochilas a la espalda, ajustado los bastones y hemos iniciado el camino que primero nos debe llevar a la Bola del Mundo. No habíamos dado más de treinta pasos y ya no sentíamos los dedos de las manos, las orejas eran de cristal y el frío se había adentrado en nosotros a pesar de los forros polares y demás ropas de abrigo. El viento soplaba haciendo verdadero daño en la cara, y la sensación térmica podría ser de diez o doce grados por debajo de cero.
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Cual damiselas de salón de té, nos hemos parado, una mirada ha sido suficiente para entendernos, y con un único pensamiento por parte de ambos (que le den ¡!!) hemos dado media vuelta y sin dignidad alguna hemos desecho los pocos pasos dados hasta la cima. La cosa pintaba bastos y nuestros cuerpos no estaban preparados para sufrir tal gélido ambiente.
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Con el afán de recuperar una temperatura corporal que en escasos minutos nos había abandonado como el desodorante de los anuncios, hemos entrado en la única venta del puerto abierta a esas horas. Hemos dudado unos segundos entre un café con leche calentito que nos devolviera el tono vital perdido en la intentona o un carajillo de toda la vida, que en situaciones como esta obra milagros. No había color, el carajillo era el elixir necesario para recuperar el aliento perdido.
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Y de repente, zas ¡ Un golpe de nostalgia aparece ante nuestros ojos. Una botella de Terry, el coñac centenario que había desaparecido de nuestras vidas hace infinidad de años. Ante nuestra sorpresa y el comentario, la afable camarera nos deja aún más perplejos, el afamado coñac de los años setenta se pide y mucho en estos lares. Que lejos nos hemos sentido de una realidad tan cercana y distante a la vez de nuestras vidas.
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No es que yo desayune cada mañana un carajillo, si he de ser sincero habré recurrido a él unas contadas veces en mi vida, pero si mi memoria no me falla la última vez que ingerí uno en algún campestre madrugón invernal fue Magno el coñac que completó el café sólo de aquella ocasión.
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Algunas veces la vida te brinda estas oportunidades. A través de una casualidad recuerdas cosas y productos que cuando niños formaban parte de ti, y no es que a esa edad yo le diera al coñac como complemento alimenticio, eran los anuncios de tu niñez, productos y marcas que reconocías a cada instante y que con el paso de los años piensas que han desaparecido.
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Ahí estaba Terry, hoy una medicina vital para volver a sentir un cuerpo entumecido por el frío, ayer el coñac que te va, el coñac del caballo blanco y la amazona que se asomaba a través de las pantallas de televisión a cualquier hora del día, un coñac para hombres.
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domingo, 21 de octubre de 2012

Qué poco tino !




Qué poco tino! Tomás Gómez secretario general de los socialistas de Madrid especialista en meter la pata. Flaco favor hace a las filas socialistas. La demagogia es muy mala compañera en esto de la política.
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Ya avancé hace unos meses, en la antesala de las elecciones autonómicas del pasado año, que este señor era la mejor opción que el PP tenía para mantener su gobierno al frente de la Comunidad de Madrid. Lo mantengo y lo aumento. Ya puede deshacerse en pedacitos la estructura del partido del gobierno actual en esta comunidad, que jamás verán amenazado su gobierno si la mejor oferta del partido de la oposición continua siendo este individuo.
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Una vez más se luce en el parlamento autonómico con una intervención fuera de lugar, tiempo y actualidad. No se puede acusar a unos señores elegidos democráticamente por una amplia mayoría de ciudadanos de ser igual que sus abuelos, supuestamente todos franquistas y fascistas. No voy a repetir la frase, no merece la pena mayor propagación de tal idiotez.
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Si que me gustaría indicar a este buen señor, que esos supuestos antepasados fascistas los tienen también entre los compañeros de su propio partido y que no por ello son menos respetables que él mismo. Muy al contrario han trabajado mucho y mejor que él por la democracia de este país y porque su partido haya sido una opción de gobierno tan válida como la que hoy ostenta esta responsabilidad. Todos tenemos o hemos tenido abuelos, algunos estuvieron en un bando u otro por creencias, principios y posiciones políticas, muchos de ellos por casualidades geográficas, otros aún se preguntan porque les tocó en un bando o el contrario.  Dejemos a nuestros abuelos en paz, ellos fueron responsables de sus actos, de los nuestros a cada cual nos tocará rendir cuenta cuando nos llegue el momento.
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Antes de injuriar de forma general a sus contrarios el Sr. Gómez debería recordar que el padre del secretario general de su partido fue piloto de la aviación franquista y después piloto de Iberia, que el padre del Sr. Bono fue Alcalde de Arenas de San Pedro y Jefe Provincial del Movimiento, que el suegro del ex presidente del gobierno Sr. González fue Médico del ejercito del Aire y concejal del Ayuntamiento de Sevilla en el franquismo, que su compañera de partido Maru Menéndez es hija del almirante Menéndez el cargo militar superior que entro en el Congreso de los Diputados en el golpe militar del 23-F, además de cuñada de un hijo de Blas Piñar, fundador de FN.
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Y qué más nos da. Al final todos y cada uno de ellos están donde han llegado por pleno derecho, porque democráticamente han sido elegidos y porque ninguno es responsable de las ideas, pensamientos y posiciones políticas de sus familiares. Si hay que juzgarles y alguien se cree con la autoridad de hacerlo, serán por sus aciertos o por sus errores, por su honradez o por sus corruptelas, por sus capacidades para estar donde han llegado no por su árbol genealógico.
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Si el Sr. Tomás Gómez sólo puede ser actualidad por este tipo de declaraciones, es mejor que abandone y se marche, seguro que hay gente mucho más preparada en las filas del PSM para hacer de forma y manera excelente el trabajo que hoy todos necesitamos y que él no sabe por donde empezar.
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Txapetina




Este palabro que da nombre a la entrada de hoy no es invención mía. Ayer lo encontré en la viñeta de Ricardo & Nacho en el diario El Mundo. Como siempre me pareció fascinante y envidiable la capacidad que tienen para sintetizar la realidad con sus dibujos y a penas un par de palabras. La Txapetina como símbolo representa la unión de los nacionalismos vasco y catalán. Es la realidad que vive nuestro país, es una realidad incuestionable a pesar de todas las polémicas habidas o por haber.
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Parece llegado el momento del divorcio, de la separación de dos comunidades autónomas que aspiran a convertirse en estados independientes. Podemos estar de acuerdo o no, podemos pensar incluso si es el momento más idóneo para que ocurra la emancipación. Parece que los problemas económicos que atraviesa nuestro país no recomiendan realizar escisiones políticas, pero es cierto que cuando los sentimientos afloran con tal contundencia no hay nada ni nadie que puedan evitar una realidad que ha ido ganando adeptos año tras año desde hace ya varías décadas.
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No estoy de acuerdo con aquellos que declaran que todo esto es un mero problema económico, que cediendo en los acuerdos de financiación bilateral todo quedará resuelto. Creo que nuestros políticos no quieren ver una realidad que va mucho más allá. Ambos pueblos llevan demandando su salida de España desde tiempos pasados. Los caminos han sido muy diferentes, la violencia y la falta absoluta de libertad en uno de los casos, y la negociación siempre de índole económica en el otro. Hoy convergen ambos en una petición, parece que mayoritaria, de independencia. El resto podemos taparnos los ojos, incluso los oídos y las bocas, pero eso no ocultará una realidad que se impone día a día.
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El sentimiento de orgullo y pertenencia se ha puesto de manifiesto y esto nada tiene que ver con las realidades políticas o económicas de los países. Cuando el conjunto de la ciudadanía de cualquier país reivindica estos sentimientos para ellos de forma exclusiva no hay ninguna otra razón que haga parar la marea. Nos pasa a todos, sin ser nacionalistas, sin tener una necesidad de confirmar nuestra pertenencia a ningún estado. Lo hemos vivido y lo vivimos cada día por ejemplo a través del deporte. Todos hemos sido españoles con los triunfos de nuestra selección de fútbol, o con los títulos ganados por nuestros deportistas o equipos en cualquier competición. En esos momentos aflora nuestro orgullo, nuestro sentimiento más profundo de pertenecer al país que ha ganado imponiéndose a todos sus contrarios. Aquí no hay más, nos olvidamos del dinero, de los intereses, de las primas de riesgos, de la intervención económica e incluso de todos los gobiernos que cada día nos ajustan el bolsillo un poco más.
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Seguramente durante años los políticos y gobernantes de estas comunidades han estado contando lo bueno que es ser distinto, lo bueno que es ser otro país, lo importante que es caminar solos y recorrer el resto de la historia como estados independientes. Es cierto que nadie ha contado lo malo y los problemas que estas decisiones pueden acarrear, pero ya es tarde, ya no hay marcha atrás, la idea está comprada y el objetivo está muy cerca y aunque lleguen muchos sacrificios y dificultades, hoy existe sólo una meta y hay que alcanzarla.
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Como las parejas malavenidas, llega un momento que es mejor estar sólo que mal acompañado. Estamos muy cerca de ese punto donde una pareja pasa de discutir sus diferencias con cierta racionalidad y cordura, a la confrontación más dura y despiadada estilo la película La Guerra de los Rose. Las relaciones se deben terminar de forma civilizada, cuando se impone la realidad de que uno de los dos no quiere seguir en un proyecto común es mejor dialogar, negociar y facilitar la separación, y con el paso del tiempo, en la lejanía, recomponer las bases, ajustarse a la nueva realidad e iniciar una nueva andadura en paz y tranquilidad. Creo que ha llegado el momento, creo que nuestros políticos han de ser sinceros, incluso generosos en el reparto de los bienes materiales y romper peras. Todos nos cansamos de escuchar reproches, acusaciones, insidias y mentiras. Seguir forzando una relación terminada carece de sentido. Seamos razonables y respetuosos, seamos todos generosos, rompamos lazos desde la racionalidad y dejemos que cada cual elija su propio camino. Los ciudadanos que estando en cualquiera de las naciones resultantes quieran cambiar su domicilio, lo harán de igual manera que los hijos mayores de edad y aún dependientes de la economía familiar deciden si ir a vivir con su madre o su padre. Dejemos que la libertad de elección de cada cual determine los futuros individuales.
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En el mismo símil declaro que estoy harto de las broncas que hoy vivimos cada día, que se peleen en nombre mío para defender una unión que ya carece de sentido. Bastante tengo cada día como para ser testigo de una relación podrida que de forma ficticia se nos impone, es mejor romper y hacerlo de frente y por derecho, en este tema además uno no puede ir a por tabaco y no volver. 
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domingo, 23 de septiembre de 2012

Lunch a top a Skyscraper



Creo que esta imagen ha sido una de las que mejor han retratado una época. Me parece imposible pensar en alguien con cierta edad ya cumplida que no haya visto y disfrutado de la misma en algún momento de su vida. Almuerzo en lo alto de un rascacielos, ha celebrado esta semana su ochenta cumpleaños, y lo mejor es que lo hizo sin perder un ápice de su popularidad.
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Esta fotografía de los once albañiles comiendo en una viga de acero a sesenta y nueve pisos de altura de lo que sería el Rockefeller Center en la ciudad de New York, fue realizada en septiembre de 1932 por Ebbets y publicada un mes más tarde en el New York Herald Tribune.
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Fue un símbolo, y quizás la mejor representación gráfica de la mayor crisis mundial económica y financiera hasta ahora conocida y que se inició con el Crack del 29.
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Por desgracia para nosotros, casi un siglo después, vivimos una situación igual de desesperada y caótica. La situación actual que afecta sobremanera a nuestro país podría asemejarse en mucho a lo vivido en aquellos años en USA y en el resto del mundo. Han pasado ochenta años, una segunda guerra mundial, una guerra civil en España, y muchos acontecimientos más a nivel mundial, europeo y nacional, para descubrir que como entonces los logros y avances alcanzados son tan efímeros y débiles que se desvanecen sin capacidad alguna para salvaguardarlos.
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De aquella gran crisis se salió adelante, me imagino que no sin grandes sacrificios, de está en la que estamos instalada desde hace ya varios penosos años quiero pensar que también. Estamos renunciando a muchos privilegios, derechos y a un bienestar instalado en la sociedad occidental que nos duele en lo más profundo de nuestros seres, pero desde esta renuncia, desde el sacrificio ya realizado tendremos que volver a crecer para recuperar el tramo del camino que ya transitamos en décadas anteriores.
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Me queda la terrible duda de tener al frente de cada país a los mejores líderes posibles. La calidad de nuestros políticos, especialmente los españoles, dejan mucho que desear y con ellos al frente nuestras posibilidades se recortan y los esfuerzos se multiplican. Cuando hemos de luchar y pelear en las peores condiciones, para ganar las batallas necesitamos a los mejores, y estos hace ya tiempo que se dedican a otros menesteres que no son la política. Los grandes estadistas, los prohombres de las naciones, hacen años que abandonaron la vida pública. Hoy son los mediocres los que cogieron el testigo, los que decidieron hacer carrera profesional al amparo de los partidos políticos, los que como objetivo buscan llegar a lo más alto de un gobierno, un parlamento o un ayuntamiento para vivir a costa de sus conciudadanos y labrarse un futuro que les garantice su propio bien estar a cambio de no ofrecer nada, a cambio de tapar sus miserias, carencias e incapacidades en el mundo del servicio público para mayor gloria de su beneficio personal.
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Desde el abismo de una viga de acero colgada a sesenta y nueve pisos de altura, aquellos once obreros se convirtieron sin saberlo en un símbolo, en un icono que ha representado durante ocho décadas la lucha por la supervivencia, el esfuerzo para alcanzar el progreso, la sencillez de los valores frente a la complejidad y la maldad de los sistemas.
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Necesitamos nuestra propia iconografía, necesitamos encontrar nuestro propio símbolo que al igual que éste represente nuestra lucha callada y anónima para salir adelante, para vencer a nuestra crisis y para que en un futuro cuando las siguientes generaciones recuerden estos años, entiendan a través de una única imagen aquello que la historia intentará explicar o incluso justificar en un sentido u otro dependiendo del resultado que aún está por llegar.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

SPANISH FICTION



Este vídeo recorre la red en estas últimas semanas. Con mucho humor, utilizando la caricatura y el sarcasmo, resume una realidad que nos debería abrumar y avergonzar como ciudadanos de un país que se llama España.
Aunque te arranque una sonrisa e incluso una carcajada, no olvides que es muy cierto todo lo que en él se parodia. Ya me gustaría a mi que en realidad, todo lo que vivimos desde hace ya más de cinco años no fuera más que una ridícula ficción.
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domingo, 9 de septiembre de 2012

La lucha que nunca termina.




No es una reflexión mía. Le he pisado la sotana a mi amigo y compañero de paseos matutinos los domingos por la sierra de Madrid. Un poco mayor que yo y muy duro de pelar. Físicamente en un muy buen tono y mejor estado, que me revienta en más de una subida a los picos de nuestro nuevo parque natural de Guadarrama.
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En uno de estos paseos compartiendo reflexiones me hizo un comentario sobre la pelea que cada día tiene consigo mismo y con los demás. A partir de ciertas edades, yo friso los cincuenta, uno en la vida se pelea doblemente. Nos demostramos cada día que nuestras capacidades, aun mermadas por el paso del tiempo, son suficientes para dar batalla a cualquiera que se nos cruce en el camino, y que además es bueno mantener un nivel de exigencia con uno mismo para demostrarnos que podemos llegar más allá y que dejar acomodarse a nuestro cuerpo y a nuestra mente es un error de libro, que la lucha continua y que al final, siendo conscientes de nuestros alcances, un alto nivel de esfuerzo supera con creces cualquier meta y perspectiva impuesta en nuestra vida. No puedo estar más de acuerdo en el doble planteamiento.
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Siempre había pensado que a partir de cierta edad, con una experiencia profesional ya acumulada, con el respeto de las canas incipientes todavía, con los conocimientos ya acumulados, con muchas vivencias en la mochila, me permitiría llegar a un estar en mi vida profesional más cómodo, menos exigente y con una visión de futuro más sosegada, relajada y porque no decirlo más teórica y menos ejecutiva. Mentira, y de las más gordas.
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No hay excusa, no me siento más víctima que cualquiera de esta maldita crisis que nos azota, no vuelco en las incapacidades de los demás la responsabilidad de mis decisiones, no busco fantasmas donde no los hay, la lucha es mía y sólo mía. Yo soy el que me exijo cada día más, yo soy el que cada mañana al iniciar la jornada busco las fuerzas suficientes para demostrarme y demostrar al resto que no hay nadie más capaz, que al menos doy la talla como cada cual, que puedo con esto y con mucho más y que al final para sacarme de la pelea lo tendrán que hacer dándolo todo y sin ninguna ayuda por mi parte.
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Estoy convencido que todo esto es fruto de la inseguridad, de la necesidad de demostrarme que a pesar de que los años pasan soy tan bueno o tan malo como era hace más de dos décadas cuando inicie mi carrera profesional. Quizás no quiera aceptar, o no sepa, la pérdida de las facultades intrínsecas al avance de mi vida. Quizás no puedo creer que este quien hoy soy, este que cada mañana se ve en el espejo, ya no es el mismo de hace veinte años, que lo que yo quiero ver poco o nada tiene que ver con lo que proyecto y de cómo me ven los demás. Quizás esto es la crisis de los cincuenta, o la vuelta a la actividad laboral que cada año llevo peor después de las vacaciones estivales.
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Es bien sabido que los hombres sufrimos una crisis de identidad al menos una vez en la vida, los hay quien las sufre una vez cada década pasados los treinta. A los cuarenta, y como fruto de esa gran crisis cambiamos tres cosas en nuestras vidas: el coche, siempre por un deportivo rojo, muy vistoso y a ser posible muy caro para presumir de los éxitos profesionales que hemos alcanzado; de mujer porque nos sentimos aún en la flor de la vida, con todo nuestro vigor y capacidades amatorias intactas, y además con el deportivo rojo conquistaremos a infinidad de chicas jóvenes que esperan la llegada de ese príncipe azul, ya talludito pero con las experiencias más fascinantes ya vividas, dispuestas a arruinar nuestras cuentas corrientes y nuestras vidas; y de trabajo porque somos los mejores, los que más sabemos, y porque a esa edad pensamos que no han sabido en nuestras empresas valorar todo lo que hemos dado por ellas y que si no hubiese sido por nuestras iniciativas y decisiones aun seguirían siendo compañías de segunda. Esta crisis ha arruinado a muchos, ha terminado y fulminado a muchos más, y ha dejado un reguero interminable de insatisfechos y arrepentidos para los restos. Yo pasé por ella de puntillas ya casi hace diez años, y aunque reconozco que alguna reminiscencia me queda, creo que fue prueba superada.
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Yo no sé si esta lucha que mantengo es insana para mi cuerpo, espíritu y mente. No sé cuanto de saludable tiene y si en un futuro la cuenta pendiente de pagar será muy alta. Si sé que es casi obsesiva la necesidad de seguir en la pelea, de hacer todo y más por no perder la batalla, de llegar aun más allá y de demostrar a todos y a mi el primero que mantengo la ilusión e incluso la pasión por hacer las cosas bien, y que a pesar de las dificultades puedo lograr lo que cualquier otro haría.
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También es posible que como al nacer nadie nos da el libro de instrucciones de la vida, cada año que pasamos, cada día que vivimos nos reinventamos con más o menos acierto, que en verdad no hay un único patrón y que en el fondo lo que hacemos es intentar que las cosas que hacemos, sentimos y vivimos son las mejores que cada cual puede realizar.
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De momento y hasta que las fuerzas aguanten, seguiré peleando y enfrentándome a la lucha con el mejor espíritu posible, si no he de ganar al menos que la derrota sea la más dulce posible.
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domingo, 2 de septiembre de 2012

Los "Yayos" motorizados




Existe un subgrupo dentro del grupo de mayores en la especie humana que proliferan en los pueblos de la sierra de Madrid durante los meses de verano. En concreto me refiero a la población existente en el pueblo de Alpedrete, que aparecen en los primeros fines de semana del estío y migran de nuevo a sus hábitats naturales cuando el mes de septiembre despunta en el calendario.
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Son un peligro para el resto de sus conciudadanos, y año tras año responsables de altercados, incidentes menores, atascos, colapsos, fricciones y cualquier despropósito que podamos imaginar. Son situaciones temporales que se reducen cuando el verano va tocando a su fin, y que desaparecen durante el resto del año, especialmente cuando el frío cruel del duro invierno se apodera de esta zona de nuestra comunidad.
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Los yayos motorizados actúan siempre en pareja, ambos miembros son responsables por igual de un comportamiento carpetovetónico, imponiendo sus leyes allá donde acuden y saltándose a la torera cualquier norma de convivencia. Son un auténtico peligro para el resto de la especie, imponiendo porque sí sus criterios y razones sin ceder un ápice en sus posiciones.
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Tienen una edad comprendida entre los setenta años y hasta donde la naturaleza les da fuerzas para mantener sus costumbres de antaño, aún conscientes de la pérdida absoluta de sus capacidades y habilidades para realizar actuaciones que hoy deberían estar olvidadas y prohibidas en su imaginario. Circulan por las calles del pueblo a una velocidad aún inferior a los límites recomendados, paran sin previo aviso donde les place, estacionan siempre en doble fila con el único objeto de no andar ni un solo metro hasta el establecimiento que buscan, dejan sus automóviles en lugares prohibidos estrechando sobremanera las vías, desprecian los aparcamientos públicos por estar más lejos de cincuenta metros de su destino, capaces son de parar en plena calle para intercambiar saludos con algún miembro se su especie despreciando al resto de la humanidad que educadamente esperan hasta que ellos decidan dar por terminada su conversación.
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Dentro de las tiendas o establecimientos, no respetan las filas y los turnos, su rango de edad les confiere de una falsa autoridad para colarse impunemente al resto de sus vecinos. Dan por descontado que el resto somos infrahumanos y especialmente los lugareños que deberían reverenciarles por el simple hecho que hayan escogido su pueblo para premiarnos con su presencia durante varios meses al año. Son déspotas en las formas y en los fondos y cuando alguien les hace ver su erróneo comportamiento, se refugian en el respeto a los mayores como argumento falso para imponer su voluntad. Si ellos no responden a las normas de la convivencia difícilmente pueden solicitar un privilegio que con su actitud no les corresponde.
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Como siempre, hacer generalidades suele ser un ejercicio de injusticia, en todos los grupos existen excepciones muy dignas, pero la mayoría de todos ellos corresponden a este patrón y si me apuran a situaciones y actuaciones aún más graves.
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Estamos hoy a dos de septiembre, y en breve veremos como poco a poco nuestros pueblos se verán despoblados de un grupo tan corrosivo y peligroso para el resto. Pasarán los meses y la débil memoria de los humanos olvidarán que acechando quedan los yayos para volver el próximo verano a imponer de nuevo sus leyes.
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Por edad me acerco irreversiblemente a este subgrupo, al menos tengo la intención y la esperanza de alcanzar esos años, pero desde ya pido a los que son más jóvenes que yo que al menor síntoma que declare mi comportamiento de acercarme a este grupo me lo hagan ver con absoluta determinación, sin ningún tipo de rubor y con la más absoluta de las sinceridades, será muy bueno para todos ellos, pero aún mejor para mi propia persona.
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sábado, 18 de agosto de 2012

Desavíos.




De vuelta de vacaciones y de vuelta al blog. Llevo un año un poco perezoso con la escritura y reconozco que me prodigo poco por esta Cambra, en comparación a años anteriores mis presencias son minoritarias y reconozco que algo de sentimiento de culpa me invade. He prometido en entradas anteriores ser más constante en la cita y no dejarme arrastrar por las sensaciones de vagancia y abandono que en estos meses me han acompañado casi semana tras semana. En poco más de un par de días inicio mi nuevo curso profesional, y aunque estoy seguro que será aún más duro y complicado de lo vivido hasta las vacaciones buscaré los momentos de intimidad suficientes para sentarme en el ordenador y alimentar este paupérrimo blog.
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Desconectar unos días ha sido una terapia necesaria, las fuerzas estaban al límite y descansar es una obligación. Reconozco que mis vacaciones no son nada emocionantes, me dedico a la holganza más absoluta, a leer, pasear por la playa, comer y beber. Me olvido de todo lo que con trabajo tiene que ver y dedico un tiempo que en el resto del año no tengo para estar con mis hijos y comprobar todo lo bueno que me pierdo cada día, redescubro personitas ya muy capaces de ser independientes, autónomos en más cosas de las que puedo pensar o adivinar, y me sorprendo con reacciones, acciones, deseos, pensamientos y conversaciones que me regalan a cada momento y que por mi torpeza he perdido durante mucho tiempo.
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Muy al contrario de lo que le puede ocurrir a la mayoría de la gente, estos días para mi son especialmente sentidos, son una necesidad que año tras año recupero para ver como ellos se hacen mayores y como a la vez me hacen más mayor e innecesario en sus vidas. De aquí a nada la añoranza por estos tiempos será grande y en el baúl de mis recuerdos estos veranos tendrán un espacio muy especial.
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Me alejo del motivo de la entrada, la falta de costumbre y mi facilidad para irme por las ramas me desviaban del comentario original. Algunos de vosotros sabéis que reparto mis vacaciones entre Andalucía e Ibiza, este último destino lo exploto cuando el mono de ver a mi hermano y su familia me domina, y echándole un rostro impresionante me planto en su casa para disfrutar de unos días a su lado, además económicamente es una ventaja para mi, no creo que tanto para él, y desde luego un destino de vacaciones nada despreciable. Este año no he querido abusar y me refugié durante casi dos semanas en una playa andaluza que ya he visitado en otras ocasiones. El destino es lo de menos, lo importante es asegurar el sol y buen trato en el hotel y no hacer más allá de lo que el cuerpo pida en cada momento.
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En uno de mis paseos diarios, reconozco que no soy animal de playa y me aburre solemnemente estar tumbado al sol en la arena dejando pasar las horas, me tope con una tienda parecida a la que en la foto aparece y que ilustra este relato. La foto no se corresponde con la que yo descubrí, pero buscando en Internet encontré esta que sirve para ilustrar mi reflexión. Una tienda de Desavíos. Genial. Es lo más cercano a un colmado o tienda de ultramarinos que por estos lares conocemos. Pero lo que me llamó poderosamente la atención era la referencia al desavío en si mismo. Allí encontrabas un poco de todo: algo de pescado, fruta, verduras, productos de limpieza, algún que otro para la playa, embutidos o cualquier otra cosa que pudieses imaginar. El local más bien pequeño y los precios seguro que algo más caros que en los famosos híper o supermercados. Pero el mayor valor de este establecimiento, como muchos otros que existen en el sur de nuestro país, es que te solucionan un desavío, y tal cual te lo anuncian. Pensé en lo que este sencillo término puede encerrar en si mismo, pregunté a gente más integrada en la vida andaluza y la explicación fue contundente. ¿Quién no tiene un desavío cada día? Nos pasa a todos, especialmente al ama de casa cuando más necesita de algo y se encuentra que no tiene en casa precisamente aquello que es imprescindible en el momento y nadie había echado cuenta de que no quedaba. Tan sencillo como intentar hacer un arroz para comer y descubrir que no tienes el ingrediente imprescindible, vaya desavío. La solución es fácil, uno se va a la calle y encuentra su tienda donde le van a solucionar este y cualquier otro tipo de desavío que tenga.
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Seguramente sea un poco ridículo el impacto que sufrí con el descubrimiento. Quizás las neuronas las tendría desechas por el calor, pero me llamó la atención de forma tan poderosa que no podía dejar de hablar sobre ello. Hay situaciones, hay cosas en la vida que son así de simples, cualquiera puede tener un desavío y en Andalucía saben como y donde se lo solucionan. No hay que hacer marketing, ni tener una gran tienda, ni que la oferta sobrepase con creces todas nuestras necesidades, existen tiendas para los desavíos y así te lo anuncian. No le des más vueltas, me dije, lo sencillo es siempre más contundente, lo fácil no lo debemos complicar, tiene todo el sentido del mundo, estás en la playa, en tu apartamento, tienes una necesidad básica y encuentras una solución de forma inmediata. Ya me gustaría a mí que en mí día a día mis desavíos los pudiese solucionar con cruzar la calle y encontrar ese establecimiento fiel que siempre está abierto y te ofrece justo lo que necesitas.
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En nuestra sociedad actual descubrir que hay solución para casi todo es un seguro para la tranquilidad de uno, a lo mejor mi futuro pasa por ser uno de los que ofrecen estas posibilidades a los desavíos de los demás, y porque no en una tierra donde el sol y el buen clima está garantizado y donde lo fácil y sencillo continua siendo fácil y sencillo, pues eso.

domingo, 15 de julio de 2012

El minuto heroico de cada día.




Cual héroes mitológicos de la cultura griega o romana, cual héroes literarios o cinematográficos, cual héroes de las grandes guerras de la historia de la humanidad, todos y cada uno de nosotros al menos durante un minuto diario nos convertimos en estos personajes que aceptando el riesgo incluso de nuestras propias vidas decidimos aceptar el desafío y el dilema que se nos plantea. En tan sólo sesenta segundos debemos tomar con determinación una decisión que pondrá en riesgo nuestra supervivencia y que generosamente adoptamos para salvar la patria. No esperamos ningún reconocimiento a cambio, no buscamos la medalla al valor, ni otra condecoración que reconozca nuestro arrojo y generosidad por los demás, simplemente apostamos y damos sin pensar ese paso al frente que nos convierte en semidioses dispuestos a todo.
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Ocurre cada día, ocurre en las peores circunstancias, no nos dejamos amilanar por nada ni por nadie. Somos capaces de realizar la hazaña que ha de marcar el camino de la gloria, sabemos, o no, que seremos imitados por una ciudadanía huérfana de referentes, dispuesta a seguir a ciegas a todos aquellos que enarbolando la bandera de la generosidad arriesgaran su más preciado tesoro por los demás. Somos millones de héroes anónimos que con una misma decisión plantamos cara a la adversidad, superamos los miedos más atroces, y decidimos ganar la batalla aún a riesgo de perder la vida en el empeño.
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Cada mañana cuando el despertador suena para rescatarnos de nuestros sueños, cuando llega el momento de poner pie en tierra y empezar otra nueva jornada demoledora, durante esos sesenta segundos tomamos la única decisión posible, nos revestimos con los ropajes de los más afamados héroes de la Historia y nos levantamos. No es moco de pavo, no es baladí la decisión, no es un acto irreflexivo, somos completamente conscientes de que es nuestra única salida, que a pesar de la que está cayendo no nos queda otra, que hay que ser valientes y vencer a la pereza, dominar el sentimiento de desidia y abandonar la idea de que les vayan dando a todos por donde más escuece. Nos transformamos en seres superiores, salimos del calor de nuestras camas y sin más, con la cabeza bien alta, el espíritu henchido y respirando valor por los poros de nuestra piel, iniciamos la jornada seguros que en el intento dejaremos nuevos girones de nuestro ser, que la lucha será a cara de perro, que la batalla más cruenta aún está por llegar.
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Somos héroes, no os quepa la menor duda de ello y si no mañana al amanecer cuando la máquina infernal vuelva a tirar de vosotros para traeros de vuelta al mundo real, dejar transcurrir ese minuto sin tomar decisión alguna y ya veréis como pasado un segundo más de lo debido una sensación de mal estar invadirá vuestro cuerpo y mente y al final, a la carrera, con el tiempo ya pegado a los talones, empezaréis a correr para no perder el tren de los valientes, para no perder el paso de los que acuden a guerrear con la única idea de vencer y superar al enemigo.
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Sólo queda daros las gracias: por el ejemplo diario, por la ofrenda de sacrificio que regaláis cada jornada, por vuestra generosidad y valentía, por marcar un camino a imitar, por transformaros en héroes anónimos y en un ejemplo de vida para todos. Así de esta manera seguro que la batalla sólo puede tener un vencedor: los ciudadanos de este país llamado España.
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